
Por Terry Fullam
La revelación que Dios ha dado de su reino debe revolucionar nuestras vidas.
Muchos años antes del nacimiento de Jesús, Dios anunció que entraría en la corriente de la historia de la humanidad caída y la alteraría para siempre. A través del Antiguo Testamento, Dios descubre porciones de su plan, y con el nacimiento de Jesús todas ellas caen en su lugar; su reino es establecido en la tierra. Cuando trazamos la ejecución del plan de Dios, cómo, en el cumplimiento del tiempo, Jesús vino y comenzó su gobierno, veremos más que simples sucesos históricos. Ganaremos comprensión del propósito de Dios en establecer su reino, y cómo debe de revolucionar la manera en que vivimos.
Para comprender el reino de Dios, tenemos que tomar en cuenta todo lo que Dios ha hecho, comenzando con la creación y aún antes de ella.
Estamos viendo la obra de Dios en el cumplimiento del tiempo, y estamos en medio de su obra. No veremos un pequeño camafeo; más bien será un amplio lienzo, una gran pintura que intenta representar una acción de Dios extendida a lo largo del tiempo y de la eternidad. Por supuesto, para cubrir todo este territorio en un artículo, tenemos que ser selectivos, y hay muchos aspectos de la obra de Dios en la tierra que no podremos examinar.
Comienza el plan de Dios
Enfocar un tema tan extenso es algo así como la escena en Alicia en el país de las maravillas, donde Alicia está un poco aturdida frente al juez y le dice: «¡Oh, Juez, sencillamente no sé por dónde empezar!»
«Empieza por el principio,» le dice él, «y cuando llegues al fin, detente.»
Yo también comenzaré por el principio, en Génesis capítulo 1, donde encontramos la primera insinuación del plan y del propósito de Dios, cuando dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (v. 26). Dios hizo precisamente eso: formó una especie de la creación a su propia imagen. Cualquiera otra cosa que esto signifique, también quiere decir que se nos ha dado un grado de voluntad sobre nuestras propias acciones; podemos elegir deliberadamente.
En Génesis aprendemos que Adán y Eva desobedecieron al Señor, lo que significa que ejercieron su voluntad en contra del propósito de Dios. Las consecuencias de su pecado causan vértigos.
No sólo fueron expulsados del huerto, sino que toda la tierra fue maldecida por el Señor, debido a su desobediencia. Dios, entonces, pone en movimiento su plan de redención.
Alusiones a la redención
Cuando adelantamos la lectura, un versículo impactante aparece en medio del tercer capítulo.
Es la palabra del Señor a Satanás: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (Gen. 3:15).
Los eruditos bíblicos llaman a este versículo el proto-evangelio. Es la primera vez que el evangelio es mencionado en la Biblia y la primera indicación de que Dios haría algo para rectificar el lío en que se habían metido Adán y Eva.
En ese versículo se singulariza a la simiente de la mujer: «El te herirá o aplastará la cabeza, pero tú le herirás en el calcañar.» Dios dice que su plan es hacer algo con respecto a la situación de la humanidad y que lo hará por medio de un ser humano. Las palabras «la simiente suya, nunca más vuelven a aparecer en las Escrituras. Tenemos referencia a la simiente de Abraham, la simiente de David, pero nunca a la simiente de la mujer.
Otro anticipo de lo que ha de venir está en Génesis, capítulo 12, donde Dios escoge a un hombre, Abraham, y hace un pacto con él. «Vendrá el día cuando enviaré al mundo a alguien de tu descendencia, y todas las familias de la tierra serán bendecidas en él» (vea Gen. 12:1-3).
Viene un rey
Dios renovó este pacto con cada generación que pasó: primero con el hijo de Abraham, Isaac, y luego con el hijo de Isaac, Jacob. Cuando Jacob estaba listo para pasar el pacto a la otra generación, llamó a sus doce hijos y les dio la bendición patriarcal, incluyendo una palabra profética para Judá:
No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre tus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos (Gen. 49:10).
