
Por Bob Munford
Dios suple nuestra necesidad cuando esperamos en él.
Hace algún tiempo hice un ayuno de veintiún días, bebiendo sólo agua. El propósito del ayuno era oír de Dios con respecto a su poder para hacer milagros en el ministerio. Sin embargo, el tiempo se estaba acabando y todavía no había oído a Dios. Me sentía como si la Biblia estuviera muerta y el Señor se hubiera ido para otro lugar. Además, durante la mayor parte del tiempo, estaba de tan mal humor que le hubiera arrancado la cabeza a los clavos, de un mordisco. Mi esposa me decía de vez en cuando que rompiera el ayuno y comiera. Me lo decía porque realmente no estaba manifestando mucha espiritualidad.
No podía entender por qué Dios estaba tan callado durante el ayuno. Pero al puro final, Dios me dijo una palabra. Me había costado sesenta y tres comidas, pero esa palabra cambió la dirección de mi, vida. Lo único que Dios me dijo fue:
«Espera».
Esta ha sido una de las palabras más importantes, que ha vitalizado un aspecto esencial en la oración y en mi relación con el Señor. Las Escrituras nos dicen muchas veces que esperemos. Isaías 40: 3 1 dice:
Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán.
En Exodo 24: 12 el Señor le dice a Moisés que suba al monte y que «espere allá». Moisés fue y esperó siete días antes que Dios dijera una sola palabra.
Su horario no es el nuestro
Un aspecto interesante de la naturaleza del Señor es que nunca llega tarde, pero rara vez llega según mi horario. Una vez tenía que pagar la cuenta del gas, que estaba treinta días atrasada. Le pedí al Señor que por favor se apurara con el dinero y su respuesta fue: «Todavía no lo han cortado».
No era precisamente la respuesta que yo esperaba. Realmente no tenía ningún deseo de esperar más tiempo para recibir su provisión. Pero si nos vamos a relacionar con Dios, tenemos que darnos cuenta, ante todo, que él es Dios. No lo podemos apresurar, porque eso equivaldría a encontrarle falta. Proverbios 8: 34-35 dice:
Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis puertas. Porque el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová (el énfasis es mío).
Para mí eso significa que si me impaciento y me voy o me doy por vencido prematuramente, no recibiré lo que el Señor me ha prometido.
Otro versículo que tiene que ver con esperar es Isaías 30: 18:
Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado … Bienaventurados todos los que confían (esperan) en él.
El Señor anhela revelarse a nosotros, pero espera que lo esperemos. Si aprendemos a esperarlo, él se revelará a nosotros.
La espera intensifica nuestro deseo de Dios.
Es como esperar la cena. Cuanto más espero, más intensa es el hambre. Si aprendemos a esperar a Dios, más crece nuestra hambre de él. El Salmo 42: 1 dice: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía».
El actúa mientras esperamos
Isaías 64:4 es un versículo que hilvana todo el pensamiento de este tema de esperar y le da un significado nuevo:
Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera.
El Señor está activo mientras nosotros esperamos. Lamentablemente lo opuesto sucede con nosotros. La actividad no es equivalente a la espiritualidad. Hay iglesias que demandan que uno esté en excelentes condiciones físicas para ser miembro, porque tienen demasiadas actividades. Pero el Señor actúa en favor de los que lo esperan. Por eso necesitamos aprender a esperar a Dios.
Nuestra capacidad de esperar expresa nuestra dependencia de Dios. Suponga que alguien me lleve cinco kilómetros mar adentro, me ponga sobre una boya y me diga: «Espéreme aquí». No hay duda que allí estaré hasta que él regrese. Pero si me deja en media ciudad, con dinero en el bolsillo y me dice que lo espere, las posibilidades de que lo haga son muy remotas. La única razón para esperarlo sería que lo necesitara. Si dependiera de él lo esperaría. Eso es lo que Dios quiere. Pero esperamos al Señor, no sólo porque lo necesitamos, sino también porque lo amamos. Esperarlo demuestra que sinceramente deseamos conocerlo y amarlo de una manera especial.
Hay ciertas condiciones que se requieren para aprender a esperar al Señor y de esa manera agradarlo.
No hay lugar dónde esconderse
Primero, tenemos que creer que Dios está en todas partes. Algunas personas se preocupan mucho tratando de encontrar a Dios, pero mi pregunta es: «¿Adónde se puede ir uno para esconderse de él?» Jeremías 23 :23-24 dice:
¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos? ¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?
Una vez, a media noche, recibí una llamada de un hombre: «Estoy en una situación desesperada. ¿Puede venir a ayudarme?»
