
Por Glen Roachelle
Siete pasos hacia la unidad de la Iglesia
Las ciudades antiguas se fortificaban, con murallas de piedra, a su alrededor. Estas murallas eran para su protección y seguridad. Guardaban a los habitantes de las bestias salvajes y de los merodeadores que venían con intenciones de saquear y destruir.
Las relaciones entre el pueblo de Dios son semejantes a esas murallas de piedra de la antigüedad. Sin embargo, es triste reconocer que el pueblo de Dios, actualmente, es como las ciudades sin defensas. Las brechas, en la muralla de relaciones, son tan grandes como las que había en Jerusalén en los días de Nehemías. Sus palabras tienen relevancia para nosotros hoy: «La obra es grande y extensa, y nosotros estamos apartados en el muro, lejos unos de otros» (Neh. 4: 19).
Sin embargo, Nehemías tenía una visión de restauración que nosotros también debemos tener. El profeta Isaías habló de una generación que haría la obra de restauración: «Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar» (Is. 58: 12).
El problema
Hay brechas en nuestras relaciones porque no hay salud interna en los individuos, ni en las familias, ni en las iglesias, ni en la sociedad entera. Salud interna, o sea un estado de definición, orden, y solidez, es necesaria para formar una unidad estable que se pueda relacionar e integrar confiablemente con otras unidades. ¿Cómo es que un individuo, o una iglesia o una nación pierde su salud interna?
¿Por qué una nación, sea la Israel antigua, la Iglesia o el país nuestro, pierde su propósito y sentido de identidad para caer en la confusión y la desorientación?
Hay por lo menos siete pasos descendentes que alejan a los individuos y a las naciones de los propósitos que Dios favorece, y que los llevan a fragmentarse. Son siete etapas sucesivas que destruyen la muralla:
- Pérdida de visión. A veces la intensidad y la realidad de la revelación de Dios pierde su fuerza, entre un pueblo, hasta el punto de no ser capaces de mantener lo que han recibido. La consecuencia es la miopía espiritual. Pierden la profundidad en el campo visual y se olvidan del contexto universal de la revelación que han recibido de Dios.
Cuando esto sucede las personas hacen a un lado las disciplinas asociadas con la visión: profecía (visión) el pueblo se desenfrena» 29 :18). Cuando la revelación de Dios es amplia e intensa, es fácil caminar con cierta medida de frenos. No obstante, si la intensidad se debilita, las imperfecciones inherentes en la gente y en sus interpretaciones de la revelación comienzan a salir a la superficie.
- Preponderancia a la discordia. Sin propósito ni frenos, viene el desencanto y la discordia. La gente comienza a murmurar porque ven frustradas sus expectativas. Una expectativa falsa es la consecuencia de recibir con ingenuidad algún propósito complicado.
- Relaciones fracturadas. Cuando la gente tiene propósito y sus espíritus se tornan discordantes, el paso siguiente es la fractura de relaciones. Muchas familias e iglesias han caído víctimas de esta triste realidad. En este tipo de atmósfera, el adversario intentará saquear, destruir y arruinar las relaciones saludables.
- Desconfianza. Las personas que han sido heridas por una serie de relaciones rotas, invariablemente desconfían de los demás. La triste realidad es que su desconfianza es parte de un esfuerzo por sobrevivir. Las relaciones justas, dignas de confianza, se vuelven un sueño o un recuerdo, a lo más.
- Inseguridad. La inseguridad es un problema enorme, que se pone en evidencia en todas las facetas de la vida. Las personas con cicatrices ocasionadas por fracturas en sus relaciones están llenas de desconfianza y no encuentran un lugar donde se sientan verdaderamente seguras. Esta inseguridad les impide relacionarse con los demás.
- Pérdida de ética. Existe hoy un «vacío moral» que presiona a la Iglesia y a la sociedad para prescindir de las reglas que gobiernan las relaciones responsables.
- Falta de comunión. La última fase en esta progresión descendente y excluyente es el aislamiento. La palabra comunión es una palabra santa. En el griego, koinonía significa el intercambio o participación común de algo que es precioso. En la Iglesia este algo especial es la vida de Cristo. El fondo, en este descenso progresivo y de separación del propósito de Dios, es la incapacidad de compartir la vida de Cristo en la comunión.
El camino del regreso
Los portillos en la muralla son grandes, pero se pueden reparar. Podemos encontrar el camino que nos lleve a la realización corporativa del Pueblo de Dios.
¿Cómo regresamos al propósito favorecido de Dios? Sé que no hay soluciones simplistas para los males de la Iglesia, pero si estudiamos bien la historia de nuestros padres en las Escrituras, podremos aprender de sus errores. Si nos devolvemos por donde hemos pasado, llegaremos de nuevo al propósito de Dios. Necesitamos siete pasos para regresar:
- Promueva la comunión. Este es el punto de partida. Debemos promover la comunión en su Iglesia, extendiéndose más allá de nosotros y de nuestro grupo. Es fácil tener comunión con los que uno ama; el reto está fuera de nuestro «territorio». Al principio, la gente va a desconfiar de nuestros motivos y de nuestra sinceridad. La gente está acostumbrada a tratar con personas hipócritas y faltas de ética; algunos querrán saber qué es lo que realmente pretendemos. Por eso, casi siempre es doloroso y traumático querer servir a nuestros hermanos en Cristo, dondequiera que Dios nos ponga, pero la incomprensión es el precio que tenemos que pagar si queremos seguir los pasos de nuestro Señor.
El éxito, o el probar que somos sinceros, no viene de un día para otro. Tendremos que «habitar en la tierra y cultivar la verdad» (Sal. 3 7: 3). Este proceso lleva tiempo y requiere paciencia. Santiago dice que el labrador espera el fruto con paciencia (Stg. 5: 7).