Aquí hay más anticipos de lo que ha de venir.
No sólo sabemos que Dios redimirá a la humanidad por medio de un humano, también sabemos que esa persona será descendiente de Abraham y vendrá de la tribu de Judá. Y cuando Jacob menciona el cetro, que es símbolo de poder supremo, nos da otra clave: el libertador prometido será un rey, alguien que tendrá la obediencia de los pueblos.
Un reino eterno
El pacto de Dios pasa de generación en generación hasta David, quien vivió mil años antes de Cristo. Y dijo Dios a David:
Y cuando tus días sean cumplidos para irte con tus padres, levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino (1 Cron. 17:11).
El hijo de David, Salomón cumplió esa promesa cuando el trono pasó a su poder y él gobernó sobre el reino de su padre. No obstante, el Señor dice algo más, algo que al principio pudiera parecer enigmático si lo vemos a la luz de la historia:
«Yo confirmaré su trono eternamente» (v. 12).
El trono de Salomón no duró eternamente; en realidad llegó a su brutal término en el año
975 A.C. Igual que tantas profecías bíblicas, este pasaje tiene una referencia doble. Dios ya no se refiere sólo al trono de Salomón; se refiere al trono de su reino que saldrá del linaje de Salomón.
Entonces, hace referencia a la persona que usará para establecer su reino y dice: «Yo le seré por padre, y él me será por hijo» (v. 13). Esto es una indicación de que el prometido tendrá una relación especial con Dios: la relación de padre e hijo.
Con esto sabemos ya que el rey a quien Dios enviará al mundo, para establecer su reino eterno, será quien presida sobre ese reino y se siente sobre un trono que nunca pasará.
Se llamará Dios fuerte
Más adelante, dos siglos después, encontramos un poco más del plan de Dios. En Isaías 9:6, Dios identifica aún más a quien ha de venir. Primero, Isaías dice: «Porque un niño nos es nacido.» Francamente, no hay nada de extraordinario en eso. Los niños nacen todos los días del año. Luego dice: «Hijo nos es dado,» y tampoco en esto hay algo de extraordinario. Aproximadamente la mitad de los niños que nacen son hijos. «El principado sobre su hombro.» Esta es una declaración sobre su futuro, pero tampoco es algo único, porque otras personas han nacido herederas de un trono. Pero la siguiente parte del pasaje sí es extraordinaria:
Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto (v. 6-7).
Algunos hacen el reclamo de que estas palabras fueron escritas con respecto a varios reyes y profetas que redimieron a Israel a lo largo de su tensa historia. Pero ningún profeta de Israel fue llamado jamás «Dios fuerte». El asunto, en su totalidad, hubiese sido considerado blasfemo. Más bien, Dios está diciendo que aquél a quien él enviaría tendría una identidad única, divina; nada menos que un Dios fuerte.
Una sucesión de reinos
Mirando ahora en el libro de Daniel, encontramos mayor clarificación de las intenciones de Dios, a través de un sueño que Daniel interpretó para el rey Nabucodonosor de Babilonia, el país conquistador que había destruido el templo de Salomón en 586 A.C. En el sueño del rey aparecía una gran estatua con cabeza de oro, brazos y pecho de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro y pies de hierro y barro cocido mezclados. «Una piedra fue cortada, no con mano» y golpeó a la estatua que se convirtió como en tamo que arrebata el viento. «Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra» (Dan. 2:35).
Daniel dijo al rey que la imagen representaba una sucesión de reinos que gobernarían la tierra.
El rey Nabucodonosor era la cabeza de oro, y la historia confirma que fue una interpretación correcta, porque los babilonios conquistaron a los poderosos asirios y el imperio duró por setenta años.
En 536 A.C. los persas y los medos conquistaron Babilonia, y establecieron un imperio que duró 200 años. Entonces, en el año 330 A.C., el imperio Persa llegó a su fin por mano de Alejandro el Grande, cuyo imperio terminó ocho años después de su muerte.
