¿Quién es el Espíritu Santo?esp-santo

Un vistazo a la obra y a la identidad de la Persona menos conocida en la Deidad.

Autor Ern Baxter

Hace algunos años yo era miembro de un grupo de discusión que se reunía los viernes a la hora del almuerzo. El grupo consistía de hombres de varias profesiones. Yo era uno de los dos ministros que asistían. El grupo no estaba muy bien organizado y una simple tarjeta postal enviada el primer día de la semana nos informaba del tópico del viernes. Cubríamos una gran variedad de temas durante estas agradables reuniones; a veces se hacía referencia a algunos aspectos de la religión cristiana. Estas eran usualmente de tipo general.

Se le permitían dos minutos a cada persona para hablar del tema y, después de que todos hubiesen hablado, si el tiempo alcanzaba, habría algún intercambio general, supervisado por el moderador del día. Después de un tiempo de haber estado con el grupo, me di cuenta de lo valiosos que eran estos dos minutos y por eso me discipliné para usar mi tiempo sabiamente.

Una semana fui agradablemente sorprendido cuando la tarjeta de aviso llegó, anunciando que el siguiente viernes discutiríamos el tema, » ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo?»

Conociendo tan bien a los hombres del grupo casi no podía esperar hasta el viernes. Nunca antes habíamos asignado un tópico cuando hablamos acerca de la Cristiandad.

Llegó el viernes y, después de las usuales amenidades y del almuerzo que siempre era liviano y breve, entramos en el tema. Un abogado, que obviamente tenía poco conocimiento vital de las cosas cristianas, empezó la discusión y su contribución fue como sigue: «No profeso conocer mucho acerca de esto porque no soy en particular un hombre religioso. Pero pensaría que ser lleno del Espíritu es similar a lo que siento cuando llego a casa después de un día tedioso en mi profesión y, después de una comida deliciosa me siento para escuchar buena música. La sensación de reposo que experimento sería, según pienso, como el ser lleno del Espíritu.»

El segundo hombre dijo casi la misma cosa, solamente que en su caso era buena literatura.

Dos o tres, incluyendo el otro ministro en el grupo, relacionaron el recibir al Espíritu Santo con un rito religioso en el cual habían participado en sus situaciones eclesiásticas en particular. Pero obviamente no tenía ningún significado vital para ellos sin las evidencias continuas en sus experiencias diarias. Me había logrado contener y preservar mis dos preciosos minutos, aunque a veces tuve que luchar contra un fuerte deseo de interrumpir. Ahora me di cuenta que era el último participante. Recuerdo haber dicho, «Señores, he escuchado cuidadosamente, la gran diversidad de puntos de vista, mientras cada uno de ustedes expresaba su idea de lo que es ser lleno del Espíritu. Me pregunto, sin embargo, si no hay una fuente autorizada que nos provea la información correcta. Como estamos hablando de un asunto cristiano, me gustaría sugerir que podríamos encontrar una referencia a esto en la Biblia, que es el texto de nuestra fe Cristiana.» Con eso saqué el Nuevo Testamento de mi bolsillo, busqué Hechos 2 y comencé a leer lentamente la historia del descenso del Espíritu Santo en el Día de Pentecostés. Cuando terminé de leer, dije simplemente, «Caballeros, me parece a mí que tenemos aquí el relato oficial de lo que significa ser lleno del Espíritu Santo.» Con esto cerré mi Testamento, lo puse en mi bolsillo y no dije nada más.

El moderador me señaló, algo bruscamente, que mi tiempo había terminado y ese viernes en particular la reunión terminó temprano. Observé que lo que había hecho había dejado perplejos a varios de los hombres y probablemente provocado el enojo en ellos. La reunión terminó con un ambiente tenso.

