Por Hugo Zelaya

Los últimos días del Sefíor como hombre sobre la Tierra fueron quizá los más importantes de todo su ministerio. Getsemaní marca el inicio de una larga jornada, memorable y misteriosa. Viene inmediatamente después de la última cena con sus discípulos y de su anuncio que todos ellos se escandalizarían de él y que Pedro lo negaría tres veces.

Igual que en sus otras crisis, Jesús enfrentó ésta con la oración. Pero no deseaba estar solo. Quería compartir su carga con algunos de sus discípulos y se llevó a Pedro, a Juan y a Jacobo para que velaran con él.

De este punto en adelante, las Escrituras comienzan a desnudar el alma de Jesús y a revelar, con palabras fuertes y maravillosas, una faceta de su vida muy poco conocida. «Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera» (Mat.. 26:37). El Señor como ser humano había conocido la tristeza en muchas oportunidades, pero nunca como en ésta. Ninguna de sus experiencias pasadas le había angustiado de tal manera. Era un dolor moral profundo que hacía que su mente y corazón se doblegaran abrumados por la presión. Ni el peso de la cruz, ni la tortura de su cuerpo se compararía más tarde con lo que estaba pasando ahora. «Mi alma está muy triste, hasta la muerte» (Mat. 26:38). Lucas dice que «su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Luc. 22:44). Y el escritor de Hebreos, que se puso a orar «ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas» (Heb.5:7).

La agonía del Señor Jesucristo en Getsemaní, jamás se puede interpretar como miedo al sufrimiento físico. Tampoco como un intento suyo de hacer que el Padre cambiara las circunstancias. No era un momento de debilidad como algunos nos quisieran hacer creer. El era el «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Is. 53:3).

Jesús estaba frente a algo más doloroso que la tortura física que padeció «como cordero llevado al matadero sin abrir su boca» (Is. 53:7); más angustiador que la pena emocional de ver a aquellos por quienes daba su vida volverse contra él. Jesús estaba frente a algo que nunca antes había experimentado. En unas pocas horas se convertiría en el sacrificio final para aplacar la justicia divina. Todo el pecado de la humanidad caería sobre él que nunca había conocido pecado. El Hijo eterno de Dios sería manchado por primera y última vez con su inmundicia devastadora. Su naturaleza divina lo detesta y su perfección humana lo aborrece. Por eso ora: «Padre mio, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mt. 26:39).

Jesús, quien se había despojado de sus privilegios divinos, se identifica totalmente con nuestra humanidad caída. Cuando viene al Padre, no lo hace reclamando sus derechos de Hijo. Se acerca como hombre a punto de ser rechazado, aparentemente, por él. Su muerte tampoco es un pensamiento nuevo para él, porque es «el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo» (Ap. 13:8). Cada vez que Israel ofrecía sacrificio por sus pecados, el Hijo eterno anticipaba su propia muerte y sufrimiento. Todos los acontecimientos antes y después de

– su encarnación, apuntaban a este momento. El lo sabía. En su ministerio él lo llama «su hora».

Como hombre, podía soportarlo todo, menos la separación del Padre. El pecado de la humanidad sobre él haría precisamente eso. Tres veces oró y «fue oído a causa de su temor reverente» (Heb. 5 :7). Pero la copa no le fue quitada. No obstante, el Padre envía a un ángel para fortalecerle (Luc. 22:43), y la angustia del Señor da lugar a una serenidad sobrenatural capaz de soportarlo todo. El relato de su martirio y crucifixión lo prueba. Su victoria sobre el pecado y la muerte fue asegurada en Getsemaní.

¡Qué lecciones más grandes podemos aprender de este relato! La primera y la más conocida es que Dios siempre responde a nuestras oraciones, aunque quizás a veces no como nosotros quisiéramos. En el caso de Jesús, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ya habían trazado un camino en la eternidad que no sería alterado bajo ninguna circunstancia. El apego a este plan era la garantía del éxito de su misión entre los hombres. El Padre, en su bondad infinita, mantuvo firme la decisión hecha y por eso, Jesús, el hombre, está sentado a la diestra de Dios y nosotros tenemos hoy la redención.

A veces pedimos cosas que el Padre rehúsa darnos justamente porque nos ama. Es entonces que nuestro Sumo Sacerdote viene para fortalecernos. Su experiencia en Getsemaní le permite identificarse con nosotros Y nos consuela con la misma consolación que él recibió. Pablo descubrió esta fuerza cuando pidió que su aguijón en la carne fuese quitado (vea 2 COL 12:7-10).

La segunda lección, muy importante, es que el Señor nos invita para quedarnos y para orar con él. ¡Qué privilegio más grande es, poder compartir esos momentos de intimidad con el Señor! No los desperdiciemos pidiendo por cosas triviales o lo que es peor durmiéndonos. Dejemos que el Espíritu nos haga sentir como él y aprendamos a orar con él. Cuando Jesús ora es siempre por algo muy importante. Cosas trascendentales suceden y si nosotros oramos con él, seremos parte del desarrollo de acontecimientos vitales.

Una tercera lección que aprendemos es que hay una hora sagrada para orar. No me refiero a una hora del reloj en particular, sino a momentos críticos en los que asuntos de suma importancia se deciden delante de Dios. Es la hora cuando debemos estar alertas, orando y velando para no entrar en la tentación de satisfacer la carne y desviarnos de la voluntad de Dios. Hay una actitud de oración en la que siempre estamos en comunicación con el Padre. Pero también hay una hora, un tiempo decisivo. Después pudiera ser demasiado tarde.

Getsemaní es el lugar supremo de la oración. El Señor nos invita a entrar allí con él. No nos atrevamos a ir solos ni a rechazar su invitación. Tampoco desperdiciemos esta hora de preparación durmiendo. Podría significar la diferencia entre ser poderosamente usados por Dios o tener que pasar el resto de nuestras vidas lamentando su ausencia.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol . 6-nº 2 – agosto 1985