Por Norman Grubb

La mayoría de los creyentes considera que la intercesión es sólo una forma de oración muy intensa y ardiente. Es cierto, pero hay, además, tres cualidades que se desarrollan en un intercesor, que no se desarrollan necesariamente en quien ejercita la oración corriente: la identificación, la agonía y la autoridad.

La identificación del intercesor con la persona por la cual intercede, se vio claramente en el Salvador.

De Jesús se ha dicho que «derramó su alma hasta la muerte» y «que llevó los pecados de muchos e intercedió por sus transgresores» (Heb. 9:28, 7:25).

Como intercesor divino, intercediendo por un mundo perdido, Jesús bebió hasta la última gota, la copa, por nuestra condición perdida.

«El gustó la muerte por todos» (Heb, 2: 9). Para lograrlo en su más profundo sentido, se hizo como nosotros. Tomó nuestra naturaleza sobre El; fue tentado en todo como nosotros; se hizo pobre por el bien nuestro; y, finalmente, se hizo pecado por nosotros. De esa manera ganó la posición desde la cual, mediante ruegos efectivos delante del Padre, «es capaz de salvar perpetuamente a los que vienen a Dios por medio de él» (Heb. 7 :25).

La identificación es, entonces, la primera ley del intercesor, el cual se interpone efecti­vamente porque, en cierto sentido, da su vida por quienes intercede. Es su representante genuino. Ha sumergido su interés personal dentro de las necesidades y sufrimientos del otro, y, dentro de lo posible, ha tomado su lugar.

Segundo, es por medio del Espíritu Santo que vemos la agonía de este ministerio. «El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Rom. 8:26). Este inter­cesor que está con nosotros en la tierra, no tiene corazón sobre el cual poner las cargas, ni cuerpo a través del cual pueda sufrir y trabajar, excepto el corazón y el cuerpo de los que componen su morada.

Por medio de ellos hace su obra de inter­cesión en la Tierra y ellos mismos llegan a ser intercesores debido al Intercesor que mora en ellos. El los llama a una verdadera vida in­tercesora; al mismo tipo de vida, aunque en medida inferior, que vivía el Salvador.

Antes de que el Espíritu Santo pueda guiar a alguno a una vida de intercesión, primero tiene que tratar con esa persona en cuanto a su amor al dinero, su ambición personal, sus apetitos carnales y su amor por la vida en sí. Todo lo que hace que un creyente viva para su propio placer y ventaja, para el bien de su propio progreso, aún para el bien de su propio círculo de amigos, tiene que ser clavado en la cruz.

Esta no es una muerte teórica, sino una crucifixión real en Cristo, como sólo el Espíri­tu Santo mismo puede hacerla real en la expe­riencia de sus siervos. Entonces el testimonio de Pablo llega a ser nuestro: «He sido y sigo siendo crucificado con Cristo». El «yo» se ha liberado de sí mismo para llegar a ser agen­te del Espíritu Santo. En tanto la crucifixión progresa, la intercesión empieza.

Mediante llamadas a la obediencia en lo natural, el Espíritu empieza a vivir su propia vida de amor y sacrificio, en favor de un mundo perdido, por medio de un vaso que ha sido limpiado. Vemos esto en Moisés, el joven intercesor, que dejó el palacio por su propia voluntad y se identificó con sus hermanos esclavizados. Más tarde lo vemos alcanzar la

umbre misma de la intercesión cuando, por idolatría, la ira de Dios se desató contra los israelitas y su destrucción era inminente. En ese momento, no es su cuerpo el que ofrece

Moisés por ‘ellos, como intercesor, sino su al­ma inmortal. » … que perdones ahora su pe­cado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito» (Ex. 32:32).

El apóstol Pablo ofreció su cuerpo por medio del Espíritu Santo como un sacrificio vivo, para que los gentiles tuviesen el evange­lio. En él vemos a un intercesor en acción: cuando el Espíritu Santo vive verdaderamente su vida en un vaso escogido, no hay límite en los extremos a donde puede llevarlo, en su pasión por amonestar y salvar al pecador.

Wesley intercedió por la apostasía inglesa; Booth y su Ejército de Salvación, por los acabados; Hudson y Taylor, por la China.

Si el intercesor conoce la identificación y la agonía, también conoce la autoridad. Está tan identificado con el que sufre, que tiene un lugar privilegiado delante de Dios; una posi­ción de autoridad. Dios se mueve en su favor; puede lograr que Dios cambie de parecer. Moisés, por su intercesión, llegó a ser el salva­dor de los israelitas e impidió su destrucción.

El acto supremo de intercesión de Pablo, en favor del pueblo escogido por Dios, dio como resultado la gran revelación que recibió de un tiempo de evangelización mundial y de la salvación final de Israel (Rom. 10 y 11).

Este tipo de autoridad se define como «la posición ganada mediante la intercesión». Cuando hay obediencia para orar, los gemidos indecibles y las luchas internas llegan a su clímax y entonces viene la palabra del Señor.

Mientras ora, el instrumento débil es re­vestido de autoridad por el Espíritu Santo y puede hablar palabra de liberación. «Obras mayores» son hechas.

No sólo eso sucede; además, uno gana y mantiene una nueva posición en la gracia. Cuando un intercesor. llega a ese lugar de in­tercesión (o autoridad), ha penetrado dentro de «la gracia de la fe». En ese preciso momen­to se abre para él la gracia de Dios, tan inmen­surable como el mar.

Tomado con permiso de la revista Charisma de enero de 1985

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 agosto 1985