Por Dwight Ham

«Está fundido» es una expresión que oímos muy a menudo. La gente, la televisión, la radio, los libros, las revistas, hablan mucho de sentirse fundido en el trabajo, en la casa y en todas partes.

Por supuesto que la mayoría sólo usa el término de moda para querer decir fatiga o desaliento. Todos hemos experimentado estos problemas en cierto grado, aunque nadie los describa o les haga publicidad.

Fundirse es el resultado del «stress» o tensión. La tensión en sí no es una cosa mala. Es necesaria en el crecimiento y para quitar monotonía a nuestras vidas. Cuando ejercitamos nuestros músculos los ponemos en tensión; así crecen y permanecen en forma. Cuando estudiamos algo nuevo, esforzamos nuestras mentes para aprenderlo. Estos tipos de stress son buenos y necesarios. Pero el problema que muchos enfrentamos, es que de vez en cuando estamos bajo demasiada tensión proveniente de muchas direcciones a la vez, o la tensión bajo la que estamos, se prolonga más allá de su límite de utilidad.

Cuando estamos bajo un stress mayor del que podemos soportar, sentimos sus efectos sicológica, física y espiritualmente.

La mayoría del material que he leído sobre este tema ofrece fórmulas para recobrarse o para evitar fundirse. Las recetas son amplias y variadas; desde el enfoque humanista que dice: «Siéntate, consiéntete y no hagas nada que no quieras hacer» hasta el tipo de enfoque «espiritual» que dice:

«No aceptes que estás ‘quemado’, ejerce tu fe, cree en Dios y sigue adelante». Aunque el primer enfoque tiene cierta validez (necesitamos períodos de relajamiento) y el segundo también (debemos ser positivos y seguir esforzándonos), no siempre resulta fácil saber cuál de los remedios debemos aplicar.

Necesitamos entender mejor este problema y para eso vamos a ver el ejemplo de un «ardiente» siervo de Dios que «se fundió» al final. De su experiencia podemos aprender cómo ve Dios el stress y cómo quiere ayudarnos a vencerlo.

Elías en el desierto

La historia de Elías se encuentra en 1 Reyes. En el capítulo 19 recibe un mensaje que lo hace reaccionar de una manera extraña, indicación probable de que Elías estaba fundido.

Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a espada a todos los profetas.

Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aún me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos.

Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. (vs. 1-4).

Elías tenía todos los síntomas de haberse fundido. Sentía ansiedad y un miedo sobrecogedor que lo hizo querer escapar de las circunstancias.

También se sentía desalentado y tenía lástima de sí mismo, hasta el punto de decir que ya no quería seguir viviendo.

¿Qué hizo que Elías se metiera en esta condición? Tenemos que regresar a los capítulos anteriores para ver qué había pasado, qué lo había hecho tan vulnerable a este tipo de emociones, qué lo llevó a darse por vencido.

Elías había confrontado al rey Acab, un idólatra y uno de los hombres más malos que gobernaron Israel, con este reto: «Reúne a todo Israel y a todos los profetas de Baal y de Asera en el monte Carmelo, y tengamos un enfrentamiento»

Varios días más tarde, cuando se hubo congregado la gente de todo el país, Elías hizo la siguiente declaración: «Decidamos de una vez. Si Dios es Dios sírvanle a él, y si Baal sea dios, váyanse con él. Que los profetas de Baal sacrifiquen sus bueyes en el altar y clamen a él para que mande fuego y lo consuma. Si Baal lo hace, adórenlo y yo también. Pero si Baal no puede, yo invocaré a Dios el Señor y si él envía fuego todos adoraremos al verdadero Dios»

Los 450 profetas de Baal prepararon el altar y comenzaron a llamar a su dios, pero nada sucedió. Después de muchas horas de gritar en vano, los sacerdotes de Baal estaban roncos y Elías comenzó a burlarse de ellos: «¿Qué pasa con su dios? ¿Estará dormido? Griten un poco más fuerte». Entonces ellos se cortaron con cuchillos en un frenesí demoníaco. Y aunque clamaron a grandes voces todo el día, nada sucedió.

