Por Charles Simpson
Algunas de las últimas instrucciones de Jesús a sus discípulos fueron enseñanzas sobre el Espíritu Santo: su oficio, su papel y lo que él haría.
Los capítulos 14, 15 y 16 del Evangelio de San Juan, contienen una de las más ricas enseñanzas sobre el Espíritu Santo, en toda la Biblia. Allí dice Jesús que el Espíritu de verdad vendrá, que tomará todo lo que tiene el Padre y nos lo enseñará a nosotros.
La esencia de la enseñanza de Jesús, en este pasaje, es la siguiente: «Yo los he oído en la tierra y hablaré por Uds. en el cielo. Pero viene Uno
quien oirá el consejo del Padre en los cielos y se lo enseñará a Uds. El hablará en la tierra. El mundo me ha visto y oído en lo natural, pero no podrá ver ni oír al que viene. Uds. tienen que oírlo como yo lo he oído si han de hacer la voluntad de mi Padre.»
La evidencia de que el ministerio de Jesús tuvo éxito radica en que cuando él se fue, sus discípulos oyeron realmente la voz del Espíritu Santo.
Si no hubiesen sido capaces de oír al Espíritu de Dios, el ministerio de Jesús hubiese fracasado, en cuanto a ellos se refería. Pero él tomó a hombres que no sabían nada de cosas espirituales, ni quién era él, ni siquiera de las Escrituras. Aparentemente tenían sólo la suficiente revelación para seguirlo, y sin embargo, en un espacio de tres años y medio, podían adorar, tener comunión y oír a Dios, a quien no podían ver. En una época en que muy pocos podían oír o ver espiritualmente, ellos llegaron a conocer y a hacer la voluntad de Dios, y esta fue la corona en los logros del ministerio de Jesús. Su ministerio dependía de su poder para hacer que los discípulos vieran y oyeran en el espíritu.
El período de transición entre la niñez y la edad adulta es el más crítico en el desarrollo del hombre. Los niños van entrando a un lugar de mayor responsabilidad y autoridad. Durante este tiempo, los padres han enseñado a su hijo o a su hija de la mejor manera que han sabido. No siempre estarán con ellos, y su esperanza es que los hijos hayan aprendido más que a obedecer; esperan que también hayan recibido de su espíritu. Su oración es que su espíritu y su enseñanza hayan sido inculcados en ellos.
Jesús llegó a este punto en su relación con los discípulos. Era un tiempo de transición en que la autoridad y la responsabilidad de todo lo que habían oído caería sobre ellos. El Verbo se había hecho carne y había habitado en medio de ellos, pero se acercaba el tiempo cuando su ejemplo vivo les sería quitado.
Habían pasado por una época en que las manifestaciones de Dios fueron muy reales, y ellos las habían visto y habían respondido a su estímulo. Pero ahora, Dios en la carne se iría para ser recibido por una nube. En su lugar vendría el Espíritu Santo a quien nadie podía ver ni oír con los sentidos naturales. Jesús sabía lo que sucedería y en este delicado tiempo de transición les animaba: «Me voy, pero viene otro que los guiará a verdades que yo no les he mostrado. El les abrirá las cosas profundas y misteriosas de Dios, para que puedan sobrevivir en un mundo que está cambiando.»
Cosas que estorban la sensibilidad
Si poder oír la voz del Espíritu Santo es tan esencial para nosotros, ¿por qué somos tan insensibles? Aún sin tomar en cuenta las grandes revelaciones, la mayoría de los cristianos no desarrollan una sensibilidad cotidiana para oír las instrucciones de Dios y palpar lo que su Espíritu está haciendo en los sucesos a su alrededor. Yo creo que, principalmente, hay varias cosas que estorban la sensibilidad.
