Autor Stephen Simpson

La Iglesia Victoriosa. Respondiendo a la persecución mundial de los cristianos

Terroristas enmascarados obligaron a estos cristianos a marchar hasta el borde del agua. Hicieron que se arrodillaran vestidos con sus distintivos monos1 anaranjados para ser ejecutados por salvajes que con sendas espadas les cortaron la cabeza. La última palabra que salió de sus labios fue, “Jesús”. Ésta es una escena que se está repitiendo con alarmante frecuencia a través del Oriente Medio y del norte de África en el 2015; 100 años después del genocidio de los armenios por los otomanos y 70 años después del Holocausto, otro genocidio que arrasó a través de toda Europa Septentrional, animado por el espíritu demoníaco del nazismo.

El clamor en los subsiguientes años fue: “¡Nunca Más!” Con todo y eso, tristemente, los genocidios han ocurrido y están ocurriendo ahora. Hay una animosidad particular en contra de personas de la fe judeo-cristiana. Algo que deberíamos esperar aquellos de nosotros que conocemos y entendemos nuestra historia. Aun así, estos esfuerzos para reprimir nuestras voces o para exterminarnos, no han tenido éxito; de hecho, sólo han robustecido la convicción en nuestros corazones y fortalecido nuestras voces.

Vemos esto también del escritor de la Epístola a los Hebreos, quien toma nota de algunos de los héroes de la fe, que …“fueron atormentados, y no aceptaron ser liberados porque esperaban obtener una mejor resurrección. Otros sufrieron burlas y azotes, cadenas y prisiones. Fueron apedreados, fueron aserrados en dos, fueron tentados, fueron asesinados con la espada. Anduvieron de un lado a otros cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pobres, angustiados, y maltratados. Estos hombres, de los cuales el mundo no era digno, anduvieron errantes por los desiertos, por montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y aunque por medio de la fe todos ellos fueron reconocidos y aprobados, no recibieron lo prometido. Todo esto sucedió para que ellos no fueran perfeccionados aparte de nosotros, pues Dios había preparado algo mejor para nosotros.” (Hebreos 11:35-40).

Los héroes del Antiguo Testamento no recibieron la recompensa completa de su fe hasta que entraron en la eternidad. Los héroes del Nuevo Testamento recibieron a Jesús, pero sus esfuerzos permanecieron incompletos sin las generaciones que vendrían después de ellos, incluyendo la nuestra. Estuvieron dispuestos a abrazar el sufrimiento a fin de que otros pudieran recibir la bendición de conocer a Jesús y recibir Su salvación.

Como anotamos anteriormente, nuestro ámbito hoy es honrado por muchos valientes creyentes que compartieron ese mismo corazón y misión. Sólo Dios sabe todos los nombres de aquellos que han dado sus vidas a fin de que otros pudieran oír el Evangelio; que rehusaron negar a Jesús, incluso bajo amenaza de la tortura y la muerte.

Sin embargo, ésta es una realidad que muy pocos en la Iglesia Occidental han tenido que enfrentar. No obstante, hay un aumento en las señales que el clima oficial se está volviendo más envenenado en contra de los auténticos seguidores de Cristo aquí en las Américas y en Europa. Si realmente vinieran estos retos para nuestra fe, ¿estaremos dispuestos y seremos capaces de permanecer firmes en lo que creemos y en Quién creemos?

El escritor Nik Ripken ha escrito dos libros de lectura imprescindible, Lo Insensato de Dios y La locura de la obediencia2. Él y su esposa, Ruth, han viajado a más de 70 naciones donde la persecución de los cristianos es la norma, y han entrevistado a centenares de creyentes en Cristo en esas naciones.

Algunas de las preguntas que hicieron, incluidas en sus libros, están las siguientes: ¿Por qué y cómo han resistido estos creyentes en medio de un ambiente tan hostil? ¿Por qué y cómo se extiende el cristianismo y de hecho se fortalece en muchos de estos lugares? Lo que Nik y Ruth descubrieron casi universalmente entre estos creyentes es que ellos comprenden que la persecución por la fe es parte de la vida cristiana normal. Aunque ellos no se proponen a ser perseguidos o martirizados, ven la persecución por la fe como un honor y un privilegio si viniera a ellos.

Como anotan los esposos Ripken, quizá la pregunta no debería ser, “¿por qué son los cristianos perseguidos en esas naciones?” Sino más bien, “¿Por qué nosotros no somos perseguidos en nuestro mundo?” No porque estemos buscando persecución, ni queramos ser ajusticiados o ver a nuestros niños asesinados. Aun así ¿estamos dispuestos a vivir y a morir para y por Jesús de esa manera; y si llegáremos alguna vez a ser declarados fuera de la protección de la ley, que eso no nos impida servirle al Señor? Podríamos decir que estamos dispuestos a morir por nuestra fe, pero ¿estamos dispuestos a vivir para ella? Decimos que estamos dispuestos a ir a partes lejanas del mundo para predicar a otros de Jesús, pero, ¿estamos dispuestos a cruzar la calle para ir a la casa de nuestro vecino y testificarle de nuestra fe?

Estas preguntas son un reto para mí, como debieran serlo. Mi oración es que esto nos motive a buscar a Dios más apasionadamente y a vivir para Él más cabalmente para que el mundo diga, “¡gloria a Dios” y que Él diga, “bien hecho, buen y fiel siervo!”

Nota
Stephen Simpson es el Editor de One-to-One, correo electrónico onetreesteve@bellsouth.net. También puede seguir sus comentarios en Twitter@ Bamastephen.

Notas del Traductor
1. Prenda de vestir de una sola pieza usados por paracaidistas
2. Títulos basados en 1ª Corintios 1: 20-25