Por Charles Simpson

El reto de ser sinceros con Dios

Aunque pudiéramos dividir la oración en muchas categorías, finalmente éstas se re­ducirían a dos: la efectiva y la inefectiva. No podemos apartarnos de estos dos resultados.

Todo cristiano desea que su oración sea efec­tiva, pero ¿cuál es la clave? Los personajes men­cionados en la Biblia eran primordialmente hom­bres de oración que sabían cuál era su lugar.

Una de las tentaciones más grandes que tene­mos los cristianos cuando estamos orando es asumir que, porque conocemos y amamos a Dios, sabemos lo que Dios piensa con respecto a lo que estamos orando. Asumimos que nuestra sinceri­dad nos ilumina automáticamente. La sinceridad es loable, pero no sustituye la perspectiva de Dios. La mayoría de nosotros hemos estado sincera­mente equivocados en alguna ocasión. Hay ora­ciones que yo he hecho que francamente me ale­gro que Dios no las haya contestado.

La oración refleja nuestra actitud hacia la vi­da, y cuando oramos, lo que pensamos de Dios se manifiesta de alguna manera u otra. A menudo venimos a él con toda sinceridad y proyectamos nuestra voluntad en el nombre de Jesús. La ora­ción no debiera usarse para decirle a Dios lo que debe hacer; Él ya sabe. Por eso el punto crítico es poder distinguir entre nuestro papel y el de Dios. Para decirlo con simplicidad, nosotros so­mos sus siervos y Él es el amo. Eso significa que venimos a orar para servir sus intereses.

Humildad delante de Dios

Hay cuatro principios que debemos entender para encontrar nuestro lugar en la oración. Y cuando hablo de lugar, no quiero decir un lugar geográfico, sino una condición espiritual.

Primero, tenemos que reconocer nuestra con­dición delante de Dios, no donde quisiéramos creer que estamos. Ser humildes es aceptarnos tal y como somos. Es la disposición de vernos rea­listamente y aceptar lo que vemos; no necesaria­mente que nos alegramos por lo que vemos, sino

que seamos sinceros al respecto. La humildad es la única base para orar efectivamente. «Dios da gracia a los humildes, pero resiste a los soberbios» (1 Pedo 5:5).

Hay personas que no saben cómo acercarse a Dios, pero lo hacen con humildad de corazón y encuentran la gracia y el favor de Dios. Hay quie­nes conocen todas las formas correctas para venir a Dios, pero por el orgullo en sus corazones no encuentran el favor de. Dios.

En cierta ocasión escuché una historia de un grupo de pastores que se había reunido para orar. Uno por uno, oraron todos, pero nada sucedió has­ta que uno de ellos oró. Entonces la gloria de Dios llenó la sala donde estaban. Después de la reunión uno de los pastores le preguntó a este hermano: «¿Por qué es que cuando nosotros oramos nada pasó, pero cuando tú oraste algo sucedió?»

Él pensó un momento y dijo: «Cuando Uds. oraron defendieron su caso, pero cuando yo oré me declaré culpable y me entregué a la miseri­cordia de la corte».

Esta es una buena descripción de lo que Dios está diciendo: «Cuando vengas ante mí, ven con humildad; como realmente eres». Es imposible comenzar un viaje sin un punto de partida; no se puede disparar un revólver que no se tiene; ni se puede eregir una fortaleza de intercesión con la arena de la irrealidad.

Frente a la realidad

Quizá la parte más difícil en la oración es comenzar bien. La presión de lo que se espera de nosotros moralmente puede ser una motivación buena para vivir bien, pero también puede moti­varnos para que no seamos sinceros, o para que usemos terminología que está muy por encima de la realidad de nuestras vidas. Muchas veces sólo la misericordia de Dios nos puede salvar del auto­engaño.

Vea lo que me pasó hace muchos años. Yo tenía problemas con el tabaco. Ese es un problema para todo cristiano, pero particularmente para cualquiera que quiere entrar en el ministerio.

A mí no sólo me gustaba el tabaco, me tenía dominado. Cuando era un adolescente, jugaba baloncesto con una cantidad de tabaco en la boca, y podía jugar un cuarto de tiempo sin escupirlo. Por supuesto que esto es algo muy peligroso también.

