Por Oscar Rinaldi
La característica de este estado tan generalizado en la actualidad es una gran preocupación por el futuro e infundados temores.
Si miramos un poco hacia atrás, encontramos sentimientos de inferioridad («Yo no soy como los otros») e ineptitud («no sirvo para nada»), y sentimientos de culpa («no es lícito, pero quisiera hacerlo. ¡Qué malo soy!»), y temor (» ¿y si te pasa algo?») son las causas más comunes de dicho mal.
Hechos traumáticos del pasado, una niñez insegura o un hogar conflictivo pueden haber generado sentimientos negativos que provocan la ansiedad observada.
Esto nos lleva a hallar la solución en Cristo el Señor, pues se necesita una sanidad interior que sólo Él puede realizarla (2 Co. 10. 4,5). El crecimiento espiritual y el fortalecimiento de las relaciones familiares son factores importantes para vencer la ansiedad.
Pero el hombre natural (no regenerado por Cristo), así como tiene tendencias instintivas e innatas (por ejemplo, autoconservación, reproducción, ser apreciado, etc.), posee mecanismos mentales de defensa contra la ansiedad. Veremos a continuación una lista de ellos, y no sería de extrañar que nos identifiquemos con algunos. Al final daremos la verdadera salida de la ansiedad que, como podremos comprobar, no son los siguientes mecanismos mentales, sino los pasos propuestos por Dios.
- Compensación. La inferioridad se equipara con hiperactividad o hipersumisión. La actividad para el Señor y la sumisión en Su Pueblo son algo básico, pero llevadas a un extremo no son sino indicio de problemas en la persona.
- Negación. Repudiar ciertas dificultades emocionales negando su existencia. Esto es algo que contradice a la Palabra, ya que quien «encubre sus pecados no prosperará». Pr. 28.13.
- Desplazamiento. Cambiar la ansiedad por una fobia o temor ilusorio, irrazonable, inadecuado. Esto es cambiar un mal por otro y, por supuesto, no trae ninguna solución, sino que agrava el cuadro.
- Imaginación. Es soñar despierto o hacer mundos imaginarios. La persona resuelve su conflicto evadiendo la realidad. ¡Qué error!
- Idealización. Sobrevalorar o sobreestimar una persona, un ideal o un objeto deseando ver allí lo que ella misma no es. Esta es la fuente de muchísimas frustraciones en la vida.
- Proyección. Atribuir a otros nuestros malos sentimientos y emociones. Es el mismo sistema del cine: la película está en el proyector, pero la vemos en la pantalla. Aquí es donde encontramos el porqué de muchas conductas agresivas, malas relaciones entre hermanos, y emisión de juicios aplastantes.
- Racionalización. Intento consciente de explicar o justificar algo inaceptable. Esto es vivir engañado y contrariamente a lo que dice la Biblia en el pasaje ya citado.
- Formación de reacciones. Expresar una excesiva preocupación o afán por alguien o por algo. Es una manera de cubrir los males propios con los de otras personas o circunstancias, lo cual agrava ambos problemas.
- Regresión. Proceso de retorno a un nivel de ajuste anterior y más satisfactorio. La persona queda fija en aquella etapa de su vida en que hubo un cierto equilibrio emocional y su vida se desarrolló dentro de los parámetros normales. Esto es muy grave ya que decididamente obstruye el crecimiento espiritual, emocional y social.
- Represión. Olvido automático de algo disgustante o intolerable. Sabiendo que una conducta es mala, reprobada por Dios, se la olvida y vive como si no existiera, cuando en realidad el pecado existe y aumenta, ya que sin confesión no hay perdón. 1 Juan. 1.8,9.
- Supresión. Esfuerzo consciente por enterrar pensamientos o sentimientos indeseables. Esta es la faz consciente de la represión, la cual no aporta solución alguna. Pero sí nos lleva a renunciar delante del Señor las áreas de pecado conscientes o inconscientes.
- Restitución. Tratar de pagar el mal hecho pensando que así se soluciona la situación, cuando en realidad lo que se hace es ocultar la raíz del problema.
- Sublimación. Ciertas formas conscientemente inaceptables de satisfacer los impulsos instintivos se encauzan por canales que son aceptables personal y socialmente. Si bien dentro del humanismo esta es la forma más saludable de canalizar la energía, sabemos que extiende y prolonga el problema.
La Biblia enseña que la preocupación y la ansiedad son pecado, un incumplimiento claro de Sus mandatos (Fil. 4: 6. Mt. 6: 25,28).
La ansiedad se da como resultado de no descansar en el Señor, sino de dejarse abrumar por los afanes del mundo y el engaño de las riquezas (Mt. 13: 22). Pero cuando alguien sabe que hasta sus suspiros no son ocultos a los ojos y el cuidado de Dios (Sal. 38:9) y su esperanza está en El, ve la ansiedad como algo vano, inútil, infructuoso (Sal. 39: 6, 7).
¿Cuál es, entonces, el tan ansiado remedio?
- Esperar pacientemente al Señor (Sal. 40: 1-3).
- Echar toda ansiedad sobre El, sabiendo que Él nos cuida (1 Pe. 5: 7).
- Presentarle al Señor todo motivo de preocupación en oración y acción de gracias (Fil. 4: 6).
- Esperar con la seguridad de que El hará, pues tiene todo bajo control.
- No alterarse ni excitarse, dejando la ira y el enojo (Sal. 37).
- Confiar plenamente en El y actuar correctamente.
- Deleitarse en El por fe, aunque el problema subsista.
Seamos sabios, desechando la ansiedad y confiando y temiendo al Señor, ya que
El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Pr. 1.7).
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6 – nº 2- agosto 1985