La forma de pensar de la sociedad contra la perspectiva de Dios

Por Larry Christenson

Este artículo es una adaptación, editada por Larry Christenson, de una Consulta Internacional Lute­rana de Líderes de la Renovación, que será publicada en forma de libro en el transcurso de este año.

Un pastor, de una congregación luterana, que había comenzado a tener experiencias con fenómenos carismáticos, convocó a sus miembros para que informaran sobre cual­quier inquietud que tuvieran al respecto. El pastor presentó un estudio bíblico para mostrar que las sanidades, el hablar en lenguas y las profecías eran experiencias ordinarias en la vida de la iglesia primitiva. Algunos de los miembros, que habían sido tocados recientemente con este aspecto carismático, compartieron sus testimonios.

Cuando las preguntas y las respuestas comen­zaron, uno de los miembros que había estado turbado por estos acontecimientos dijo: «Pastor, es sobrenatural y eso es lo que nos asusta».

Sería difícil sobreestimar el significado de esta sencilla declaración hecha por un miembro perturbado. En pocas palabras, había puesto su dedo en el aspecto más perturbador de la reno­vación carismática: un reto a la perspectiva imperante en el mundo de nuestra cultura, el naturalismo.

El naturalismo, según la definición del diccio­nario, es «la doctrina filosófica que niega el signi­ficado sobrenatural de todas las cosas en la reali­dad; específicamente, la doctrina que dice que las leyes científicas explican todos los fenómenos. En la teología es la negación de todo lo milagroso y sobrenatural de la religión, y el rechazo de la re­velación como medio para obtener la verdad».1

La influencia del naturalismo

La influencia del naturalismo está tan propa­gada en la cultura occidental moderna que escasa­mente requiere documentación. Su efecto en la Iglesia ha sido enorme. Rodolfo Bultmann, pro­bablemente el teólogo luterano más influyente de su generación, escribió: «Las fuerzas y las leyes de la naturaleza han sido descubiertas y, por 10 tanto, no podemos creer en espíritus’ … bue­nos o malos». 2 Él vio con gran claridad que el asunto en cuestión era el punto de vista que se tenía del mundo:

El hombre moderno reconoce como realidad únicamente aquellos fenómenos o sucesos comprensibles, dentro del marco del orden racional del universo. No reconoce los mila­gros porque no calzan dentro de las leyes de este orden. Cuando un accidente extraño o maravilloso sucede, no descansa hasta en­contrar una causa racional. El contraste entre la perspectiva bíblica antigua y la moderna radica en la divergencia entre dos maneras de pensar, la mitológica y la científica … el punto de vista de las Escrituras es mitológico y es por lo tanto inaceptable para el hombre moderno cuyo pensamiento ha sido formado por la ciencia y ya no es mitológico … Nadie considera las intervenciones directas de los poderes trascendentales. 3

La perspectiva bíblica

En las páginas de la Biblia encontramos otro punto de vista totalmente opuesto. Ben Johnson, un erudito bíblico dice:

Su punto de vista del mundo es que el univer­so fue creado por Dios en un acto de su voluntad, que Jesucristo es su Hijo preexistente, que el universo consiste en criaturas visibles e invisibles, entre las que se encuentran los ángeles, los demonios, los principados y los poderes. Cree que Dios se hace presente en su creación en una variedad de formas, entre ellas, por medio de sus santos ángeles, por medio de su Espíritu, por quien inspira a sus hijos a profetizar, que él se manifiesta a su pueblo por medio de sueños y visiones, así como por medios naturales (nubes, fuego, etc.). Cree que Dios actúa con señales y milagros, que su intención es el perfeccionamiento del mundo y de su pueblo, y que al fin regre­sará con poder para poner en orden todas las cosas. En lo que concierne específicamente a su Hijo Jesucristo, cree que nació de una virgen, enseñó con autoridad, hizo milagros y exorcismos, resucitó a los muertos, caminó sobre las aguas, y él mismo fue resucitado de los muertos después de su muerte expiatoria.4

Nadie que compare este resumen del punto de vista bíblico con respecto al mundo, con la defini­ción del naturalismo podrá ignorar el conflicto irreconciliable. Aceptar las presuposiciones del naturalismo es negar las presuposiciones de la Biblia y viceversa. Cualquier discusión sobre la autoridad bíblica tiene que comenzar reconocien­do que la mente del hombre moderno de Occiden­te está en guerra con Dios y que el campo de bata­lla es la adecuación de la perspectiva bíblica del mundo.