1. Activismo. En la parábola del sembrador, en el capítulo 4 de Marcos, Jesús dice que un hombre salió a sembrar, y que una parte de la semilla cayó junto al camino. Para mí, «el camino» indica un corazón endurecido por el activismo y la preocupación. El activismo es una de las cosas que nos impiden oír a Dios.
Esta es quizá la razón de la insensibilidad de muchos en las sociedades occidentales. No sólo estamos ocupados con lo que hacemos, sino que nuestros espíritus están activos también. Nuestra sociedad es altamente locuaz y en consecuencia, nuestras mentes y espíritus se han compactado y endurecido con tanta verborrea. El ambiente alrededor está literalmente colmado de palabras y de imágenes; todo lo que necesitamos es un recibidor para oír millones de palabras. Nos hemos hecho tan adictos a las palabras que no podemos soportar la quietud. Tenemos que llevar un radio o televisión para evitar, siquiera, un momento de silencio.
2. Superficialidad. Nuevamente en la parábola del sembrador, Jesús dijo que una parte de la semilla cayó en tierra poco profunda. Brotó rápidamente, pero se secó con el calor. Esto me habla de un espíritu poco profundo que responde a Dios con superficialidad. Mi padre me decía, en privado, cuando alguien hacía algún ostentoso alarde religioso que era una persona superficial.
He llegado a comprender que muchos cristianos fabrican una respuesta a Dios que no nace de la profundidad de sus espíritus, o responden sin contar el precio. Cuando el joven rico escuchó la enseñanza de Jesús, le gustó todo lo que oyó y se acercó a Jesús diciendo: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús, que conocía lo que estaba en su corazón, pudo discernir que este joven era superficial, y queriendo tocarlo donde realmente estaba su vida, en lo profundo de su espíritu, le dijo que vendiera todo lo tenía. El joven se fue triste porque no podía seguir a Jesús con esa condición. La superficialidad nos impide oír a Dios porque hay temor de que Dios perturbe una área que preferimos no tocar.
3. Entre espinos. En la parábola, parte de la semilla cayó entre espinos; y los espinos la ahogaron. Esto para mí es un espíritu abarrotado; tiene quizá un gran potencial, pero está lleno de distracciones. Muchos tienen que luchar contra un síndrome de Marta: quieren servir a Dios, la olla está en el fuego, los niños están por regresar de la escuela, el jefe está en el teléfono y el carro necesita reparación. Aunque Dios nos está hablando, es difícil ordenar nuestras prioridades y hacer campo en nuestros espíritus.
4. El orgullo. El orgullo impide oír a Dios. Para oír a Dios se tiene que ser humilde, y es humillante oír a Dios. Cuando Jesús dijo a Pedro que le iba a lavar los pies, Pedro objetó queriendo impedírselo. No podía oír esa palabra de Dios, porque tocaba su naturaleza orgullosa. Era una palabra de humildad que no podía recibir. El Señor le dijo que si no le lavaba los pies no tendría parte con él.
Entonces Pedro le dijo que lo lavara todo. La respuesta parecía de humildad, pero era rebeldía enfocada por otro lado. Muchas veces no podemos oír porque somos demasiado orgullosos para oír; creemos tener mejores ideas.
5. Prejuicio. Algunas veces Dios nos habla a través de instrumentos que no son de nuestro agrado. Felipe le dijo a Natanael: «Hemos encontrado al Mesías y es de Nazaret.» Pero Natanael respondió: «Nada bueno puede salir de Nazaret.» A menudo es difícil oír porque Dios ha escogido a un instrumento que nosotros nunca hubiéramos elegido.
En su primer mensaje, Jesús recordó a la gente que Dios había usado a una viuda de Sarepta para cuidar de Elías, porque no encontró a una viuda israelita para hacerlo. Cuando Jesús dijo esto, sus críticos trataron de matarlo. A veces no podemos oír a Dios porque no nos gusta el instrumento que Dios elige para hacerlo.