Cuando el día comenzó a declinar, Elías dijo:

«Ahora me toca a mí». Hizo que la gente le echara agua a los bueyes, a la leña, al altar y a la zanja hasta que todo estuvo empapado. Entonces el profeta de Dios hizo una oración muy sencilla y el fuego descendió del cielo quemando el altar, los bueyes, las piedras, la tierra y hasta el agua que estaba en la zanja.

Elías se volvió a Acab y le dijo: «Jehová es Dios. Está probado», e inmediatamente ejecutó a los 450 profetas de Baal. Luego se subió a la cima de una montaña y oró; después corrió, en el poder del Espíritu, hasta la ciudad de Jezreel, a una distancia de 27 kilómetros.

Un hombre con una naturaleza como la nuestra

Ni para qué decir; que cuando Elías llegó a Jezreel, había pasado una semana muy ocupada. No había sido fácil. Muchas cosas habían acontecido Y gran parte habían sido de origen sobrenatural.

Dios había demostrado su poder de una manera dramática.

Debemos notar aquí que Dios había ordenado a Elías y le había dado el poder para que hiciera todo lo que hizo: no se había agotado en algo que estuviera fuera de la voluntad de Dios. Era un ser humano y la Escritura dice que nuestra naturaleza humana es débil. El profeta había estado operando todo este tiempo bajo la unción del Espíritu de Dios, pero la unción se levantó después de que hubo cumplido con la voluntad de Dios y entonces se sintió cansado.

Me imagino que tan pronto como el profeta se detuvo en el Monte Carmelo, sus energías comenzaron a agotársele, como suele suceder después de un largo período de excitación. Mientras estaba en ese proceso de descenso, probablemente reflexionando con satisfacción sobre la victoria de Dios, oyó a alguien tocar a la puerta; era un mensajero quien dijo: «Tengo un mensaje para Elías de parte de Jezabel: ‘¡Señor maravilla, si no te hago mañana lo que hiciste ayer con mis profetas, no soy la reina!

  • Elías sabía que ella era la reina, que el mensaje no era una vana amenaza y se asustó.

Es evidente que en este punto, Elias ya no tenía energía reservada para levantarse y pelear más.

No tuvo la fuerza para enfrentársele por fe y seguir adelante. Más bien, lleno de miedo huyó al desierto, se sentó debajo de un enebro y clamó a Jehová: «¡Es suficiente! Ya no aguanto más; no puedo seguir adelante»

¿Cuántos de nosotros hemos sentido lo mismo?

Llegamos a un punto en el que decimos: «Dios, llévame; ya no quiero vivir más. No sé cómo voy a lograr lo que me has encomendado». Eso es lo que Elías sentía cuando dijo al Señor: «No soy mejor que los otros que han querido servirte y han fracasado. Yo también estoy fracasando»

La respuesta de Dios

Es de suma importancia que comprendamos la manera como Dios trató con Elías a partir de este momento, porque es la clave para obtener victoria cuando nos encontremos en situaciones semejantes. Si nosotros hubiéramos sido la persona a quien Elías se hubiera dirigido de esa manera, quizá hubiéramos sido bien duros con él. Tal vez le hubiéramos hablado de este modo: «Mira, tú debilucho, ¿por qué sientes lástima de ti mismo?

¿Por qué no te levantas y peleas como lo hiciste en el monte Carmelo?» Realmente, muchas veces nos respondemos así a nosotros mismos, cuando nos encontramos agotados. Nos criticamos duramente preguntándonos por qué somos tan débiles y por qué no hemos podido luchar. Externamente tratamos de compensar con activismo la falta de fuerza que sentimos internamente.

Pero Dios no trató a Elías con dureza. No dijo nada hasta que Elías se durmió. Entonces un ángel vino y lo despertó con estas palabras: «Elías, levántate y come»

El ángel había preparado alimento y Elías comió. Se volvió a dormir y nuevamente el ángel lo despierta diciendo: «Levántate y come porque el camino que te queda es muy largo».

Elías no sabía que estaba de viaje, pero Dios sí.

El ejemplo de Elías ilustra una de las primeras cosas que sucede cuando alguien se funde, cualquiera que sea la razón: se sentía débil físicamente. El profeta necesitaba fuerza física y en esta situación Dios comienza a ministrarle en el área de su necesidad física con descanso y fuerza.