El punto que quiero enfatizar es que me gustaba fumarlo, masticarlo y olerlo; era una adicción. Era como esas personas que si pu­dieran harían emparedados de tabaco y se lo comerían; y si pudieran conseguir que alguien sostuviera el cigarrillo mientras duermen, fuma­rían constantemente.

Aunque sabía que Dios no quería que fumara, siempre encontraba excusas para no dejarlo. Co­mo que «fumar calma los nervios» y «otros lo hacen, ¿por qué yo no?» Más sorprendente es que Dios no me hubiese dejado, pero en mi cora­zón yo sabía que a él no le gustaba.

Una vez, en una campaña de avivamiento, yo estaba bajo la convicción del Espíritu y comencé a orar: «Señor, quiero dejar de fumar». Había di­cho eso miles de veces, porque sabía que Dios quería que dejara de fumar, y siempre queremos decir lo que Dios quiere. Pero esta vez, cuando hice una pausa en mi oración, lo suficientemente larga para que Dios pudiera decir algo, le oí decir, con tanta claridad que me sorprendió: «¡Mientes! No quieres dejar de fumar. ¡Te gusta el tabaco!»

De pronto sentí como cuando alguien encien­de las luces en un cuarto oscuro, y dije: «Es cier­to. Realmente no tengo el deseo de dejar de fu­mar. Me gusta demasiado. Dios, por favor quíta­me el gusto. Quítame el deseo. Si tú no lo haces, todavía me gustará; es la verdad».

Entonces oí que Dios me hablaba otra vez y decía: «Ahora sí puedo ayudarte».

Durante años, le había impedido ayudarme porque no había comenzado en la realidad.

El único fundamento que tenemos para cambiar al mundo es enfrentar la realidad en nuestras propias vidas. Cuando oremos, debemos darnos cuenta que estamos delante del mismo Dios que nos vio en nuestra ignorancia y pecado voluntario y tuvo de nosotros misericordia. Sólo eso puede abrirnos a su favor cuando oramos.

La presencia de Dios

El segundo paso para encontrar nuestro lugar en la oración es reconocer la presencia de Dios. Por supuesto, Dios es omnipresente; está en todas partes, todo el tiempo. Pero desde nuestra pers­pectiva humana, sabemos que hay ocasiones cuan­do sentimos su presencia y otras cuando no.

Derek Prince ha dicho que la diferencia entre una reunión de oración y la búsqueda de Dios es que cuando uno termina de orar en una reunión se puede ir, pero cuando está buscando a Dios, no se va hasta que lo encuentra.

En 1964, después de recibir el bautismo en el Espíritu Santo, me hice de un compañero de ora­ción y comenzamos a pasar los sábados en la igle­sia ayunando y orando.

Hicimos un convenio, que no invitaríamos a nadie a esa actividad sin sentir una impresión es­pecífica del Espíritu Santo. Un sábado, cuando llegué a la iglesia para orar, me encontré a un hombre esperando. Supuse que mi amigo lo había invitado y dije: «Seguro vienes para orar».

«Sí», dijo él, «creo que sí».

«Entremos en la oficina», dije yo, «vamos a orar».

Después me di cuenta que este hombre había oído a mi amigo mencionar que acostumbrába­mos reunirnos los sábados para orar, pero había llegado sin ser invitado. Poco después llegó mi amigo y aunque se sintió un tanto molesto por lo que había ocurrido, comenzó a esperar al Señor. Como ninguno de nosotros decía nada, nuestro visitante creyó que estábamos esperando que él orara.

Cuando comenzó, le predicó al Señor por cuarenta minutos. Me sentí incómodo porque había venido para disfrutar de la presencia del Señor, y él le estaba contando a Dios todo lo  que sabía de la Biblia, del Espíritu Santo y otras cosas más.

Un cambio de ambiente

Después de un rato, terminó, pero nosotros todavía no orábamos; quién sabe lo que estaría pensando. Poco a poco comenzamos a sentir la presencia de Dios. De repente hubo un cambio de ambiente.

Nuestro visitante cayó sobre su rostro y co­menzó a orar otra vez. Pero esta vez su oración era totalmente diferente. Comenzó a confesar sus pecados y no en términos generales, como «Señor todos somos pecadores». El comenzó a decir. nombres y números y fechas. Me sentía con vergüenza, pero de ninguna manera iba a in­terrumpir lo que Dios estaba haciendo. Cuando nuestro visitante terminó, era un hombre total­mente diferente. Había reconocido la presencia de Dios.