6. Falta de disciplina. Otras veces no tenemos disciplina para oír. La Biblia dice en Proverbios 18:13, que quien «responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio». Es decir que cuando oímos a Dios pronunciar la primera palabra y nosotros le terminamos la frase eso nos conduce a la insensatez y a la vergüenza. Un espíritu indisciplinado saca conclusiones apresuradas.
Antídotos para la insensibilidad
Afortunadamente para nosotros, tenemos cura para la insensibilidad. Las Escrituras nos enseñan por lo menos siete antídotos que Dios provee para ayudarnos a oír.
En Proverbios 15:31-33, leemos de cuatro que están muy relacionados entre sí:
El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará
El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento.
El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría; y a la honra precede la humildad.
Si una persona que teme a Dios se vuelve insensible a su voz, recobrará su sensibilidad cuando Dios se manifieste. La razón de esto es que el temor de Dios produce humildad. Si tememos a Dios seremos humildes, no porque estemos comparándonos con alguien mejor, sino porque el temor santo de Dios sencillamente nos pone en la postura apropiada delante de él. Una vez que el temor de Dios haya producido humildad en nosotros, la humildad producirá el arrepentimiento. Si nos humillamos delante de Dios, nos apartaremos de nuestros malos caminos.
La evidencia de que nos hemos arrepentido es nuestra disposición a aceptar la corrección. El indicador de que nuestro temor de Dios, nuestra humildad, y nuestro arrepentimiento son genuinos, es nuestra aceptación alegre de la «amonestación que da vida». Hay quienes desprecian la corrección, pero no debieran; tampoco es cosa de sólo tolerarla; debiéramos de desearla. Cuando Dios envía una situación o una persona para tratar con nosotros, estamos tratando con Dios mismo.
Si nuestra reacción es altanera o enojada, estamos haciéndolo contra Dios; quien rechaza la reprensión está en realidad rechazando a Dios. Debemos aceptar la reprensión y recibir a los que nos amonestan como amigos que están siendo usados por Dios para cortar las obstrucciones de la carne en nuestros ojos y oídos. La reprensión puede ser el cuchillo de Dios para circuncidar nuestra actitud.
La fe en Jesucristo circuncida nuestros corazones; tener fe en él, significa que él tratará con nosotros. El nos reprenderá y cortará la carne que impide nuestra sensibilidad
Otro antidoto para la insensibilidad es la disciplina. En Isaías capítulo 50 leemos que Jesús tenía un oído y una lengua disciplinados:
Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios.
Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. (v.4-5).
Una lengua y un oído disciplinados pertenecen a una persona disciplinada. El oído disciplinado produce una lengua disciplinada. La capacidad de hablar palabras al cansado para sostenerlo es producto de saber escuchar a Dios.
Vivimos en una sociedad orientada a las comunicaciones, en la que las personas aprenden a hablar en público, pero rara vez a escuchar. Jesús dijo una y otra vez a sus discípulos: «El que tiene oídos para oír, oiga», o «tenga cuidado en oir» no en «hablar». Así pues, si escuchar es más importante que hablar, ¿no habremos confundido nuestras prioridades? No es difícil encontrar instrucciones que enseñan a hablar, pero ¿cuántas ofrecen cursos para escuchar? Si aprendemos a escuchar con cuidado, controlar la lengua será fácil.
Otro antídoto para la insensibilidad, que a menudo es ignorado, es el descanso. No hay nada que pueda sustituir al descanso. En Isaías 30:15 Dios dice: «En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis» Sin embargo, más adelante
dice que estará con nosotros y que nuestros maestros nunca más serán quitados y que oiremos una voz a nuestras espaldas diciendo: «Este es el camino, andad por él.» En la quietud y en la confianza está nuestra fortaleza, no en cantar himnos, ni en la predicación. Si bien esta actividad tiene su lugar, no puede sustituir los tiempos de quietud.
