
Por Hugo Zelaya
La Biblia no entra en muchos detalles sobre la vida de Felipe, el evangelista. Sabemos que su ministerio se inicia en el capítulo 6 de los Hechos, cuando es escogido, junto con otros seis hombres, por su buen testimonio y porque estaba lleno del Espíritu y de sabiduría, para rendir un servicio a la iglesia del Nuevo Testamento.
Cualquiera pensaría que con esas calificaciones los apóstoles hubieran puesto a Felipe y a sus compañeros en un ministerio «más digno», pero no fue así. Fue escogido para «servir a las mesas» y los apóstoles se dedicaron a la oración y a la palabra. No obstante, queda establecido que Felipe tenía por lo menos tres cualidades que lo llevaron a desarrollar un ministerio más amplio. Dos de ellas no debieran ser nada extraordinario en la iglesia de Jesucristo. El buen testimonio es el resultado de una vida cambiada por el Señor y es la experiencia normal de todo creyente, así como el bautismo del Espíritu Santo. Es probable que Felipe fuera parte de los ciento veinte que estaban en el aposento alto el día de Pentecostés. Pero también estaba lleno de sabiduría. Aparentemente no todos los que tienen el Espíritu, tienen sabiduría, porque Santiago cuando escribe a sus hermanos (1 :2) dice, «si alguno … tiene falta de sabiduría, pídala a Dios» (1 :5).
Es interesante ver el desarrollo de Felipe a partir de su experiencia, en el diaconado, con estas cualidades y, particularmente, la de su sabiduría, que tenía que ver con cosas muy prácticas. En Proverbios, la sabiduría es personificada exhortando a la prudencia (2 :2,3) y clamando en las calles para que los simples se arrepientan de «andar por sendas tenebrosas» (2:13). El resto del libro es una serie de consejos prácticos que hacen sabios a los que se sirven de ellos. También Santiago 3: 13 dice que el sabio muestra su sabiduría «por la buena conducta». Entonces el sabio no es la persona que tenga grandes conocimientos, sino el que da «buenos frutos» (3: 1 7) en su vida práctica.
Hay tres menciones de Felipe en los Hechos que muestran su desarrollo co-
mo evangelista. La primera, que ya cité, es el capítulo 6 y describe cómo comienza todo ministerio: sirviendo a la iglesia. Nadie debiera intentar servir al Señor, si primero no está dispuesto a servir a su Cuerpo y a sujetarse al liderazgo de una iglesia local. La iglesia le brindó una oportunidad de trabajar para el Señor, pero la responsabilidad no era nada «espiritual». Servir mesas, repartir comida a señoras descontentas, no es algo a que aspiren muchas personas con inquietudes de ministerio en la obra del Señor. Pero era su oportunidad; era la puerta que Dios le abría a Felipe. Y debió haber hecho un buen trabajo, porque la Escritura dice que «la palabra del Señor crecía y el número de los discípulos» (v. 7).
Felipe se probó a sí mismo en la iglesia local y continuó sujeto a su liderazgo. Muchos evangelistas se olvidan de la importancia de pertenecer a un cuerpo local y terminan desacreditando su ministerio, pues andan sueltos sin rendirle cuentas a nadie. Me pregunto ¿qué harán cuando no están en campaña?
La segunda mención de Felipe es en el capítulo 8, predicando en Samaria. De algo tuvo que haberle sido útil servir a las mesas, porque su predicación tenía autoridad. La gente lo escuchaba atentamente y Dios acompañaba su palabra con liberaciones y sanidades. La disciplina en el cuerpo local le había enseñado a ser sensible al Espíritu y se movía únicamente cuando y donde el Espíritu le indicaba. Quizá muchas veces, mientras oía las quejas de las viudas, se preguntó de qué le servían sus cualidades. Pero como fue fiel en lo poco, Dios lo ascendió y confió su poder en él.
Felipe no estaba «enamorado» del poder ni de su ministerio. Era un siervo obediente a las órdenes de su Señor. Su experiencia en las mesas le había enseñado a trabajar bajo autoridad. Cuando Pedro y Juan vienen de Jerusalén para ver lo que está pasando en Samaria, Felipe no resiente la «intromisión», ni se siente dueño de la obra. Los apóstoles se mueven con toda libertad para corregír y complementar lo que Dios había comenzado por medio suyo. También le había enseñado obediencia, porque cuando el Espíritu le dice que deje todo y vaya a servirle al etíope, Felipe no duda ni un segundo y se va al desierto en busca del hombre. ¿Qué evangelista, interesado siempre en números, dejaría una campaña como esa para ir a testificar a un solo hombre? Sólo uno que había aprendido disciplina y obediencia sirviendo mesas.
La tercera y última mención de Felipe está en el capítulo 21. La escritura dice que vivía ahora en Cesarea, adonde había llegado después de anunciar el evangelio al etíope y en todas las ciudades donde había pasado. Seguía evangelizando, porque el versículo 8 hace mención de «Felipe el evangelista», y la Biblia no confiere títulos huecos a nadie. Felipe era evangelista porque evangelizaba.
Hay otra característica que se revela en este capítulo, y es que Felipe era un hombre de hogar. No había descuidado su responsabilidad principal que era su familia. El versículo 9 dice que «tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban». Seguía siendo un hombre sabio. Una vez un hombre me dijo que para él dejar el hogar por tres meses para irse de gira evangelística, no era nada. ¡Qué imprudencia!
El versículo 8 dice que Pablo se quedó en su casa. Seguramente se sentía honrado de que el gran apóstol posara en su casa, pero Pablo llevaba compañía y todos se quedaron en la casa de Felipe. También era un buen hospedador (vea 1 Timoteo 3). ¿Cuántas veces fue Felipe quien se quedó en casa de algún hermano? Ahora era él quien hospedaba y no a uno sino a muchos, a grandes y a pequeños. Después llegó Agabo y hubo que hacerle campo a él también.
¡Qué hogar más tremendo! Un apóstol, un profeta, un evangelista, un historiador, cuatro profetisas, y un número desconocido de discípulos en la casa de Felipe, «el mesero». Pudo haber sido un caos si Felipe no hubiera dedicado tiempo a su familia.
¡Qué lecciones más grandes nos enseña este gran siervo de Dios! Fue un buen servidor de mesas en la iglesia local. Fue un buen servidor de la palabra y del poder de Dios en el mundo. Pero sobre todo, fue un buen servidor de su familia. ¿Y Ud.?
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6- nº 3. -octubre 1985