En el capítulo 19, versículo 8, leemos estas palabras: «Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches»

Es evidente que la provisión de Dios fue sobrenatural. Pero en cierto sentido era también muy natural, porque le ministró fisicamente. Dios no levantó a Elías y lo transportó hasta el monte Horeb, su destino; lo dejó caminar cuarenta días con sus noches. La distancia que caminó, 400 kilómetros, es muy significativa, porque una persona acostumbrada a caminar, hubiera podido lograrlo en diez o quince días. Elías lo hizo en cuarenta. Creo que este es el segundo aspecto de la restauración del profeta: necesitaba tiempo para apartarse de las presiones de la vida y en el desierto no había nada que lo perturbara: no había otros profetas siguiéndolo, haciéndole preguntas; no había soldados persiguiéndolo; no había nada que debiera hacer o nada en qué pensar.

Elías dio un paseo muy cómodo con la fuerza de la provisión de Dios y en cuarenta días comenzó su recuperación emocional.

Cuando Dios suple la necesidad física de alguien que se ha fundido, después lo fortalece emocional y mentalmente. Dios quita las presiones para que la persona comience a pensar con claridad nuevamente, algo que es muy difícil de hacer cuando se está rodeado de las responsabilidades y demandas de las circunstancias de todos los días. Por esta razón, Dios llevó a Elías a una jornada, en medio desierto, sin apresurarlo.

A veces, nos sentimos agotados y decidimos que necesitamos un descanso. Sacamos dos días y nos vamos a alguna parte, a la playa, por ejemplo.

Pero no hemos comenzado a relajarnos cuando ya es tiempo de regresar y tomar nuestras responsabilidades de nuevo. Debemos recordar, sin embargo, que Dios dio a Elías todo el tiempo que necesitaba, cuarenta días para ser exactos, para caminar por el desierto. Puede ser que necesitemos más de dos días.

El monte Horeb

Cuando terminó su jornada, Elías llegó al monte Horeb, el monte de Dios. El mismo monte donde Moisés había visto pasar la gloria de Dios.

Llegó a una cueva y se acomodó. Y allí oyó que Dios le decía: » ¿Qué haces aquí, Elías?»

Hay muchas maneras de interpretar la intención de la pregunta. Podríamos verla como una reprensión, pero fue Dios quien había llevado a su siervo en esta jornada y lo había fortalecido con su comida. No pienso que Dios lo estuviera reprendiendo por estar allí cuando él mismo lo había dirigido. Más bien, pienso que la pregunta era para que Elías abriera su espíritu y descubriera la razón por la que estaba allí. El profeta necesitaba saber que Dios lo había llevado hasta ese lugar, y que quería seguir haciendo algo con su vida.

Dios quería que Elías se examinara a sí mismo.

La respuesta del profeta en este punto, probablemente estaba motivada por la autocompasión.

«El respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida»

(19:10). Aunque Elías era sincero en lo que decía, estaba lleno de lástima por sí mismo.

Entonces Dios le dijo: «Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová»

Y cuando salió, el Señor pasaba. La escritura dice que un viento poderoso rompía la montaña y quebraba las peñas.

Pero Dios no estaba en el viento. Después vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Y después un fuego, pero Dios no estaba en el fuego.

El sonido de la quietud

Elías era un profeta de Dios que había visto descender fuego del cielo. El Dios que conocía era poderoso, majestuoso y demostraba su gloria con poder. Pero ahora que Elías está afuera de la cueva, esperando que Dios se manifieste, se da cuenta de que Dios no está en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego. Esto no quiere decir que Dios no pudiese estar en esos fenómenos poderosos, pero lo que Dios quería hacer en Elías ahora, no podía lograrse con una gran manifestación externa de su poder.

Finalmente, la escritura dice que después del fuego vino un silbo apacible y delicado; en hebreo, dice literalmente «un sonido de quietud.» Allí se le apareció Dios a Elías y comenzó a hablarle de una manera quieta y gentil. Elías reconoció que estaba en la presencia de Dios, se humilló y se cubrió de la presencia de Dios en la puerta de la cueva.

Entonces vino otra vez la voz de Dios: «¿qué haces aquí, Elías?» Era la misma pregunta, pero esta vez creo que Elías la oyó de forma diferente.

Sabía que Dios estaba hablando a la profundidad de su espíritu diciendo: «¿cuál es tu propósito?