Dios instituyó un día de descanso para la creación, y personalmente no creo que la venida de Jesús abrogara la necesidad del hombre de tener un día de descanso. Un día, entre siete, debe ser de quietud. ¿Por qué razón? Necesitamos ese día para que nuestros espíritus se sensibilicen a la voz de Dios. Las leyes del sábado no eran sólo reglas religiosas; fueron dadas para garantizar un descanso que nos volviera a sensibilizar a la voz de Dios.
Cuando todo lo demás no surte efecto por nuestra dureza, Dios tiene un último antídoto para curarnos: la tribulación. Hay muchos textos que ilustran este punto, pero uno de mis favoritos es el Salmo 40. David dice aquí: «Pacientemente esperé a Jehová… y oyó mi clamor. Y me hizo sacar de la desesperación, del lodo cenagoso» (v. 1-2).
No hay otra cosa que se pueda hacer en el lodo cenagoso que escuchar. La tribulación nos vuelve sensibles a la voz de Dios. Es mejor si podemos usar uno de los antídotos anteriores: el temor de
sión, la disciplina o el descanso, antes de caer en la tribulación. Pero muchas veces cuando somos insensibles a Dios, tal vez porque hemos estado demasiado ocupados, o hemos sido orgullosos por el éxito que hemos tenido, o indisciplinados, Dios nos toca con la tribulación para que vengamos a él con los oídos y el corazón abiertos.
Ver como Dios ve
¿Qué sucede cuando finalmente oímos? Isaías es un buen ejemplo. Uzías, el buen rey de Israel, había muerto. Los reyes buenos eran muy escasos y toda la nación estaba de duelo. El profeta Isaías también, pero él oyó la voz de Dios en medio del dolor. Dios lo atrajo al templo, y porque Isaías era más inclinado a lo espiritual que a lo natural, aún en la muerte de Uzías, Dios le dio una visión.
El profeta escribe: «Vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo» (6:1). Vio la gloria de Dios y el ámbito espiritual que la Biblia dice que nos rodea. Como muchos de nosotros, Isaías pudo haber sido insensible al mundo espiritual con tanta ocupación.
Pero rompió el velo de su dolor y vio la gloria de Dios. Igual el apóstol Juan, centurias después, vio una puerta abierta en el cielo. Entonces se vio a sí mismo y exclamó: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (v.5). Pero uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar y tocó sus labios y le dijo: «Esto tocó tus labios y estás limpio.» Como resultado de su sensibilidad, Isaías vio la gloria de Dios y en su presencia su pecado le fue limpiado.
En seguida, oyó una voz que le preguntaba: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» El respondió: «Heme aquí, envíame a mí.» Luego el Señor le explicó su misión: «Anda y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis.» Isaías preguntó: ¿Hasta cuándo, Señor? El Señor le respondió: «Hasta que las ciudades estén asoladas y sin moradores, pero serán como un roble que se corta. La simiente quedará en el tronco y un remanente brotará que oirá y verá.» Porque Isaías respondió al Espíritu de Dios, vio su gloria, se vio a sí mismo, vio su misión y vio al futuro. Cuando escuchamos la voz de Dios, finalmente podremos ver como Dios ve.
Eso equivale a tener la mente de Cristo. Juan vio al Cristo resucitado y cada vez que lo describe menciona sus ojos. Dice en el primer capítulo de Apocalipsis: «Sus ojos eran como llama de fuego.» En el segundo capítulo dice: «El que tiene ojos como llama de fuego.» En el capítulo cinco dice: «Vi al Cordero… que tenía siete cuernos y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.» Los ojos de Jesús son el Espíritu de Dios y el Espíritu fue dado para darnos a conocer la mente de Dios. Si somos sensibles al Señor, él nos hará ver como él ve, con sus ojos, con su Espíritu, y su Espíritu nos revelará la mente de Cristo.
El Espíritu de Dios reposará sobre él
Setecientos años antes de su nacimiento, Isaías vio a Jesús con los ojos de Dios. En Isaías 11:2-5 escribe lo siguiente:
Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.
Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.
Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura.
Lo más importante que dice el profeta acerca de Jesús es que el Espíritu de Jehová reposará sobre él. No dice que estará sujeto a Dios, o que estará bajo la voluntad de Dios. Dice que él tendrá el Espíritu de Jehová. La diferencia es crucial entre estar bajo autoridad y tener el espíritu de esa autoridad. Jesús no estaba meramente bajo el señorío del Padre; el Espíritu del Padre estaba sobre él de manera que el Padre siempre estaba delante suyo. Podía ver con los ojos del Padre al mismo tiempo que veía a su Señor. El Espíritu de sabiduría estaba sobre él; no sólo la sabiduría. Jesús no sólo tenía sabiduría; tenía la capacidad de ver la sabiduría cuando la necesitaba; tenía ojos espi-rituales, el Espíritu que escudriña lo profundo de Dios. Cuando Jesús enfrentaba situaciones problemáticas podía ver hasta la presencia de Dios y encontrar las respuestas. Penetraba en la eternidad con ojos y oídos espirituales y traía a la tierra la sabiduría que aplicaba en esas situaciones. No respondía basado en lo que ya sabía; esperaba a que su Padre le diera la respuesta.
Jesús tenía penetración. Un hombre como Simón venía a él y Jesús le decía: «Te llamarás Pedro de aquí en adelante.» Decía a Natanael: «Te vi cuando estabas debajo de la higuera y en ti no hay engaño.» Jesús podía penetrar en hombres como Juan y Jacobo y decir: «Uds. son hijos de trueno.» Con sólo ver a Herodes Jesús sabía que era una zorra. Tenía el Espíritu de penetración y de inteligencia. Tenía el Espíritu de consejo. Su consejo estaba bajo la disciplina de Dios.
Tenía el Espíritu de poder. Podía estar en una sala mientras los otros conversaban y decir: «El poder está presente para sanar.» Tenía el Espíritu de conocimiento. Podía estar hablando con la mujer en el pozo de Jacob y decirle: «Llama a tu marido.» Y ella responder: «No tengo marido.» Y él decir: «No, has tenido cinco y con el que ahora vives no es tu marido.» Y tenía el Espíritu del temor de Jehová. Caminaba siempre en temor reverencial. La actitud que cortaba la carne de sus oidos era el temor de Dios, y las Escrituras dicen que se gozaba en ello.
Lo que vemos en Jesús no son siete dones del Espíritu en un sentido separado. Vemos la sensibilidad del Hijo de Dios al Espíritu de Dios.
El ejemplo de Eliseo
Dios camina con nosotros en el ámbito natural hasta que llega el día cuando nos impulsa al reino espiritual. Eliseo es un buen ejemplo. Caminó con Elías en situaciones naturales, pero Elías caminaba en el Espíritu. Eliseo buscaba a alguien más que a su maestro; quería al Dios de Elías. Más hondo que la fama y reputación de Elías, vio a Dios mismo en su siervo.
Un día Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí; tengo que irme.» Pero él sabía que algo iba a suceder e insistió en seguirlo. Desde ese punto en adelante, Eliseo dejó de ser un siervo en lo natural y comenzó a moverse en el mismo Espíritu de su maestro. Cuando cruzaron el río, Elías pregunta a Eliseo: «¿Qué quieres?» Eliseo replicó: «Quiero una doble porción de tu espíritu.» Elías había tenido éxito con su pupilo igual que Jesús con los suyos, porque su siervo comprendía lo que su maestro estaba haciendo. Y cuando su maestro partió, los ojos espirituales de Eliseo se abrieron y
Dios le permitió ver el carruaje de fuego que descendía del cielo. Recibió el manto de su maestro y la doble porción de su espíritu.
