Por Cheryl Reed

El muchacho estaba lisiado de ambos pies. Nadie sabía exactamente por qué. Algunos decían que había sufrido un trágico accidente hacía muchos años, cuando era todavía un niño muy pequeño. Pero él no lo recordaba.

Las mujeres cuchicheaban cuando lo veían pasar; y él sentía, más que escuchaba, sus palabras, mientras arrastraba sus inútiles pies por las polvorientas calles de Lodebar. Sus voces eran como brasas que quemaban hondo en su abatida alma.

No era porque el muchacho fuese maltratado. Maquir hijo de Amiel, había sido muy gene­roso y lo había llevado a vivir a su casa, después de que su padre había muerto en una batalla. Tampoco era totalmente inútil. Había ciertas cosas que podía hacer a pesar de su impe­dimento. Era el corazón del joven que se dolía con el vacío y el deseo desesperado de querer ser sano y fuerte. Las noticias de las batallas y las victorias del rey David agitaban su espíritu. ¡Cuánto deseaba ser uno de sus valientes! ¡Cómo deseaba danzar delante del Señor como David!

Pero ahora sólo atinaba a apoyarse contra el muro de piedra mientras contemplaba la puesta del sol sobre los techos de la ciudad. A lo lejos vio acer­carse a Maquir que se dirigía rumbo a casa. Con un suspiro quiso expresar el anhelo extra­ño e indescriptible que se retor­cía por dentro. «¡Gran Jehová», exclamó, «no soy más que un perro muerto!»

Maquir reconocía esa mirada de desesperación. «¡Ah, Señor», dijo dentro de sí, «el muchacho está turbado otra vez!» Maquir pasó en medio del corrillo de las mujeres que charlaban cerca de la puerta y se sentó sobre una carreta que estaba junto al muchacho.

Mirando a las mujeres, Ma­quir movió su cabeza de un lado a otro diciendo: «¡Parecen pajaritos con su parloteo y sus risas!» Entonces levantó la voz lo suficiente como para ser oído: » ¿Qué, no tienen otra cosa que hacer que chismear por las ca­lles?», dijo con tono de fingida sorpresa. Una por una las coma­dres se dispersaron. Maquir se fijó en el joven. Qué serio está, pensó.

El muchacho dejó salir su amargura diciendo: «Piensan que mi cojera es un juicio por mi pecado». Maquir gruñó con dis­gusto, haciendo un ademán que rechazaba las conjeturas de las mujeres. Pero el joven no estaba satisfecho.

«¡Tal vez tengan razón!», se lamentó. Maquir hizo otro ademán. Pero el muchacho se volvió a él con frustración y demandó: «¿Entonces, estar li­siado es una bendición?» «¡Tú me has enseñado que Jehová detesta la imperfección! ¿No dijo Moisés que ningún animal defectuoso podía ser sacrificado al Señor nuestro Dios? ¿Hubiera el Dios de nuestros padres acep­tado los sacrificios de David si éstos hubieran sido imperfectos?» La voz del muchacho comenzó a quebrarse, de repente, volvien­do la cara.

Maquir movió la cabeza con incredulidad. «¿Crees de verdad que el Santo de Israel se complace en bueyes y corderos perfec­tos?». Tomó al muchacho por los hombros y lo sacudió con gentileza. Sus ojos estaban llenos de compasión y de sorpresa. «Muchacho», dijo bondadosa­mente, ¡los animales para el sa­crificio tienen que ser sin defec­to, porque son ofrecidos en lugar nuestro, por nuestras transgre­siones, al Dios grande, poderoso y terrible! El es el Santo de Israel. No sería apropiado ofre­cerle algo menos que lo per­fecto».

El muchacho se movió con incomodidad, pero no dijo nada. Maquir levantó sus ojos al cielo y dijo: «Amado Señor. Tú y yo sabemos que lo que te interesa es el corazón de los hombres y no la sangre de animales, pero ¿cómo hacérselo saber a es­te joven?» Se rascó la barba pen­sativo estudiando detenidamente al muchacho.

«Hijo mío», dijo Maquir, «no pienses tanto en cómo eres por fuera: tu aspecto, lo que puedes y no puedes hacer. ¡Circuncida tu corazón «, dijo golpeándose en el pecho, «no seas obstina­do!» Cuando el muchacho lo vio sorprendido, Maquir se rió y dijo: «Así es. ¡Moisés dijo esto también!»

Deslizándose de la carreta, donde había permanecido sen­tado, comenzó a retirarse. Entonces, volviéndose de nuevo le dijo: «¡Muchacho, si un hombre propone en su corazón ser un verdadero hijo del pacto, de temer y amar y servir al Señor su Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas, dijo, cerrando los puños para mayor énfasis, este hombre es bien­venido en la corte del gran Jehová!»

El muchacho volvió a reír, pero esta vez su risa no era tan desesperada. «¿Me sentaré tam­bién a la mesa del rey David?» añadió no con tanta amargura como antes. Una pequeña luz de esperanza había iluminado sus ojos.

Maquir miró, calle abajo, en dirección a su casa. Después levantó sus ojos al cielo y dijo: «¿Qué piensas, Señor? ¿Sufi­ciente por hoy?» Satisfecho, comenzó a caminar hacia su casa: lentamente para darle opor­tunidad al muchacho para que lo alcanzara. Maquir se volvió a él y con bondad paternal lo animó:

«Vamos, Mefi-boset; es hora de comer».

El rey le dijo: ¿No ha queda­do nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios? Y Siba respondió al rey:

Aún ha quedado un hijo de Jona­tán, lisiado de los pies.

Entonces el rey preguntó: ¿Dónde está?

y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar.

Entonces envió el rey David, y lo trajo de la casa de Maquir … Mefi-boset, dijo el rey, comerá a mi mesa, como uno de los hijos del rey (2 S 9:3-5,11).

Cheryl Reed es una madre y ama de casa que disfruta de es­cribir.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 5-nº 10- diciembre 1984.