Por Bruce Longsteth

Bruce es graduado de una universidad cristiana y egresado del Seminario Colden Gate, en Mill Valey, California. Es pastor de una congregación en Mobile, Alaba­ma.

Nuestra familia se puede fortalecer o debilitar según la manera en que hablemos la verdad.

Una mañana, muy tempra­no, dos amigos discurrían sobre los sucesos del día que se avecinaba. Una manada de cuer­vos sobrevoló bulliciosamente por donde estaban sentados tomando café, recordando a uno de ellos una verdad muy intere­sante sobre los cuervos.

«Los cuervos saben cuidarse», dijo uno. «Cuando la manada se alimenta en alguna parte, hay dos centinelas vigilando a los dos extremos del campo. Si un peligro se avecina, advierten a los demás en un «lenguaje especial». Si algo llegara a suce­der para hacer que los dos centi­nelas se descuidaran y no dieran la señal de alarma a los otros cuervos, la bandada matará a los dos que no hicieron su trabajo».

«Yo no sabía eso», dijo el otro amigo, «pero eso me recuer­da de una característica muy peculiar de las gallinas.

Las gallinas son perfeccio­nistas. Un hombre que tiene un criadero me dijo una vez que, si un pollo es más pequeño que los demás o si tiene alguna herida abierta, los otros lo pican hasta que lo matan. No toleran al diferente, al enfermo o al lastimado»

Pero, ¿qué tienen que ver es­tas dos historias con sugerencias para padres? Bueno, ilustran la manera en que la gente tiende a dar y a recibir la verdad.

La historia de los cuervos describe la verdad sobre la fideli­dad, el compromiso, el hacer bien nuestro trabajo y el velar sobre nuestras responsabilidades. La de las gallinas tiene que ver con las actitudes hacia los débi­les, los pobres, los necesitados y los rechazados.

Más interesante que las histo­rias en sí, son los hombres que las contaron y la manera en que recibieron este conocimiento. El hombre que contó la historia de los cuervos es una persona fuerte, siempre apuntando a una meta más alta, sumido en su trabajo, cuyas palabras por lo general estimulan, provocan y animan a la gente a expandir su horizonte, a esforzarse un poco más y a animarse a intentar cosas grandes.

El otro hombre había traba­jado en una ocasión para el primero, pero se había quemado con el paso febril de sus esfuer­zos mutuos. Es loable que toda­vía habían conservado la amistad, aunque ya no trabajasen juntos, porque la mayor parte del tiem­po se sentía como una gallina herida, picoteada por un sentido del fracaso. La historia de los cuervos ya no le emocionaba.

La verdad es importante y necesaria, pero es primordial saber comunicarla. Nuestra familia puede ser la víctima de un pico­teo inmisericorde o puede recibir el estímulo de la verdad si sabe­mos compartirla. Veamos tres co­sas que nos pueden ayudar en este aspecto.

l. Tenga cuidado. Un pollo herido que lo oiga recetar la his­toria de los cuervos como cura para su mal, pudiera sentirse peor por su revelación fuera de tiempo.

2. Sea sensible. ¿Qué es lo que necesita su esposa o su hijo? ¿Un reto o un descanso, disciplina o gracia? El buen samaritano no regañó al hombre herido porque viajaba solo y sin protección por un camino infectado de ladrones.

3. Sea humilde. La Biblia di­ce que «Dios resiste a los sober­bios y da gracia a los humildes» (Stgo, 4:6). Un padre necesita toda la gracia que Dios puede dar para llevar a su familia por buen camino. La gracia y la verdad son características inseparables en el hombre humilde.

Dios, que hizo al cuervo y a la gallina, nos enseña por su creación. La manera de compar­tir lo que aprendemos con aque­llos que amamos y dirigimos, pue­de hacerlos sentirse por el suelo, aumentando su sentido de debili­dad y fracaso, o puede hacer que se eleven a alturas nuevas y her­mosas y eso sí es algo digno de contar.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 -agosto 1985-