Un poco más allá, al otro lado del río, estaban los hijos de los profetas quienes no vieron absolutamente nada. Eliseo levantó el manto de su maestro, golpeó las aguas, estas se abrieron, y descubrió al Dios que Elías había conocido. Cuando Eliseo llegó al otro lado del río, los hijos de los profetas preguntaron por Elías. Estaban preocupados por su cuerpo; Eliseo estaba más interesado en el Dios de Elías. El les dijo que no sabía. Creo que no se había puesto a pensar mucho en eso.
Ellos sugirieron que quizá un torbellino lo había tirado por algún despeñadero y comenzaron una discusión teológica y un seminario sobre el cuerpo de Elías. Pero Eliseo caminaba en el espíritu y en el poder de Elías con su manto en la mano. No estaba interesado en su cuerpo; había encontrado al Dios de Elías.
No era un lugar para sentarse cerca de Elías lo que hizo a Eliseo un buen discípulo, sino su capacidad de moverse en el mismo espíritu que Elías.
Había recibido el espíritu de su maestro. Si nosotros, también, deseamos ser verdaderos discípulos, tenemos que pedirle a Dios que nos corte cualquier estorbo a la sensibilidad. Si aprendemos a escuchar la voz del Espíritu Santo, llegaremos a un lugar como el de Eliseo y el de Jesús que caminaron diariamente en el Espíritu de Dios.
Sensibilidad y sobrevivencia
Si Dios fuese tan misericordioso conmigo y me diese a escoger lo que yo quisiera producir en la gente, le pediría: «Señor, quisiera para mí y para los que me rodean que sean sensibles a Ti.» Los milagros son necesarios. Pero la puerta a los milagros está escondida; es una puerta secreta en la pared que no se abrirá buscando en la pared. Es necesario estar quietos hasta que Dios diga: «Allí está la puerta.» Después podemos pasar por ella y al otro lado estará la gloria de Dios.
Deuteronomio 29:29 dice: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros». Lamentablemente, las cosas reveladas son las que se anteponen a las secretas. Lo que ya sabemos nos impide darnos cuenta que no sabemos todo lo que debemos. Si seguimos al Señor, él siempre nos llevará donde están las cosas que necesitamos. Si seguimos al Señor, estaremos siempre conscientes de que no sabemos lo suficiente. Nuestra sobrevivencia depende de la disposición de Dios de mostrarnos el camino secreto. La sensibilidad no es sólo un asunto importante o una condición de mayor espiritualidad. La realidad es que es un asunto de sobrevivencia.
¿Cómo volver a ser sensibles? Debemos confesarle al Señor que hemos sido obtusos a veces. A veces hemos contristado a Espíritu Santo, hablando mientras él quería hablarnos, interrumpiéndolo en media frase. Como resultado el Espíritu Santo se silenció y ni siquiera nos dimos cuenta.
Debemos confesar que hemos tenido escamas en los ojos. Debemos ser sensibles a la presencia del Señor y tomarlo en cuenta. Debemos reconocer que hay cosas que Dios quiso que sucedieran pero no se dieron debido a nuestra insensibilidad.
Hay callejones sin salida en los que nos hemos metido, porque de alguna manera dimos la vuelta equivocada.
Necesitamos pedirle al Señor que nos ayude a caminar en humildad delante de él, a oír lo que él está diciendo a su Iglesia, porque obviamente, él tiene algo para nosotros adelante que no debemos perdernos. Necesitamos orar para que individualmente oigamos lo que Dios nos está diciendo y obedezcamos sin titubear. Debemos pedirle que corte toda dureza de corazón, de arrogancia de espíritu, terquedad, o insensibilidad, para que nuestro corazón renovado sea sensible a su voz, a su presencia y a sus caminos.
C. Simpson recibió su educación en la Universidad de William Carey en Hattiesburg, Mississippi y en el Seminario Teológico Bautista de Nueva Orleans. Fué presidente de la Junta Directiva de New Wine.