Mientras que algunos de los hombres rechazaron mi contribución como un asunto de fanatismo religioso, la Palabra de Dios produjo en otros una sana curiosidad y deseo de conocer más. Durante los siguientes días y semanas se me acercaron varios miembros del grupo y, fui capacitado por Dios para guiarlos a una experiencia vital de firme entrega a Jesucristo como Salvador y Señor y, hacia una plenitud de la vida y bendición del Espíritu Santo.

Algunos pueden reírse de las reacciones de estos hombres y decir: ¿Cómo puede la gente ser tan ignorante de estas cosas?» Sin embargo, creo que es justo decir que la revitalización espiritual de los últimos años que hemos estado experimentando alrededor del mundo, ha indicado que hay grandes sectores de la profesante comunidad cristiana que han estado y, todavía están, viviendo en considerable ignorancia de la realidad de la persona y ministerio del Espíritu Santo y de la gloriosa posibilidad de estar relacionados personalmente con El en una experiencia significativa.

LA «TERCERA» PERSONA

En la gran comisión se nos presenta a Dios como «Padre, Hijo y, Espíritu Santo» (Mateo 28: 19). Se habla de cada una de las personas de la Trinidad como primera, segunda y tercera, porque este es el orden en que se refiere a Dios. Esto hace que el Espíritu Santo sea la tercera persona del Dios Trino. Como hay sólo tres personas en la Trinidad y el Espíritu Santo es la tercera, entonces en cierto sentido El es el «último». El no es solamente «el último» en esta designación descriptiva de Dios sino que también es «el último» en el proceso de la redención. Se nos dice que cuando Dios se movió en el mundo de los hombres para llevar a cabo su redención, «el Padre envió al Hijo.» El Hijo «vino» e hizo lo que debía ser hecho. En Su vida impecable, Su muerte sustitutiva, Su resurrección victoriosa y Su ascensión a la presencia de Dios, El estableció Su obra salvadora, completa y aceptable. Después del regreso de Cristo al cielo, el Espíritu Santo fue enviado a la tierra para efectuar en las vidas de los hombres la obra redentora del Padre y del Hijo.

Probablemente otra razón por la cual el Espíritu Santo parece haber tenido un papel subordinado al Padre y al Hijo, es que El no solamente es «el último» en la designación Bíblica de la Trinidad, sino que El fue el último en recibir consideración en la formación de nuestros credos cristianos históricos. En el Credo Apostólico, considerado como una de las primeras formulaciones de nuestra fe cristiana, se refiere al Padre como a «Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra,» y entonces nos dicen de «Jesucristo, Su único Hijo, Señor nuestro; que fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso y desde allí vendrá al fin del mundo a juzgar a los vivos y a los muertos.» Después de esto sigue la breve declaración «Creo en el Espíritu Santo.» No queda sin significado que el Padre y el Hijo reciban un trato más amplio que el Espíritu Santo, quien es simplemente mencionado. No fue hasta el principio del siglo cuarto que la comunidad cristiana llegó a definir con cierta extensión al Espíritu Santo. Es también interesante que ya para este tiempo las manifestaciones sobrenaturales y carismáticas del Espíritu Santo habían disminuido considerablemente. Probablemente esto muestra el peligro de reducir a Dios, la experiencia Cristiana y aún la Biblia a definiciones sistemáticas ajustables a formas intelectuales, sin retener una relación vital con Dios por el Espíritu Santo.

EL «AGENTE ACTIVO» DE LA TRINIDAD

Si bien es cierto que en el proceso histórico de la actividad redentora y en el desarrollo histórico de los credos cristianos El es «último» hay un sentido muy real en que El es el «primero.» La Escritura demuestra claramente que no tendríamos conocimiento de la obra salvadora del Hijo, ni del amor redentor del Padre, si estos no fuesen traídos a nuestra atención y ungidos sobre nosotros por el Espíritu Santo. De modo que el Espíritu Santo es «el Espíritu de vuestro Padre» (Mateo 10:20), y «el Espíritu de Su Hijo» (Gálatas 4:6). Es la misma naturaleza del Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo para revelar Su propósito de vida para la humanidad. Todo lo que el Padre ha planeado, y el Hijo ha hecho posible por Su obra redentora es puesto a nuestra disposición por el Espíritu Santo.

