
Por Erik Krueger
Dios usa el evangelio sencillo y una vida cambiada.
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» Mateo 5:16.
A veces las cosas son más sencillas de lo que pensamos. Así debe ser nuestro testimonio de cristianos en el mundo que nos rodea. En Filipenses 2:15-16, tenemos esta exhortación del apóstol Pablo:
Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida.
Eso significa que nuestra responsabilidad como cristianos es muy simple: resplandecer como luminares en medio de un mundo que cada día se sume más en las tinieblas, y esto lo hacemos viviendo santamente, asidos de la palabra de vida, el evangelio de Jesucristo.
Dios nos ha confiado su mensaje, el mensaje de salvación para la raza humana. ¿En qué consiste este evangelio que nos da tanto el privilegio como la responsabilidad de transmitirlo a los que están muriendo en el mundo?
El mensaje es muy sencillo y todos debemos conocerlo. Consiste en tres «realidades de la vida» que son el poder de Dios para la salvación de los hombres:
…Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, y que fue sepulta-do, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Co. 15:3-4).
En medio de todo lo que se habla de derechos humanos, quizás el derecho legítimo más importante de todo hombre es oír estas tres frases. Este evangelio es tan importante que cuando haya sido presentado en todo el mundo, de manera que todo los hombres hayan tenido una oportunidad de oírlo con claridad, entonces vendrá el fin del siglo (vea Mateo 24:14). Hay muchas personas en el mundo que todavía no han oído esto. Es preciso que nosotros se lo digamos.
Pablo conocía el Poder
Cuando pienso en alguien muy efectivo para presentar el evangelio, pienso en Pablo. Era un hombre dotado, capaz y letrado que mantuvo la sencillez del evangelio, y por eso el poder de Dios era liberado en sus palabras. Pablo dijo en Romanos 1:16:
No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.
Pablo sabía que el poder de Dios está en el evangelio. No hay nada más fuerte en el universo, ni nada podrá resistirlo finalmente. La raíz de esta palabra, poder, en griego es la misma que se usa para la palabra dinamita. De manera que el evangelio es la «dinamita» o «la bomba atómica» de Dios para la salvación de los hombres.
Al diablo no le gustó que todo ese poder fuese liberado en contra suya por medio de Pablo, su confesión y su testimonio; por eso trató de intimidarlo continuamente, queriendo hacerlo tener miedo o vergüenza de predicar el evangelio. Pablo libró la misma lucha que Ud. y yo encaramos hoy.
Satanás tiene muchas maneras para intimidar a los cristianos y para hacerlos que se disculpen por el evangelio.
El ridículo
Una de las tretas de Satanás es hacernos sentir vergüenza por lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. El se desvela por hacernos parecer tontos por lo que creemos. Entre sus instrumentos están los humanistas que nos rodean, que intentan hacernos creer que somos muy simples y que nuestras convicciones son sólo cuentos fantasiosos.
Conozco muy bien esta experiencia.
A principios de la década de los setenta, antes de convertirme al cristianismo, enseñaba sicología en una universidad, y uno de mis pasatiempos favoritos era poner en ridículo a mis alumnos cristianos. Cuando una clase se ponía aburrida, molestaba a los cristianos para que se vieran simples por lo que creían. Bajo una presión de estas, la mayoría se echaba atrás disculpándose. Eran muy corteses y trataban de parecer sensibles cuando defendían sus creencias, pero no recuerdo de uno que presentara realmente la verdad sencilla del evangelio.
Un día, mi hermano menor, que había terminado recientemente sus estudios de secundaria, vino a visitarme. Había sido siempre el tipo de persona que se mete en problemas fácilmente. Pero él y unos amigos habían hecho un viaje a la Florida, donde habían tenido un encuentro con Jesús. El cambio había sido radical, de la noche a la mañana.
Cuando vino a visitarme, compartió el evangelio conmigo de una manera sencilla y sincera; sólo los hechos básicos: Cristo murió por mis pecados, conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó conforme a las Escrituras. (No debemos olvidar que estas verdades son más que enunciados intelectuales o filosóficos; son hechos históricos.)
Bajo el dedo de Dios
La única razón por la que pretendí escucharlo es porque creo en el derecho de todo individuo de expresar su punto de vista, no importa lo disparatado que sea. Como de costumbre, ataqué algunas declaraciones que él había hecho cuando expresaba sus convicciones, haciendo preguntas sobre situaciones hipotéticas para confundirlo. Pero el se limitó a decirme que sinceramente no sabía todas las respuestas a mis preguntas, ni cómo Dios iba a solucionar los problemas que yo había levantado.
Todo el asunto me pareció insensato y cuando finalmente se fue, dejé de pensar en nuestra conversación. No le di ninguna importancia y pensé que yo había sido el ganador intelectual.
Pero jamás volví a ser el mismo desde que mi hermano me comunicó ese evangelio sencillo.