A través del teléfono oía la estridencia de una música mundana, pero le respondí que iría. Me levanté y seguí sus direcciones hasta llegar al bar donde estaba él. Era realmente un lugar indecente, pero entré y me senté a la par suya.
«¿No tiene miedo de entrar aquí?», me preguntó él.
«No», dije yo, «no tengo miedo de estar aquí».
«¿Vendría Dios a un lugar como éste?», me volvió a preguntar.
«Ya está aquí», dije yo. Apenas dije eso, el Espíritu Santo vino sobre los dos.
«¡Está aquí! ¡Está aquí!», decía el hombre, sintiendo el poder de Dios aún en ese lugar.
Allí, en ese bar inmundo, sentimos la presencia manifiesta de Dios; el Señor estaba allí mismo con nosotros. La omnipresencia de Dios no es sólo una verdad que se conoce intelectualmente; también podemos sentir su presencia de una manera tangible e indiscutible. No hay lugar dónde esconderse de Dios.
Tener expectativa
La segunda cosa que se requiere es tener expectativas en el Señor. Ern Baxter da la siguiente ilustración de lo que es esto. Dice que en una confitería que él conocía, vendían, por un centavo, todo lo que se podía sacar de un recipiente con una mano. Un día, un muchachito se acercó y se quedó parado frente a los confites. El hombre detrás del mostrador le preguntó:
«Bien, ¿de cuál quieres?» El muchacho siguió mudo esperando. El hombre ímpaciente le dijo:
«Bueno, hijo, decídete».
Finalmente el muchachito le dijo: «No sé por cuál decidirme». Entonces el hombre metió su enorme mano en uno de los recipientes y le entregó los confites al muchacho, quien tuvo que usar ambas manos para llevarse lo que había obtenido por un centavo. No era nada tonto; supo esperar hasta que el hombre actuara. Así sucede entre nosotros y Dios. Nosotros esperamos y él actúa.
Dispuestos para Dios
Tercero, esperar requiere una disposición hacia Dios. A veces podemos discernir la actitud que tienen ciertas personas. Algunas tienen el alma dispuesta para las cosas mundanas, mientras hay otras que están dispuestas para Dios.
Hace unos años hubo un grupo de cristianos que usaban una frase peculiar cuando se saludaban: «¿Estás orando?» Era su manera de preguntar si su alma estaba dispuesta para Dios.
La película «Carros de fuego» me tocó grandemente. Mi esposa sabía que me estaba afectando cuando la estábamos viendo y me decía que tuviera calma. Creía que iba a profetizar en media película. Yo respondía de aquella manera, porque cuando mi espíritu está dispuesto para Dios, las escenas y los sucesos inspirados me mueven hacia él. Y sé que Dios se agrada cuando tenemos nuestro corazón así.
Estos tres aspectos nos ayudan a responder apropiadamente cuando esperamos a Dios. A veces, cuando despierto durante la noche, me voy a mi estudio y espero a Dios. La mayoría de las veces no tengo nada específico por qué orar. No oro de nada en particular porque estoy esperando. A veces abro la Biblia porque mi mente tiende a divagar y una lectura corta la vuelve a dirigir hacia el Señor.
Cuando estoy en su presencia digo: «Señor, soy yo. Sé que tú sabes que estoy aquí». ¿Qué estoy haciendo? Estoy presentándome delante de Dios, esperando que él se revele. Busco la manifestación de su presencia.
Muchas veces lo siento acercarse y sé que está actuando mientras yo espero. Muchas de las cosas que enseño, las recibo del Señor durante este tiempo de espera.
El arte de esperar
Para esperar a Dios no se necesita estar sentado o de pie. Mientras camino o voy en mi auto, mi espíritu espera y es refrescado por Dios. Es un arte que se puede aprender. Si determinamos hacerlo, con cierto esfuerzo llegaremos a disponer el alma hacia Dios y disfrutar de la presencia suya.
Una palabra de estímulo. Saque tiempo para estar a solas y aprender. Enfoque su espíritu hacia el Señor y dígale: «Señor, quiero aprender a esperarte. Espíritu Santo, ayúdarne a sentir la presencia del Padre». Entonces sepa que él está allí con Ud. Su fuerza será renovada, y mientras espera, el Señor actuará, cumpliendo su propósito en Ud. y a través suyo.
Bob Munford se graduó del Seminario Episcopal Reformada de Filadelfia, E.U.A. Sirvió como decano del Instituto Bíblico Elim y como pastor evangelista y conferenciante. Fue miembro de la Junta Editorial de New Wine.
Reproducido de la Revista Conquista Cristiana vol. 6-nº 2- agosto 1985