Por Jerry Beavers

La realidad constante en un estilo de vida

Por lo general, la resu­rrección es un pensamien­to escondido en nuestra mente que salta a la superficie en Semana Santa o cuando se muere algún pariente. No hay nada malo en esto, pero vale preguntarse lo que estaremos perdiendo cuando no nos da­mos cuenta de la maravilla y la realidad de la resurrección de Jesús y, finalmente, la nuestra. No sólo nos trae esperanza en las ocasiones cuando tenemos que confrontar la muerte de nuestros seres queridos; también nos da esperanza en nuestra vida co­tidiana.

Los santos de la Iglesia Pri­mitiva parecen haber tenido una conciencia lúcida con respecto a la resurrección. Más allá de su esperanza vibrante de su regreso, estaba su comprensión del poder de Dios que levantó a Cristo de entre los muertos. No como un apéndice de su credo doctrinal, sino como un elemento funda­mental y una realidad tangible sin la cual su fe en Cristo no tenía significado alguno (vea 1 Corintios 15: 17).

Para estos santos del Nuevo Testamento, y para nosotros también, la resurrección es la respuesta divina al viejo y pro­fundo anhelo que tiene toda la humanidad de ser redimida del poder de la muerte que se apo­deró de la creación cuando Adán cayó. Job habló de esta reden­ción, también Daniel, David, Ezequiel, e Isaías. Aunque ellos no sabían la manera en que iba a suceder, estaban seguros de algo: el Dios en quien ellos confiaban, es Dios de los vivos (vea Job 19:25 y Ezequiel 37:1-28).

La respuesta de Jesús

Años después, cuando vino Jesús, él habló de la redención del poder de la muerte; una redención que él mismo traería. En muchas ocasiones habló de su propia muerte, diciendo que se levantaría en el día tercero, pero sus declaraciones fueron ignora­das o desentendidas. Nadie que­ría creer que el Mesías moriría.

Sin embargo, su muerte era nece­saria para que su resurrección diera testimonio de todo lo que Jesús había dicho de sí mismo. Si él no hubiera muerto y resuci­tado, nosotros no hubiéramos conocido jamás que el poder sobre la muerte que él decía tener es una realidad para no­sotros también. Pero la tum­ba está vacía; Cristo resucitó, y porque él vive, nosotros vivimos también.

Recibir a Cristo en nues­tro corazón, es más que una ex­periencia maravillosa; recibimos la vida eterna y el poder de Dios; el mismo poder que resuci­tó al Señor. Somos salvados y recibimos vida por el poder de la resurrección, y este poder tiene una aplicación muy práctica en nuestras vidas. Es el poder que nos libra de la «muerte» del pecado.

Pablo dice en Romanos 6: 14:

«El pecado no se enseñoreará de vosotros». El poder de Dios nos capacita para vivir y conquistar al pecado; con el Espíritu de Cristo podemos triunfar sobre las obras de la carne. Todos conocemos el terrible poder del pecado y, como Pablo, hemos gemido «¿Quién me li­brará de este cuerpo de muerte?» (Rom. 7 :24). Sólo el poder de resurrección de Dios en Jesús lo puede hacer. Con ese poder podemos vivir y caminar con integridad como nuevas criaturas en Cristo Jesús.

Eligiendo la rectitud

Lo maravilloso de esta verdad es que tiene una aplicación muy práctica, como lo veremos en la siguiente Escritura. Tito 2: 12 di­ce que nuestra salvación «nos enseña a dejar la maldad y los deseos mundanos» (v.p.).

Tal vez no sea una predica­ción muy emotiva oír que la ma­nera de vencer al pecado es manifestando el poder de la resurrección que tenemos en el Dios vivo para decir «no» a la maldad. Tal vez no nos dé es­calofríos ni nos haga oír el viento en las copas de los árboles, oír que Dios no nos exime de la responsabilidad personal de mortificar las obras de este cuerpo; pero sí nos anima saber que la vida de resurrec­ción que hay en nosotros nos capacita, por medio de un acto de nuestra voluntad, para escoger la rectitud, el buen juicio y la devoción a Dios.

La resurrección tiene que ser el fundamento de nuestra fe en Jesucristo. La fe que ejercemos en la salvación percibe que Dios puede, lo ha hecho y levantará a los muertos; que él tiene poder sobre el pecado y la muerte. Esta confianza tiene que ser una característica de nuestra fe. Nuestro Señor lo demostró en su sufrimiento vo­luntario en la cruz. Le requirió tener fe y confianza en el poder resucitador de Dios para entregar su vida. Él tenía que creer que Dios lo levantaría como dice su palabra: «No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu san­to vea corrupción» (Sal. 16: 10).

Un paso hacia la victoria

Esto pudiera parecerle una observación simplista, pero si puede creer que Dios resucitó a Cristo y que hará lo mismo con Ud., las dificultades que enfrenta todos los días serán más fáciles de manejar. Si podemos man­tener nuestra fe enfocada en él, recordando que su poder para resucitar es el fundamento de nuestra fe, habremos dado un paso agigantado hacia la victo­ria. Somos exhortados diariamen­te a depositar nuestra confian­za en el Dios que levanta de los muertos (vea 2 Corintios 1: 9-10).

Lo que sucedió ese gran día, cuando Jesús resucitó, es algo más que una idea inspira­dora para que la gente siga adelante cuando las cosas no van bien. Allí la eternidad invadió al tiempo y una promesa se cum­plió literalmente. No fue algo para hablar y especular, fue el acontecimiento más significativo de la historia que hace «lógica» nuestra fe en el Dios vivo.

El Señor resucitó y porque él vive, nosotros somos herede­ros de todo lo suyo. Toda la creación gime con expectativa, anhelando el día cuando el poder que conocemos ahora para vencer al pecado haya hecho su obra perfecta, para la redención final, sobre el poder de la muer­te. En ese día lo veremos como él es y seremos semejantes a él. La mortalidad será sorbida en la vida y estaremos para siempre con el Señor.

Jerry Beavers se graduó en la Universidad de Mobile con un grado en religión, continuando sus estudios en el Seminario Teo­lógico de Nueva Orleans.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol.5-nº 12- 1985