Dios me había puesto bajo su dedo. Comencé a sentirme presionado e incómodo en formas que iban más allá de la coincidencia, como si Dios estuviera llamándome la atención para señalarme mi necesidad. Mi novia, María, con quien me casé después, y yo sentíamos una gran frustración en nuestras vidas.
A menudo pensaba en mi hermano: inevitablemente me lo imaginaba con su mirada serena, leyendo la Biblia en un estado de contentamiento y de confianza. Resentía el hecho de que él fuera tan feliz mientras que mi turbación iba en aumento. Cada día me convencía más que lo que él tenía era real.
Finalmente, una noche en que mis frustraciones me habían impulsado a dar un paseo en la oscuridad, exclamé: «Dios, no sé siquiera quién eres. Mi hermano dice que el único camino para llegar a ti es por medio de Jesucristo. Yo no lo entiendo, pero si Jesucristo es tu Hijo, revélamelo y lo serviré como Señor.»
Y en el término de un mes, Dios había contestado mi raquítica oración de frustración. Había sido retado a ir a una iglesita pentecostal que cultural y socialmente no podía ser menos atractiva para mí. No recuerdo lo que dijo el predicador, excepto la última frase: «¿Hay alguien aquí que quiere conocer mejor a Jesús?»
Golpeado por la verdad
Lo que cautivó mi atención en ese servicio fue su presencia real y el poder de Dios. Era tan fuerte que no me atrevía a irme por temor a ser, literalmente, derribado. Repentinamente me di cuenta de dos cosas sin saber exactamente cómo llegué a saberlas: que Jesús era el Hijo de Dios, que había muerto por mis pecados, y que la Biblia era la Palabra de Dios. Intelectualmente, nunca nadie me había convencido de estas verdades.
Sabía que tenía que responder de alguna manera, allí mismo. Pensé que si no lo hacía, viviría en una mentira por el resto de mi vida y que tal vez no volvería a tener otra oportunidad. Así que, para sorpresa de todos, levanté mi mano y pasé adelante. Hubo gente que me rodeó para orar mientras yo me arrodillaba en el altar. Dios me mostró que tenía que dejar mi manera de vivir, me inundó de la conciencia de su amor y de su gracia salvadora y supe con toda certeza que era una «nueva criatura.» Lo que Jesús había hecho por mí en la cruz se hizo una realidad inmediatamente, como si hubiese sucedido ese mismo día.
La verdad sencilla del evangelio me golpeó con toda su fuerza, como dinamita.
Más tarde encontré mi situación descrita perfectamente en la Biblia:
Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios (1 Co. 1:18).
La locura que Dios escogió
¿Qué es lo que Dios escogió que parece locura?
La cruz. Cuando Jesús, el Dios encarnado, permitió que lo llevaran a la cruz, eso pareció un acto de locura y debilidad. Hasta el diablo creyó que había ganado la batalla y que las tinieblas habían apagado la luz. No sabía que en esa hora de debilidad, Dios perfeccionaba la fuerza para la salvación de muchos.
Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estais vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación y redención; para que como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
Así, que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.
Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.
Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (1 Co. 1:27-2:5).
No lo complique
Veo en este pasaje y en mi propia experiencia que si queremos cumplir con nuestra obligación de testificar, no debemos restarle poder a la cruz (vea 1 Co. 1:17), poniéndonos muy sofisticados o complicados. El Espíritu Santo no capacita a todos para que sean predicadores, pero sí da poder para que todos seamos testigos. En una corte judicial, el testigo testifica únicamente de lo que ha visto y oído: no ofrece ninguna explicación teórica.
Jesús le dijo a sus discípulos que ellos recibirían poder por medio del Espíritu Santo para que fuesen sus testigos, hasta los confines de la tierra (vea Hechos 1:8). No nos volvamos demasiado sistematizados ni tratemos de ser listos para compartir el evangelio, porque si lo hacemos, limitaremos su poder. El mejor programa para evangelizar es el Espíritu Santo operando en vasos humanos y a través de ellos.
Puede que para algunos seamos «olor a muerte» en vez de «olor de vida», cuando les comuniquemos el evangelio; pero una vez presentado, el Espíritu Santo toma la acción como un «sabueso celestial» hasta alcanzar su presa.
Nosotros no tenemos que determinar los resultados. Eso le corresponde a Dios. La responsabilidad nuestra es ser sus testigos: liberar el poder dinámico del evangelio, en nuestro testimonio.
El Espíritu Santo da credibilidad a nuestro testimonio con la nueva vida que lo respalda, y «resplandecemos como luminares… asidos de la palabra de vida» (Fil. 2:15-16). Mi gratitud es eterna por el testimonio valeroso y sincero de mi hermano y por la iluminación que me trajo su vida cambiada.
Erik Krueger es pastor de la Iglesia Cristiana del Nuevo Pacto en East Lansing, Michigan. Antes de su conversión fue instructor de sicología en una universidad de los Estados Unidos.
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 3- octubre- 1985