En la época de los cristianos primitivos la experiencia y la enseñanza estaban estrechamente relacionadas. Los hombres experimentaban la vida de Dios por el arrepentimiento, la fe y la obediencia; antes de intentar definir y hacer credos de sus experiencias. No estamos menospreciando la necesidad de la enseñanza sana en una forma pura, pero la forma puede ser «forma sin contenido». Al mismo tiempo es evidente que el contenido debe tener forma. Así pues, nos confronta la necesidad de no favorecer el uno ni el otro sino insistir en ambos. Sin embargo, el orden parece ser, experimentar la nueva vida en Dios al responder a la declaración sencilla del evangelio y después ser enseñado de las cosas maravillosas que han sucedido. Nuestro Señor en Su ministerio terrenal «hizo y enseñó» (Hechos 1: 1). La gracia de Dios primero «trae la salvación» y después enseña lo que esa salvación trae (Tito 2:11-14).

Es deseable e importante que a los recién convertidos o a aquellos que han entrado en alguna nueva etapa o dimensión en la vida cristiana se les enseñe bíblicamente el significado y el propósito de sus experiencias. Sin embargo, hasta que sean enseñados, es probable que intenten explicar lo que está sucediendo en términos libres de reglas y poco bíblicos. Los sonidos inarticulados de un infante no indican que el niño no esté vivo porque no puede dar una declaración académica acerca de la naturaleza de la vida humana. Es obviamente ridículo castigar al niño o cuestionar la realidad de su existencia basados en su ignorancia infantil. Pensamos que la analogía está clara. Cuántos recién convertidos y nuevos en experiencias legítimas con Dios han sido criticados y sus experiencias cuestionadas porque ellos no han podido dar explicaciones maduras de sus experiencias, o porque han puesto etiquetas equivocadas en cajas correctas. Ciertamente ellos necesitan enseñanza y corrección pero no burla y sospecha.

 

e-s-baxter-diagrama

A través de todo el Antiguo Testamento las palabras del Padre vinieron a hombres santos que fueron capacitados para remitirlas sobrenaturalmente por el Espíritu Santo. En nuestro diagrama hemos demostrado a la Trinidad en la forma de tres círculos horizontales y tres círculos diagonales. Los tres círculos horizontales hablan del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como co-iguales y co-esenciales. En os tres círculos diagonales hemos mostrado a la Trinidad en su operación funcional en relación con la humanidad, el Padre envía al Hijo, El Hijo viene, hace Su obra y regresa al Padre. A esto sigue la venida del Espíritu Santo a la tierra para ser el «agente activo» de la Trinidad en todo lo que ha de ser llevado a cabo en la acción redentora y providencial de la experiencia humana.

JESUS Y EL ESPIRITU SANTO

Fue el Espíritu Santo quien estuvo activo en la formación del cuerpo del Hijo en el seno de María. El ángel le declaró, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que nacerá será llamado el Hijo de Dios» (Lucas 1 :35). Cuando llegó el tiempo para que nuestro Señor entrara en Su ministerio después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí los cielos se abrieron, y él vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre El. Y se oyó una voz de los cielos, que decía: ‘Este es mi Hijo amado en quien estoy muy complacido’ «(Mateo 3:16-17). Lucas nos dice lo que sigue después de esto, «Y Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto» (Lucas 4: 1). Aquí desde el principio del ministerio de nuestro Señor el Padre reconoce a Su Hijo y lo equipa con el Espíritu Santo para desarrollar Su ministerio y obra en la tierra.

