Por George D. Watson

Los mejores regalos de Dios son los más simples, como el aire, la luz, el agua y el pan. Igualmente en la religión, las cosas más grandes son amor sin mezcla, humildad pura, obediencia firme y un ojo bueno para agradar a Dios. Un rayo de luz refractado da siete colores; eso es complejidad, lo opuesto a la simplicidad. La simple luz blanca es infinitamente más bendita y útil que el colorido y complejo arco iris. Ser amigo de las cosas complejas indica un gusto infantil.

Complejidad, en la vida religiosa, habla de una condición de infante en la naturaleza moral.

Cuanto más pura y avanzada sea la mente, más admira la simplicidad perfecta en todas las cosas.

La simplicidad, en la vida cristiana, es el estado de transparencia perfecta, de imparcialidad; es una condición donde no hay mezcla en los deseos, en el temperamento o en los afectos; es singularidad de motivo, singularidad de intención; es que la conciencia, los deseos y la voluntad fluyan, todos, en dulce acuerdo; es que la fe, la esperanza y el amor existan sin mezclarse con sus opuestos, la duda, el temor y el odio.

Pero, en realidad, no hay definición de simplicidad espiritual que satisfaga al corazón. El Espíritu Santo, quien es el Dios de la simplicidad, debe revelarla a los ojos del alma. Cuando el bendito Espíritu suavemente revela a todas nuestras percepciones internas, la simplicidad perfecta de la vida de Cristo, la pura, la inmarcesible transparencia de la Palabra de Dios y de su reino, hay un encanto santo y una agradable satisfacción para la mente, más allá de lo que las palabras puedan expresar.

Cuando toda doblez y complejidad, enmarañada con toda suerte de cosas, es purgada de nosotros, y cuando el Espíritu Santo inunda todo nuestro ser, con la misma simplicidad que hay en Jesús, ¡cómo nos hace amar la simplicidad en todos y en todo! Tenemos entonces una apreciación aguda de la simplicidad en el carácter, los modales, el vestido, el habla, la adoración, los negocios. Todo lo extravagante, lo grandioso, lo pomposo, lo hinchado, lo altisonante, lo forzado, lo estridente, lo dicharachoso, lo raro, lo listo, lo brillante, lo confuso, o lo complejo, en experiencia, vida o expresión, se vuelve chocante. El alma que vive en dulce comunión con Jesús detectará intuitivamente y retrocederá ante todo lo que es místico, umbroso, ilusorio, o complicado.

Un alma así abomina los albergues secretos, las mañas del oficio, el guardar las apariencias, o cualquier cosa sutil o egoísta; trata únicamente con lo que es abierto, derecho y transluciente. Una persona puede tener simplicidad intelectual, que es la característica de todas las grandes mentes, y sin embargo, si no es purificado por el Espíritu Santo, todavía estará falto de simplicidad moral.

Una persona cuyo corazón es hecho perfectamente simple por el vivir pleno de Cristo en él será inundado con simplicidad en toda su mente, sus modales y sus negocios.

Simplicidad perfecta de espíritu es el escudo celestial contra formas disparatadas y caprichosas de experiencias religiosas.

Cuando la gente se imagina que ha encontrado algo sorprendente, nuevo, muy difícil de comprender y trascendentalmente fino en religión, es siempre porque ha dejado el camino viejo y eterno de la blanca simplicidad y se ha enredado en la neblina satánica.

El alma que está poseída por el Espíritu Santo busca siempre vivir en un océano de amor puro y tierno, y estar lleno de buenas obras; evitará instintivamente

puntos de vista precipitados, desnaturales y forzados, de la vida y el deber religioso. La luz que el Espíritu Santo derrama sobre nosotros es pura y blanca, no una roja y pasmosa aurora boreal; las visiones que Dios nos da son lúcidas, amplias, calmadas, inspiradoras, dulces, reposadas y amorosas, y no las complejas, turbulentas y tensas nociones que son siempre indicativas de fanatismo.

El Espíritu Santo nos convertirá en simples, quietos, no combativos corderos, y no en una grande, descollante y extraordinaria jirafa. Nos moldeará a semejanza de la humilde, nunca quejosa, nunca ostentosa paloma, no en algún enorme, distante y exótico albatros.

Miles de personas arruinan su experiencia religiosa formándose nociones ficticias y anormales de experiencias avanzadas. Se estiran y oran; se esfuerzan por una monstruosidad de vida espiritual única, grande y deslumbrante, completamente fuera de la mente de Jesús; y el diablo está siempre atento a gratificar tales deseos no bíblicos con falsificaciones de gracia. Pierden su simplicidad de paloma y se enredan pronto en toda clase de absurdos. La Biblia nos revela simplicidad de deseos:

«Tu rostro buscaré, oh Jehová»; simplicidad de voluntad: «Una cosa hago»; simplicidad de motivo: «Hacedlo todo para la gloria de Dios»; simplicidad de dirección: «Guíame por senda de rectitud,» porque el enemigo está en la senda compleja.

Busquemos siempre una simplicidad como la de Jesús, no sólo en nuestra experiencia, sino también en nuestro trabajo para él: sin intentar cosas sorprendentes y brillantes, sin atraer, a propósito, la atención hacia nosotros, sin someternos a esfuerzos excesivos en empresas gigantescas, sin exhibir las hazañas que hemos hecho, o el exceso de cosas que tenemos que hacer.

¡Oh, cuánto anhelo esa perfecta y franca simplicidad de corazón y vida, tan propia de un ángel como de un infante, cuya gracia hace que ambos, uno con el otro, se sientan cómodos.

Tomado de Alimento para el Alma de George D. Watson

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol- 6-nº 3- octubre 1985.