Dos perspectivas sobre el mundo en conflicto

Muchas personas, y no pocos teólogos esqui­van la rigidez del conflicto. Algunos cristianos se le han enfrentado y se han rendido sin presentar lucha alguna, reduciendo la esfera de la autoridad bíblica a un sistema de creencias con respecto a la salvación, únicamente.

Pero el evangelio no puede ser reducido a un sistema de creencias, aunque sea lamentable que en eso se haya convertido para muchos, y así una fe viva haya llegado a ser una doctrina sin vida. El evangelio es preeminentemente historia; el relato de lo que Dios ha hecho y hace en el mun­do y entre los seres que él ha creado. Por lo tanto, es imposible hablar significativamente del «evan­gelio» sin tener que ver con la perspectiva del mundo.

Consideremos algunas cosas escritas en la Biblia. Jesús ocupó su tiempo enseñando verdades morales y espirituales, y las personas que operan dentro de un marco naturalista lo aceptan muy bien. Pero Jesús también sanó a los enfermos por medios no médicos, echó fuera demonios, e hizo una variedad de actos milagrosos, como convertir el agua en vino, caminar sobre las aguas y resucitar a los muertos. Y este tipo de cosas no estaban limitadas al ministerio de Jesús: sus dis­cípulos también sanaron, echaron fuera demo­nios e hicieron milagros. El Nuevo Testamento tiene 7.957 versículos, de los cuales 3.874 (el 49%) están “contaminados” con sucesos que no calzan con la perspectiva naturalista del mundo.  Cuando dos maneras opuestas de ver al mundo entran en conflicto, una de las dos tiene que ceder.

La epistemología

La consideración esencial que tenemos que hacer con respecto a la manera de ver al mundo es epistemológica. La epistemología trata con la adquisición y validación del conocimiento. En otras palabras, «cómo obtener conocimiento válido». Más sencillamente aún: «Cómo sé lo que sé»,

La fijación mental naturalista de la cultura occidental tiene sus raíces en la epistemología de Aristóteles. Aristóteles enseñó que el hombre recibe el conocimiento directo, únicamente a través de la experiencia de los sentidos y de la razón. Esta epistemología fue importada por la Iglesia por medio de la prodigiosa obra teológica de Tomás de Aquino, en el siglo trece, y ha per­manecido como la epistemología reinante de la cultura occidental hasta el día de hoy. Aquino hizo un cuidadoso desvío alrededor de la idea que el hombre pudiera tener contacto directo con la realidad espiritual, y la cultura occidental ha seguido ampliamente su dirección.

Después de la revolución copérnica, la cultura occidental rompió gradualmente con la compren­sión que la Iglesia tenía del universo, pero mantu­vo el mismo marco epistemológico. Expulsó todo conocimiento, excepto los que vienen por los sentidos y la razón. El desfile de pensadores dentro y fuera de la Iglesia que ayudaron a mol­dear la mente occidental moderna, variaban de contenido y de campo de interés, pero estaban asombrosamente unidos en la vieja epistemología:

Descartes, Hobbes, Hume, Kant, Hegel, Schleier­macher, Kierkegaard, Nietzsche, Husserl, Hei­degger, Barth, Bonhoeffer, Bultmann, Tillich. Todos ellos eran escépticos a las posibilidades de cualquier encuentro directo con la realidad no física (espiritual) que leemos en el Nuevo Testamento. El impacto de la filosofía Aristo­télica-Aquina sobre la cultura occidental ha sido enorme.

Un resumen del naturalismo

Descartes, «el padre del pensamiento moder­no», dijo que sólo las ideas que podían probarse con la razón eran aceptables. Este es el pensa­miento naturalista resumido.

Carlos Darwin salió con la teoría que la vida evolucionó en la tierra durante millones de años por un proceso de «selección natural». El mundo de la cultura occidental lo ha creído ampliamente como un «acontecimiento científico» que explica la manera en que toda forma de vida apareció sin necesidad de referirse a Dios.

Es particularmente útil para nuestro propósito que observemos la epistemología del naturalismo en relación con la teoría de la evolución de Dar­win, porque ilustra la tenacidad con que se aferra a su perspectiva del mundo aún frente a una evi­dencia contraria. El progreso de la ciencia mo­derna ha sido brutalmente inmisericorde con la perspectiva del mundo de Darwin. Los evolucio­nistas acérrimos se las ven en aprietos aún dentro de la comunidad científica de hoy.

