Por Hugo M. Zelaya
La historia del hombre tiene dos días grandes: el sexto día de la creación, cuando Dios hizo a Adán y aquella primera Navidad, cuando nació nuestro Señor Jesús en Belén de Judea.
La creación primera perdió su dirección. Se fue por el camino equivocado, y con él toda la humanidad. No quedó uno que llenara las expectativas de Dios. Isaías lo acepta así y dice:
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino (Is. 53:6).
Hubo algunos que intentaron corregir su curso; soñaron, se esforzaron y alcanzaron cierto éxito. Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín.
Enoc caminó con Dios tan íntimamente que Dios lo trasladó. Noé halló gracia delante de Dios y Dios hizo pacto con él. Abraham, Isaac y Jacob descubrieron algo del propósito de Dios para el hombre y corrigieron un poco más su curso desviado. Moisés y David fueron hombres que estuvieron cerca del Señor y anticiparon aún más lo que Dios haría en un futuro. Todos ellos reflejaron un poco a la persona de Aquel que había sido prometido por Dios, cuando el primer hombre y la primera mujer fueron engañados por
Satanás. (Gen. 3:15),
A pesar de que cada uno de los hombres grandes de la historia bíblica sobresalieron el resto de su generación, ninguno de ellos alcanzó el potencial máximo con el que Dios nos creó en el principio. Tampoco debemos pensar que si tomásemos de todos ellos sus virtudes y las juntásemos en un hombre, ese hombre sería Jesús.
Romanos 3:23 dice que «todos pecaron, y no alcanzan la gloria de Dios», ni individual, ni colectivamente.
Jesús no es la suma total de todo lo grande y loable que se pueda encontrar en el hombre. Mucho menos la culminación de ningún proceso evolutivo del ser humano. El Señor Jesucristo es un nuevo comienzo. No era posible transformar a Adán: tenía que morir. La sentencia de Dios «ciertamente morirás» (Gén. 2:17), no era sólo un castigo que podía ser aplicado o remitido por él. Es el efecto de una causa que ni Dios puede alterar:
«el alma que pecare, esa morirá» (Ez. 18:4)
Si Dios quería continuar con su plan de hacer del hombre su representante en la tierra, tenía que hacerlo de nue-vo. Más aún, tenía que terminar completamente con el hombre viejo para hacer uno nuevo.
Desde el principio, Dios mantuvo viva su promesa hasta cumplirla. «La simiente de la mujer» de Génesis 3:15 es la misma de Génesis 12:7 donde es llamado «simiente de Abraham»
(vea Gal. 3:16) y «linaje de David» en 1 Crónicas 17:11 (vea Juan 7:42).
«el Ungido de Dios», «el Mesías» (Daniel 9:25), «el niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre
(Luc. 2:12).
Entonces, la primera Navidad es el comienzo del fin y el comienzo del comienzo. Con el nacimiento de Jesús comenzó el fin del hombre viejo y fue el comienzo del hombre nuevo. Había que llevar al hombre viejo a su final definitivo. Uno de su propia especie debía hacerlo,
«porque la sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados» (Heb. 10:4). Jesús nació de la simiente de la mujer, como fue prometido por el Padre, para hacerse partícipe de la naturaleza de Adán; pero, contrario a éste, fue
obediente a Dios en todas las cosas y durante toda su vida mantuvo su comunión perfecta con él, hasta que llegó a la cruz y fue hecho pecado por nosotros y el Padre rompe su contacto con él, probando la realidad de nuestra redención: ni el Padre ni Jesús estaban representando un papel en un drama. Ambos estaban poniendo punto final a la vieja creación, que fue enterrada juntamente con Cristo en la tumba de José de Arimatea, levantando Dios a una nueva criatura con la resurrección de Jesús (Rom. 6:4)
El relato de la creación de Adán es bien escueto. No sabemos qué señales y prodigios acompañaron su aparición sobre la superficie de la tierra. Es posible que toda la creación estuviera a la expectativa de este ser que debía gobernar sobre ella. Del nacimiento de Jesús sabemos un poco más. Los evangelios cuentan de una estrella más brillante que las demás; de ángeles. alabando a Dios; de pastores y reyes buscando el lugar de su nacimiento; de un anciano y una anciana que reconocieron al «Ungido del Señor» (Luc. 2:26); pero para el resto de los hombres, su nacimiento pasó desapercibido. ¿Quién lo buscaría en un pesebre de Belén?
Hoy también, a pesar de todos los villancicos que se canten, de todos los arbolitos de navidad que se adornen y de todos los regalos que se ofrezcan, es posible ignorar que celebramos el nacimiento de un nuevo hombre en la tierra, Aquél a quien Pablo llama «el postrer Adán» y el «segundo hombre»
(I Cor. 15:45,47), superior en todo al primer Adán, aún antes de su caída.
Celebremos esta Navidad en el conocimiento de una nueva criatura en Cristo Jesús.
H.Z. fue director de la revista Vino Nuevo desde 1975 y, desde 1987, de Conquista Cristiana hasta hoy.
Está casado con Alice y tienen cuatro hijos adultos.
Fundador de la Fraternidad de Iglesias y Ministerios del Pacto, que da cobertura a iglesias en Estados Unidos, Costa Rica y Panamá.