En los días de Su ministerio terrenal El caminó en obediencia completa al Padre y efectuó la voluntad del Padre por el poder del Espíritu Santo. El Hijo admitió Su dependencia en el Espíritu Santo cuando dijo «Si yo expulso demonios por medio del Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mateo 12:28). El reconoce su dependencia en el Espíritu como el agente divino de poder y acción. Isaías había profetizado esto de El. Mateo cita esta profecía, diciendo, «Mirad, mi Siervo, a quien he escogido; mi amado en quien se agrada mi alma: sobre El pondré mi Espíritu, y a las naciones proclamará justicia «(Mateo 12:18).

El lugar del Espíritu Santo en el ministerio de nuestro Señor es visto claramente en el resumen dado por Pedro en la casa de Cornelio, mientras él declara, «…cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y cómo anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con El «(Hechos 10:38). Cuando nuestro Señor llegó al gran momento de Su muerte sacrificial, «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios sin mancha» (Hebreos 9:14). La resurrección de nuestro Señor fue también la obra del Espíritu Santo (Romanos 8: 11).

EL ESPIRITU SANTO HOY

Cuando Jesús ascendió al cielo, una de sus primeras acciones fue la de recibir «del Padre la promesa del Espíritu Santo que El «derramó» en el día de Pentecostés (Hechos 2:33). De esta manera mediante Su muerte y resurrección mandó al Espíritu para ejecutar la voluntad de la Santa Trinidad en la tierra durante este «día de la salvación».

Esto era de acuerdo al plan que nuestro Señor había compartido con Sus discípulos en aquellos momentos íntimos durante el discurso del aposento alto antes de Su muerte. El había dicho «rogaré al Padre, y El os dará otro Ayudador (Consolador) para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16). Hablando de este Consolador y Su venida, dijo más tarde en el mismo discurso, «Y El, cuando venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia, y de juicio» (Juan 16:8). Así que El ha establecido que el Espíritu Santo debe ser en esta era quien actúe en representación del Padre y del Hijo. En ocasiones hemos tratado de simplificar el asunto diciendo» el Espíritu Santo es Dios activo en la tierra hoy.» También hemos sugerido que esto bien pudiera ser la razón por la que Satanás lucha tan desesperadamente contra la obra del Espíritu Santo. Aparentemente, a él no le importa que la gente tenga la doctrina correcta acerca de la Trinidad, o de lo que concierne a la persona y la obra del Espíritu Santo; pero él no quiere que la gente llegue a estar personalmente involucrada con el Espíritu Santo en una experiencia real y vital.

Las Escrituras describen a la Trinidad corno «Padre, Hijo y Espíritu» (Mateo 28:19); al Espíritu se menciona de «último». Sin embargo en términos de la experiencia, podemos bien pensar del «Espíritu Santo, el Hijo y el Padre.» Jesús dijo, «nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6). Pero esto no completa el proceso de «venir al Padre», «porque por El (Cristo) los unos y los otros (judíos y gentiles) tenemos nuestra entrada al Padre en un Espíritu» (Efesios 2:18). El Espíritu Santo es quien nos presenta a Jesucristo como Salvador y Señor y Jesucristo es el que nos presenta al Padre. La estructura y el patrón de la operación dentro de la Trinidad parecen ser evidentes a través de la Biblia. El Espíritu Santo es quien ejecuta la voluntad de la Trinidad y provee tal vida y poder para capacitar a los hombres y a las mujeres creyentes para hacer la voluntad de Dios.

EL MINISTERIO DE LA CONVICCION

Jesús había dicho a sus discípulos, poco antes de ir a Su muerte, «si me voy, os lo enviaré (el Espíritu Santo). Y El, cuando venga, convencerá al mundo» (Juan 16:7-8). Note el orden aquí. El Espíritu Santo viene a sus discípulos. Ellos llegan a ser la residencia y la cede de la operación del Espíritu Santo. Mientras «predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo» (l Pedro 1:12) el mundo fue convertido. «Y nosotros somos testigos de estas cosas; (la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo)» dijeron los apóstoles, «y también el Espíritu Santo» (Hechos 5:32).