Después de eso, no reinó un único soberano. El imperio de Alejandro se dividió en cuatro partes, gobernadas por cuatro de sus generales, y por mucho tiempo, hubo luchas entre las diferentes partes del imperio.
La interpretación de Daniel del sueño de Nabucodonosor calza muy bien con la historia antigua; así como la plata es un metal inferior al oro, y el bronce a la plata, así hubo una decadencia en la gloria de estos imperios. Ni el imperio persa, ni el griego lograron alcanzar la riqueza y la sabiduría de los imperios anteriores.
El reino reemplaza a los otros
Comenzando con el versículo 40, Daniel describe el cuarto reino, el romano, que fue conocido por su poderío. Así como los pies de la imagen eran de diferentes materiales, el Imperio Romano era un reino dividido; un imperio occidental con Roma por capital y un imperio oriental con Constantinopla por capital. Parte de hierro y parte de barro cocido, el reino era al mismo tiempo fuerte y frágil (vea Daniel 2:40-42).
Hablando a través de Daniel, Dios revela más de su plan para establecer el reino:
Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destrui-
do, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, de tal manera que vista que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación (vs. 44-45).
Y con esta clarificación final podemos cubrir lo que Dios nos dice en el Antiguo Testamento con respecto al reino. El establecerá un reino en medio de todos los otros reinos de este mundo, un reino que está destinado a reemplazar a todos los reinos del mundo.
El rompecabezas terminado
El Antiguo Testamento da muchas claves del plan de Dios para redimir a la humanidad. Ya hemos visto que predijo que la redención vendría de la simiente de la mujer, y por lo tanto sería humano; que este redentor sería descendiente de Abraham, de la tribu de Judá y del linaje de David; que sería un rey y tendría la obediencia de los pueblos; que su reino permanecería para siempre; que no sería un rey ordinario, sino el Hijo de Dios; que tendría una identidad única, divina; y que un día su reino reemplazaría a todos los otros reinos de la tierra.
El Nuevo Testamento cumple todas estas profecías del Antiguo Testamento. El primer cumplimiento lo encontramos en Lucas capítulo 1, cuando Dios envía al ángel Gabriel a Nazaret. Allí encontró a una virgen llamada María que estaba comprometida a casarse con José, un israelita descendiente de David.
María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús (v. 20-21).
Gabriel está diciendo que María es la mujer a quien se refería Dios cuando dijo: «Pondré enemistad entre ti y la simiente de la mujer.» En este mismo pasaje de Lucas, encontramos también una explicación de la piedra del sueño de Nabucodonosor, «cortada no con mano.» Gabriel dice que el nacimiento de Jesús no dependerá de la voluntad o la pasión humana. Jesús fue concebido en el vientre de María, como una piedra no cortada con mano, por la acción del Espíritu Santo.
En el versículo 32, Gabriel le dice a María:
Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.
Esto cumple lo que Dios le dijo a David: «Yo le seré por padre y él me será por hijo.»
Gabriel dice entonces: «Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (v. 33), haciendo eco a las palabras de Jacob para su hijo Judá: «No será quitado el cetro de Judá, por último, vemos que cuando Jesús entró a Jerusalén montado en un burrito, la gente lo aclamara diciendo: «Hosanna al hijo de David» (Mat. 21:9). Estaban reconociendo que Jesús era en realidad un rey descendiente de David, como las Escrituras lo habían dicho de antemano.
¿Cómo se hace realidad?
Las profecías con respecto a cuándo, cómo y de quién nacería Jesús, se habían cumplido. Con esto en su lugar, podemos contar con el cumplimiento de las otras profecías que tienen que ver con la naturaleza eterna de su reino.