Hasta Julián Huxley, un evolucionista, reco­noció que las posibilidades que un organismo tan avanzado como el hombre, viniendo como resultado del proceso que sugiere Darwin, son una imposibilidad de la misma magnitud como que un mono con una máquina de escribir produzca las obras de Shakespeare. Sin embargo, las presupo­siciones básicas del naturalismo permanecen intactas, probando lo atrincherado que está su punto de vista del mundo.

El naturalismo apareció para ofrecer una expli­cación razonada de la vida. Y no saldrá del campo de batalla sin luchar.

Escapando del naturalismo

Emil Brunner, dice en su libro The Misunders­tandings of the Church (Las incomprensiones de la iglesia), que no podemos comprender apropia­damente a la Iglesia del Nuevo Testamento sin antes soltarnos la camisa de fuerza del naturalis­mo y tomar en serio las manifestaciones dinámi­cas del Espíritu Santo. 5

El teólogo episcopal, Morton Kelsey, hace una observación similar: «El hombre no sólo está en contacto con el mundo del espacio y del tiempo, el material (que percibe con sus sentidos físi­cos) … también está en contacto con un mundo espiritual, que no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio, independiente del individuo».

Según Kelsey, los únicos grupos grandes de cristianos que toman en serio la idea de un encuentro directo son los pentecostales y los caris­máticos, «y han recibido burlas de todas partes».6

Debido a que el naturalismo descarta la posi­bilidad de la intervención de Dios en el mundo, el llamar la atención a las fuerzas de esta interven­ción divina, obliga a separarse del naturalismo para relacionarse con Dios en una forma realista y objetiva.

Dentro de una cultura dominada por el natu­ralismo, los aspectos sobrenaturales de la revela­ción bíblica son un recordatorio constante de un Dios vivo que interviene; no es con una idea acer­ca de Dios, sino con Dios mismo a quien tenemos que tratar.

Una renovación en la fe

La fe bíblica va más allá de mi respuesta subjetiva a una doctrina o idea con respecto a Dios. La fe tiene que ver con la unión de mi vida con la vida de Dios en Jesucristo, por medio de la operación del Espíritu Santo. La renovación carismática de hoy es precisamente una renova­ción de la fe en Dios interviniendo en nuestra vida cotidiana. Mientras que algunas teologías piden el acomodo de la revelación bíblica para satisfacer las presuposiciones naturalistas del hombre moderno, la renovación carismática está diciendo que la Iglesia debe abandonar sus esfuerzos de ajustar a Dios a la medida de las presuposiciones de una perspectiva del mundo que desecha de inmediato cosas que las Escrituras presentan con toda seriedad.

La renovación carismática está retando a la Iglesia para que proclame, a esta generación, un Señor quien es el mismo ayer, hoy y por los siglos (vea Hebreos13: 8). Él no es un Dios capri­choso cambiando su mundo o su manera de ser para adaptarse al último grito filosófico o teológi­co. Él es el Dios revelado en las Escrituras, inter­viniendo y encontrándose con los hombres en el mundo real cotidiano, en maneras y por medios que él mismo determina, de los cuales las Escri­turas dan testimonio fiel y verdadero.

Este es el gran reto que la renovación caris­mática presenta a nuestra generación. Y es, al mismo tiempo, ¡la gran esperanza para la Iglesia y para el mundo!

NOTAS:

1. Diccionario Webster, (Springfield, MA: G8C. Merriam Co. 1949) p. 560.

2. Hans Werner Bartsch, ed. Kerygma and Myth, (London, S.P.C.K., 1953) p. 69.

3. Rudolf Bultmann, j esus Christ and Mythology, (New York:

Charles Scribner’s Sons, 1958), pp. 37-38, 36.

4. Ben Johnson, «The Autority of the Bible: Its World View», Trinity Seminary Revlew Vol 2, No. 2, 1980, p. 2.

5. Emil Brunner, The Misunderstandings of the Church, (Lon­don: Lutterworth Press, 1952), p. 49-53.

6. Morton Kelsey, Encounters with God (Minneapolís, MN: Bethany House Publishers, 1970), pp. 26-36.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol.5-nº 12- abril 1985