Vemos esta obra del Espíritu en la convicción en el día de Pentecostés. Después de oír a Pedro predicar con la unción del Espíritu, un gran número de los oyentes» compungidos de corazón dijeron a Pedro ya los demás apóstoles: Hermanos, ¿Qué haremos?» (Hechos 2:37). Pedro les dijo lo que tenían que hacer (Hechos 2:38), «Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil almas» (Hechos 2:41). El Espíritu Santo, por la predicación del evangelio, los había convencido de sus pecados. Muchos habían respondido en arrepentimiento verdadero, y habían encontrado que el mismo Espíritu Santo que había hecho que se sintieran miserables bajo la convicción, los había hecho gozosos en la conversión.

Muchos otros, sin embargo, no recibieron la palabra del evangelio. Esteban se refirió a estos que lo rechazaron como a los que resisten «siempre al Espíritu Santo» (Hechos 7:51). El Espíritu Santo es la persona que presenta las demandas del Señor Jesús sobre los corazones de los hombres. «Resistir» al que presenta es rechazar al que ha sido presentado.

… CONVERSION

Todos los que responden a la convicción del Espíritu se arrepentirán y se convertirán (Hechos 3:19). La palabra griega que es traducida «convertir» es también traducida «volver» en varios lugares. Cuando el Señor reveló Su voluntad a Saulo de Tarso, El lo comisionó para que fuese Su siervo y lo envió a los gentiles, «para que abras sus ojos a fin de que se vuelvan de la oscuridad a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban, por la fe en mí, perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados» (Hechos 26:18).

La palabra «conversión» es un término inclusivo que abraza todo lo que sucede en el principio de la vida Cristiana. En el lado humano hay un «volver a Dios» como una respuesta obediente a «la palabra del evangelio» (1 Pedro 1:25). Esta palabra es «la semilla incorruptible». Cuando uno «obedece a la verdad» nace de nuevo, no de una simiente que parece, sino de una que es imperecedera, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pedro 1 :22,23).

Jesús habló de esta misma experiencia a Nicodemo, cuando le dijo, «El que no nace de nuevo (de arriba) no puede ver el reino de Dios». Cuando uno «nace de nuevo», Jesús dice, «nace del Espíritu» (Juan 3:1-8).

Aquí vemos a la palabra y al Espíritu como los agentes en el nuevo nacimiento. Pablo hablando de esta nueva vida, declara, «Si alguno está en Cristo, nueva criatura (creación es» (1Corintios 5:17). Algo pasa cuando uno llega a ser un cristiano que es ilustrado en la creación del mundo. En Génesis leemos que «la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo» (1:2). Eso parece ser una buena descripción de una vida en la cual Dios no ha entrado todavía. Entonces se nos dice que «el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1:2). Pero el Espíritu no puede operar sin la Palabra, de modo que leemos, «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (1:3).

Así es también en la nueva creación. El Espíritu Santo se está «moviendo sobre» las entenebrecidas y caóticas vidas del «mundo». Entonces viene «la palabra del evangelio». Cuando la palabra es recibida en obediencia, el Espíritu Santo hace de tal persona «una nueva criatura o creación».

No podemos explicar totalmente lo que sucede cuando uno «nace de nuevo», pero una cosa está claramente dicha, que «el que se une al Señor, es un Espíritu con El» (1 Cor 6:17). El Espíritu Santo establece una relación vivificante dentro del espíritu humano redimido.

El viene no sólo como vida, sino también para fluir desde este espíritu, desde el centro de la vida y envolver al creyente rendido en un bautismo de poder. Idealmente, la venida del Espíritu Santo como vida y poder debiera ser virtualmente simultánea. Sin embargo, «la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Romanos 10:17). Recibimos «la promesa del Espíritu mediante la fe» (Gálatas 3:14). Donde la Palabra no es predicada concerniente al bautismo en el Espíritu, no hay demanda ni base para la fe. Por eso en las vidas de muchos hay una «brecha» innecesaria entre la venida del Espíritu como vida en el nuevo nacimiento, y Su bienaventurado bautismo de poder.