Cuando estamos en su presencia debemos actuar diferente. Muchos cristianos no saben qué hacer en la presencia de Dios y actúan mal. En su presencia nos damos cuenta que la oración no es un ritual, una liturgia, ni una fórmula. La pre­sencia de Dios es su Persona; Dios Todopoderoso invadiendo nuestro ambiente y revelándose a sí mismo. De lo único que somos responsables es de decir: «Bienvenido, Espíritu de Dios».

El destino divino

El tercer aspecto de nuestro lugar en la ora­ción es el descubrir el destino divino para nuestras vidas. Todos debemos de orar con el conocimien­to de que estamos donde Dios nos ha puesto. Cuan­do un hombre está donde Dios lo ha puesto, se puede enfrentar a cualquier cosa. No hay nada más poderoso que una persona con la autoridad del llamamiento de Dios.

Me gusta la analogía del perro callejero. Si le grita se correrá de Ud. Si lo amenaza con un palo, meterá la cola entre las patas y huirá lloriquean­do. Pero si lo sigue hasta su propio patio, es otro perro. Se volverá para enfrentarlo, su pelo se eri­zará y mostrará sus dientes como un pura sangre. Tiene autoridad porque está en su propio patio.

Cualquiera puede perseguir a un cristiano por todo el mundo, pero cuando llega al lugar donde Dios lo ha puesto, no hay nada que lo derrote.

Muchos son los que están corriendo todavía. Necesitan descubrir su ubicación. Necesitan saber su llamado de Dios. La oración que se hace con un sentido del destino divino y de la ubicación de Dios es infinitamente más poderosa que la que se hace desde la incertidumbre. Cuando Dios nos da un sentido de seguridad, Satanás no puede oponérsenos porque nuestra posición está en Cristo.

Luchando con Dios

El paso cuarto y final para encontrar nuestro lugar en la oración es que tenemos que aferrarnos de Dios hasta que la victoria se gane en los cielos.

El capítulo 32 de Génesis narra la historia de Jacob cuando luchó con el ángel. Era de noche. A la mañana siguiente habría de enfrentarse a su hermano Esaú, a quien había engañado y le había quitado su herencia hacía muchos años. Jacob estaba seguro que Esaú lo mataría. Fue cuando Dios se le apareció, en medio de su temor, en la forma de un hombre. El desesperado Jacob se aferró a Dios y luchó con él hasta el amanecer.

Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él lucha­ba y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: «No te dejaré, si no me bendices».

Y el varón le dijo: «¿Cuál es tu nombre?» Y él respondió: «Jacob».

Y el varón le dijo: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido».

El nombre Jacob significa «el que toma por el calcañar». Cuando Dios le preguntó su nombre, Jacob dijo: «Yo soy el que toma por el talón. Cuando nací, salí sujetando el talón de Esaú y he seguido haciendo lo mismo».

Pero Dios le dijo: «Ya no te llamarás ‘el que toma por el calcañar’. Tu nombre será Israel, que significa ‘Príncipe’, porque has luchado con los hombres y con Dios y has vencido». Entonces Dios tocó su cadera y Jacob cojeaba hasta el día de su muerte.

El hombre que vence en los cielos camina esta tierra como vencido. Ha aprendido que las victo­rias que se ganan en la Tierra son el resultado de las victorias obtenidas en los cielos. Su caminar pomposo y arrogante da lugar a una cojera.

Todo israelita verdadero es un Jacob converti­do en Israel. El reino de Dios no será establecido por una élite arrogante, sino por pecadores per­donados.

Y ¿qué del lugar de Dios en la oración? Dios ha sabido siempre cuidar su lugar. El problema nunca ha sido un Padre que no ama, o un Mediador inefectivo, o un Espíritu Santo limitado. El pro­blema ha sido que no hemos encontrado nuestro lugar en la presencia de Dios. Nuestro lugar es la realidad sobre nosotros mismos; donde somos sensibles a su presencia; donde podemos descubrir lo que él quiere que hagamos; donde podemos pararnos con seguridad; y donde podemos con­quistar en los cielos para que él sea manifestado en la Tierra.

C. Simpson recibió su educación en la Universidad de William Carey en Hattiesburg, Mississippi y en el Seminario Teológico Bautista de Nueva Orleans. Además de sus responsabilidades pastorales y ministerio internacional fue presidente de la Junta Directiva de New Wine.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 -agosto 1985