¿Quién eres Elías? ¿Sabes por qué te he traído a este lugar?» El profeta dio la misma respuesta, pero creo que ahora con un espíritu diferente, porque había entrado en una comunión profunda con Dios. Pienso que la esencia de sus palabras era esta: «Señor, no sé que hacer.»

Una vez más, Dios no lo reprende. Le muestra que todavía tiene un propósito para su vida, que todavía tiene algo que hacer por su medio. Le dijo que ungiera a dos reyes y a un profeta para que hicieran la obra de Dios.

La esencia de sus palabras es esta: «No pudiste cumplir lo que querías: que Jezabel se arrepintiera. Pero no he terminado con ella ni contigo. No te voy a enviar de regreso para confrontar a sus profetas, ni para que hagas descender fuego del cielo. Quiero que impartas tu unción y tu poder a estos hombres y ellos terminarán lo que tú has comenzado. No he terminado contigo, Elías. Todavía tienes propósito y significado. No te desecharé como a un trapo sucio. Lo que quiero que hagas será diferente a lo que hiciste en el pasado, pero es mi propósito para ti.» Y entonces Dios lo envió de vuelta.

La gracia de Dios es nuestra fuerza

¿Cómo hemos de aplicar esto en nosotros?

Creo que muchas veces Dios permite que nos metamos en situaciones donde nos excedemos, igual que lo permitió con Elías. Estaba dentro del propósito de Dios que el profeta fuera al monte Carmelo y enfrentara todas las presiones. Era el propósito de Dios que llegara al lugar donde ya no se pudiera valer por sí mismo.

Elías no era un fracaso. No fue falta de fe lo que hizo que huyera al desierto y deseara morir.

Dios sabía lo que podía y lo que no podía resistir.

Dios le había dado fuerza sobrenatural antes; fácilmente lo pudo haber fortalecido en esa situación. Pero sabía que Elías necesitaba un tiempo de restauración personal, una revelación de quién era él y de su importancia ante Dios; un tiempo de comunión especial con su Hacedor. El Señor permitió que llegara al fin de sus fuerzas con ese propósito.

A veces Dios nos pone en situaciones donde no tenemos la fuerza de seguir adelante, porque, en realidad él no espera que sigamos adelante. Quiere que nos detengamos por un tiempo y nos retiremos de nuestras circunstancias. Quiere que nos separemos de las presiones y cambiemos algún aspecto de nuestra vida para permitirle que nos restaure.

Cuando estemos en estos tiempos, no tenemos por qué condenarnos y empujarnos para seguir adelante. Es cuando debemos permitirle al Señor que nos fortalezca físicamente. Tal vez quiere que cambiemos nuestros hábitos de comer y hagamos ejercicio; lo que sea para revitalizar nuestra fuerza física. Quizá debamos cambiar de paso, reajustar nuestro horario o intentar actividades que cambien nuestra rutina normal.

En vez de ver televisión, por ejemplo, podemos leer un buen libro que ayude a la restauración de nuestra mente y que mueva nuestras emociones en una dirección diferente.

Sobre todo, en tiempos como estos, necesitamos buscar la realidad de la comunión personal con él, nuestro espíritu con el suyo, y no la demostración de su poder. Debemos examinar lo que somos y quiénes somos dentro del propósito de Dios. Dios quiere que lo sepamos y no podremos hacerlo si estamos tan ocupados con todo lo demás y bajo constante presión.

Por supuesto que esto nada tiene que ver con el escapismo. Cuando es tiempo de retirarnos no podemos hacer otra cosa. No es malo detenerse para descansar y refrescarse, o admitir nuestra debilidad y necesidad de fuerza. Tampoco es malo fortalecernos mutuamente cuando vemos a nuestro hermano cansado y desanimado.

Dios quiere que lleguemos a un lugar donde podamos recibir su gracia no importa cuál sea la situación. Si su gracia es para pelear la batalla, entonces podremos pelear. Si su gracia es una oportunidad de dejar la batalla, entonces podemos retirarnos por un tiempo para ser renovados. En cualquier caso, sea el desafío del monte Carmelo o la quietud del monte Horeb, la gracia de Dios es nuestra fuerza.

Dwight Ham se graduó de la Universidad Tecnológica de Texas, en Lubbock, Texas y del Life Bible College en Los Angeles, California.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6- nº 3 -octubre 1985