… CONSTRUCCION

El Espíritu Santo viene a la vida redimida tanto para residir como para presidir. El no es solamente el Espíritu residente pero también es Espíritu presidente. Habiendo establecido Su residencia en el mismo corazón de nuestro ser, El comienza un programa de cambios en cada área de la vida convertida y somos «transformados en la misma imagen (del Señor) de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Cor 3:18).

Esta «transformación» y estructuración de la vida de «la nueva creación» es comparable a la formación de la creación material, a la cual ya nos hemos referido. El Espíritu Santo hace el «cambio» en respuesta al estímulo de la Palabra. Por eso se exhorta a los Cristianos «desead como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pedro 2:2). Al permitir «que la palabra de Cristo habite en abundancia en «nosotros (Colosenses 3:16), y al ser constantemente «llenos del Espíritu» (Efesios 5:18), nuestras vidas son transformadas y estructuradas para ser conformadas» a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29).

Es de suma importancia en la vida del Cristiano que se conceda igual lugar a la Palabra y al Espíritu. La falta de equilibrio puede producir fanatismo por un lado, o intelectualismo doctrinal sin vida en el otro. Una vida llena del Espíritu debe también ser una vida llena de la Palabra. Cuando se mantiene esta combinación estamos en buen camino hacia la meta de Dios para nosotros –¡una vida a la semejanza de Cristo!

… COMUNIDAD,

Hay una obra más del Espíritu Santo que, en nuestra opinión, ha sido descuidada. Sin embargo en estos días está siendo restaurada en una dimensión que anima y promete. Nos referimos a la obra del Espíritu Santo en atraer a los conversos a una comunidad.

En el día de Pentecostés, «los que habían recibido su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil almas» Hechos 2:41). Estos «se dedicaban continuamente a la comunión… (Hechos 2:42). Después de arrepentirse, bautizarse y recibir el don del Espíritu Santo, era evidente que lo que cada uno había experimentado individualmente, solamente podía ser expresado y sentido colectivamente. Fueron atraídos naturalmente uno al otro mientras compartían esta nueva vida, «y día tras día continuaban unánimes en el templo; y partiendo el pan en los hogares comían juntos con alegría y sencillez de corazón (Hechos 2:46). Esta expresión colectiva de la nueva vida, del poder y del gozo, les dio «favor con todo el pueblo». «Y el Señor añadía diariamente a su número los que se salvaban» (Hechos 2:47). Qué irresistiblemente atractiva debió haber sido esta comunidad de gente redimida y jubilosa.

Los aspectos de la vida de la comunidad redimida pueden variar en diferentes lugares y bajo circunstancias distintas, pero el principio de la unidad y la comunidad es básico. Pablo lo cristalizó cuando escribió, «Pues por un Espíritu todos fuimos bautizados en un cuerpo, ya sean judíos o griegos, esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber de un Espíritu» (1 Cor 12:13). El patrón es tan hermosamente sencillo y tan sencillamente hermoso, que uno no puede menos que preguntarse cómo los cristianos pudieron extraviarse tan lejos de »la hermosura del plan de Dios» (Romanos 3:23).

Oremos para que el Espíritu Santo, que ha sido el «último» para muchos de nosotros, pueda llegar a ser el «primero» en nuestra experiencia al permitirle que haga real a nuestras vidas el propósito amoroso del Dios trino. Tal vez sería especialmente significativo en el día en que vivimos, terminar con la oración de Pablo por la dividida iglesia de los corintios: «la gracia (favor y bendición espiritual) del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la presencia y comunión (el compartir juntos y la participación) en el Espíritu Santo, sea con todos vosotros» (2 Corintios 13:14 Ampliado)