el Cuerpo d

Por Dr. Paul Brand y Philip Yancey

El biólogo saca, de la incuba­dora, un huevo con un po­llito totalmente desarrollado en su interior. Hace catorce días este huevo era una célula senci­lla (la célula sencilla más grande en el mundo es la de un huevo de avestruz sin fertilizar). Ahora es una masa de cientos de millo­nes de células, un remolino de protoplasma migratoria dividién­dose rápidamente y acomodán­dose en preparación para la vida externa. El biólogo rompe la cás­cara del huevo y sacrifica al pollito.

Aunque el embrión está ahora muerto, algunas de sus células quedan aún con vida. El mensaje viaja con rapidez a través del cuerpo, pero pasa­rán días antes que el último puesto se rinda. El biólogo extrae unas cuantas células mus­culares del diminuto corazón y las deposita en una solución salina. Bajo el microscopio, las células individuales se ven como largos cilindros cruzados cual secciones de líneas de ferroca­rril. Su destino es palpitar, y así persisten aún en el anárquico mundo separado del cuerpo. Cada célula palpita con un ritmo incesante -palpitaciones lastimo­sas e inútiles aisladas del pollito. Pero si se les alimenta, estas células solitarias se pueden man­tener vivas.

Desconectadas de un marca­pasos, las células palpitan en for­ma irregular y espasmódica a un ritmo aproximado de 350 pulsa­ciones por minuto, normal en un pollo. Pero un fenómeno asom­broso ocurre después de unas horas ante los ojos del observa­dor. En vez de cinco células independientes del corazón con­trayéndose cada una con un paso individual, primero dos, después tres, hasta que todas las células pulsan al unísono. Ya no son cinco golpes, sino uno. ¿De qué manera se comunica este sentido del ritmo en la substancia salina y por qué?

Un curioso fenómeno de las células fuera del cuerpo es el régimen esencial de la vida interna: la cooperación. Adentro, ca­da célula está inundada de co­municación con respecto al resto del cuerpo. ¿Cómo sabe la célula blanca, que se mueve en el ala del murciélago, a cuáles células debe atacar como invaso­ras y a cuáles otras recibir como amigas? Nadie lo sabe, pero las células del cuerpo tienen un sentido casi infalible de perte­nencia.

Toda la materia viviente es básicamente igual; un solo átomo hace la diferencia entre la sangre animal y la clorofila de las plantas. Sin embargo, el cuerpo distingue las diferencias infinitesimales con un sentido infalible; conoce por nombre a sus cientos de trillones de células. Los primeros recipientes de tras­plantes de corazón murieron, no porque sus corazones nuevos dejaron de palpitar, sino porque sus cuerpos no fueron engañados. Aunque las células del corazón nuevo se parecían en todo a las viejas y palpitaban al mismo ritmo, no pertenecían. El código de membresía de la naturaleza había sido alterado. El cuerpo da la voz de alarma: «Extraños» y se moviliza para destruir a las células que entran.

¿Qué hace que las células trabajen unidas? ¿Qué introduce las funciones altamente especiali­zadas del movimiento, la vista y la conciencia por medio de la coordinación de cien trillones de células?

El secreto de membresía está encerrado dentro de cada núcleo celular, químicamente enrollado en el ADN. Una vez que el óvulo y la esperma comparten su herencia, la escala química del ADN se divide por el centro de cada gene como los dientes de un zipper cuando se abre. El ADN se reorganiza cada vez que la célula se divide: 2, 4, 8, 16, 32 células cada una con un ADN idéntico. En el proceso las células se espe­cializan, pero cada una lleva el libro de instrucciones completo de cien mil genes. Se estima que hay instrucciones en el ADN, que, si fueran escritas, llenarían libros de mil seiscientas páginas. Una célula nerviosa pue­de operar de acuerdo en el volumen cuatro y una célula renal del volumen veinticinco, pero ambas llevan el compendio completo. Le otorga a cada célula, las credenciales selladas de membresía en el cuerpo. Cada célula posee un código genético tan completo que se podría reconstruir el cuerpo entero a partir de la información que hay en cualquiera de las células del cuerpo; que es la base con la que se especula sobre las posibi­lidades de los clones.

El Diseñador del ADN quiso retar a la raza humana a un propósito nuevo y sublime: membresía en su cuerpo. Y esa membresía comienza con un intercambio de materia semejante a una infusión de ADN para cada célula nueva en el Cuerpo. La comunidad que se llama el Cuerpo de Cristo difiere de cualquier otro grupo humano. A diferencia de un cuerpo social o político, la membresía requiere algo tan radical como la impre­sión de un código nuevo de cada célula. En realidad, me vuelvo genéticamente como Cris­to mismo porque pertenezco a su cuerpo.

Sólo puedo sondear el con­cepto de ser visitado por el Cristo vivo, considerando el pa­ralelo que hay en el mundo físico: el misterio de la vida cuando el ADN pasa una identidad infalible a cada célula nueva. Cristo nos ha infundido una vida espiritual que es tan real como la vida natural.

Como resultado de este in­tercambio sustancial, llevamos dentro de nosotros, no sólo la imagen, o la filosofía, o la fe, sino la sustancia actual de Dios. Una consecuencia asombrosa nos acredita con los genes espirituales de Cristo: delante de Dios, somos juzgados con base en la perfección de Cristo y no por nuestra propia indignidad.

«De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas …

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él» (2 Ca. 5:17,21). En otro lugar, Pablo subraya: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3: 3). Estamos «en él» Y él está «en nosotros».

Así como la identidad com­pleta en el código de mi cuerpo tiene inherencia en cada célula individual, igualmente la realidad de Dios impregna cada célula en su Cuerpo, ligándonos a los miembros en un verdadero víncu­lo orgánico. Yo siento este víncu­lo cuando me encuentro con desconocidos de la India o de África o de California que comparten mi lealtad con la Cabeza; instantáneamente nos convertimos en hermanos y her­manas, células compañeras en el Cuerpo de Cristo. Comparto el éxtasis de la comunidad en un Cuerpo universal que incluye a todo hombre y mujer que tiene a Dios adentro.

El proceso de unificación con el Cuerpo de Cristo, pareciera una renuncia en el comienzo. Ya no se tiene independencia total. La ironía, sin embargo, es que si renuncio a mi viejo sistema de valores, dentro del cual tenía que competir con otras personas con base en el poder, la riqueza y el talento, y me entrego a Cris­to, la Cabeza, eso me libera abruptamente. Mi sentido de competencia se desvanece. Ya no tengo que encresparme contra la vida, arrebatando las oportunida­des para probarme a mí mismo. El ideal en mi nueva identidad es vivir de tal manera que la gente a mi alrededor reconozca a Jesucristo y su amor, y no mis propias cualidades que me distin­guen. Mi valor y aceptación están envueltos en él. He encon­trado este proceso de renuncia y de entrega, saludable, relajante y totalmente bueno.

Tomado del libro Fearfully and Wonderfully Made por el Dr. Paul Brand y Philip Yan­cey, de la casa de publicaciones Zondervan.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 5-nº 10- diciembre de 1984.