La evidencia de que Dios está estableciendo su reino en la tierra es irrefutable, pero para que se convierta en una realidad en nuestras vidas, y esto debiera ser nuestra meta, tenemos que entender lo que es el reino. La definición más cercana que tenemos está en la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, el Padre Nuestro, donde Jesús dice: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mt. 6:10). El reino de Dios es esa esfera de soberanía donde la voluntad de Dios es hecha.
Jesús encarnó el reino de Dios, porque vino completamente sumiso a la voluntad del Padre. El dice: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.» (Juan 5:30).
Una vez que sabemos lo que es el reino, tenemos un número limitado de opciones de lo que vamos a hacer al respecto. Podemos alinear nuestras vidas con el reino, en cuyo caso revolucionará todo lo que es nuestro; o podemos ignorarlo, olvidarlo, o rechazarlo. Dios ha establecido un reino en esta tierra. Está constituido por personas que reconocen a Jesucristo como su Señor, que eligen vivir bajo su soberanía, bajo los valores y las leyes de su reino.
El reto
La Biblia nos hace cinco declaraciones breves; tres son de Jesús y dos de Pablo, para, decirnos cuáles deben ser nuestras respuestas prácticas al reino de Dios:
Primero, en Mateo 6:33 Jesús dice: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» Jesús da la prioridad para vivir. Encabezando la lista de prioridades está discernir la voluntad de Dios para nuestras vidas y hacerla. El promete que si buscamos primero su voluntad para nuestras vidas, él se encargará del resto que nos preocupa.
Segundo, en Mateo 7:21 Jesús dice: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Entrar en el cielo no se logra con palabras. Podemos leer oraciones y nunca orar; podemos cantar canciones de alabanza y nunca alabar. No es asunto de decir: «Señor, Señor;» es hacer la voluntad de Dios, que es práctica, con los pies en la tierra.
Tercero, en Mateo 13:44 Jesús dice: El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.
Una vez que entendemos lo que es el reino de Dios, lo que significa para nosotros, no hay sacrificio demasiado grande que podamos hacer, porque vivir en la voluntad de Dios es donde la vida tiene sentido. Allí es donde las bendiciones de Dios fluyen, y allí es donde está su paz.
Una mujer me preguntó con voz enojada: «¿Dónde está esa paz que sobrepasa todo entendimiento de la que Ud. habla tanto?»
Yo le respondí donde encontrarla: «La paz que sobrepasa todo entendimiento se encuentra en el camino del propósito de Dios para Ud. y en ningún otro lado.»
Y allí es donde la encontraremos nosotros también, porque no podemos tener el gozo del Señor y hacer nuestra voluntad. Las Escrituras prometen el poder del Espíritu Santo, pero en ninguna parte nos promete el poder de Dios para hacer nuestra propia voluntad.
Cuarto, en Romanos 14:17 Pablo dice: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.» El reino de Dios está inextricablemente ligado con la obra del Espíritu Santo. Tiene que ver con la rectitud, por supuesto, porque estamos tratando con el Espíritu Santo. Es paz porque eso es lo que desciende sobre nosotros cuando cumplimos su propósito. Es gozo, porque no hay nada que produzca alegría como caminar en su voluntad.
Y quinto, en 1 Corintios 4:20 Pablo nos dice: «Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder». No es hablar, es poder en el Espíritu Santo.
Venga tu reino
Hemos examinado las profecías del Antiguo Testamento y su cumplimiento en el Nuevo Testamento, para comprender algo de nuestro propósito eterno en esta tierra, y apenas hemos sugerido nuestra relación con todo ello. Vimos que el propósito anunciado por Dios fue establecer un reino; un reino que no es de esta tierra. En un mundo que se había vuelto contra él, el Señor anunció inmediatamente que él entraría en el centro de la corriente de la historia y la alteraría.
Dios ha establecido un reino. Y el día vendrá cuando todos los reinos de esta tierra se convertirán en el reino de nuestro Dios y de su Cristo.
El Rev. Everett. L. Fullam ha servido durante doce años como rector de la Iglesia Episcopal de San Pablo en Darien, Connecticut.
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 4- diciembre 1985