La paciencia es posible si se tiene una visión de unidad y de comunión. Por ejemplo, cada vez que participamos de la Santa Cena (la comunión) tenemos que aceptar por fe que un día veremos a nuestros hermanos en Cristo tener comunión con nosotros. El propósito de la Santa Cena es anulado si todo lo que vemos, cuando la tomamos, es el círculo pequeño de los hermanos presentes. La realidad es que estamos ante una mesa que es eterna de la que han participado millones por todos los siglos. Si tenemos una visión de la Iglesia universal de Cristo, podremos ver a nuestros hermanos al otro lado de la ciudad participando de la misma mesa.
- Establezca un código de ética ministerial. Soy ministro y me duele ver la ausencia de un código universal de ética que vaya más allá de la denominación. Teológicamente se puede diferir, pero un código de ética necesita ser preservado, de común acuerdo. Esta ética ministerial debe formularse con base en los problemas que todo ministro y congregación enfrenta, especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre iglesias y entre denominaciones. Menciono al ministerio como un ejemplo de un campo donde se necesitan normas de ética, pero la necesidad es universal.
- Promueva una atmósfera de seguridad. La seguridad y la confianza son los dos elementos que se necesitan para que las personas íntegras sanen sus relaciones y vuelvan a la comunión.
Los ministros deben esforzarse para crear una atmósfera estable entre sus colegas. Si un grupo de ministros tiene comunión consistentemente y adopta ciertas normas de ética y de conducta, habrá un ambiente de seguridad donde los inseguros puedan ser animados y alentados.
- Estimule y promueva la confianza. La confianza no viene sólo a través de palabras persuasivas y debido a un porte convincente. En 1976 yo me mudé al área de Dallas y Fort Worth y los ministros desconfiaban de mí. No me conocían; sólo sabían de mí, y la mayor parte de lo que habían oído era incorrecto. En los cuatro años siguientes, sin embargo, me reuní con muchos de ellos vez tras vez. Dios me permitió hablarles con claridad y pienso que persuasivamente.
Pero eso no fue suficiente. Ellos y el Señor requerían más: más tiempo y muchas situaciones para dejarme probar. Con muchos de ellos he tenido éxito. Con otros todavía me falta mucho por hacer. La falta de confianza se debe a errores e incomprensiones de ambos lados. Como dije antes, algunas cosas que habían oído de mí no eran ciertas, pero también había otras de las que tuve que pedirles su perdón.
No debemos resentirnos con los que no confían en nosotros. Más bien debemos ponernos en su lugar y tratar de comprender sus puntos de vista. Si queremos cultivar la confianza tenemos que armarnos de humildad y de paciencia para escuchar más y hablar menos.
- Esfuércese para establecer y sanar las relaciones. Este es el paso siguiente y meta importante en lo que hemos dicho. Las relaciones en la Iglesia y dondequiera que sea, pueden llegar a ser las murallas que mantengan fuera el mal, para que haya paz y productividad adentro.
Dios quiere que edifiquemos una comunidad de paz para nuestros hijos. Y se puede lograr aún sin ser miembros del mismo grupo. Todo lo que se requiere es que seamos mayores que las etiquetas que nos imponen. Hay que invertir mucho tiempo para desarrollar relaciones duraderas, pero la estabilidad que resulta bien vale el esfuerzo.
- Sea un proponente de la armonía. Si Dios «aborrece al que siembra discordia entre hermanos» (Pr. 6:16,19), piense cuánto más apreciará a los que se entregan para promover la armonía. Pero una armonía duradera entre líderes no viene fácilmente.
- Propóngase a recibir una visión conjunta y universal. Si el pueblo de Dios promueve la comunión, se esfuerza para vivir con ética, camina con seguridad y es digno de confianza, es íntegro y promueve la armonía, entonces Dios lo visitará y con la visitación de Dios viene la visión.
Tenemos que estar preparados para recibir la visión. Muchos han querido la visión sin estar dispuestos a pagar el precio. Una visión conjunta no se puede desarrollar sin la madurez que estos siete pasos demandan. Dios recompensará a los que le buscan y quieren la unidad.
Soluciones en perspectiva
Si bien estos siete pasos son una solución, tenemos que mantenerlos dentro de una perspectiva adecuada. Sin una buena perspectiva, estos criterios pueden ser mal aplicados o ejecutados fuera del tiempo de Dios y no serán, entonces, solución alguna.
Si vemos como Dios ve, él nos ayudará para que permanezcamos fieles a nuestro compromiso mutuo cuando las cosas se pongan difíciles. Sólo hay un Nuevo Pacto que nos liga y nos une a todos. Eso nos capacitará para aceptar la diversidad en el Cuerpo de Cristo, sin dividirnos.
Los puntos de vista miopes e intolerantes son los que acentúan las divisiones. Es esencial que haya paciencia y tolerancia. La solución pudiera tardar más de lo que pensamos. Los problemas históricos requieren de mayor tiempo para remediarse y las soluciones deben verse dentro de un marco de referencia más amplio. También es necesario salir de nuestra ingenuidad religiosa para aceptar la realidad de los problemas en esta «muralla» de relaciones humanas.
El potencial
¿Qué pasaría si la muralla de las relaciones cristianas fuera sanada en una ciudad? ¿Que sucedería si hombres de Dios, líderes, perseveraran en esta obra de restauración, aún pagando ellos el precio? Sólo Dios lo sabe, pero podemos tener una idea.
Veríamos a líderes seguros y con confianza, «entendidos en los tiempos» conocedores de lo que la Iglesia debe hacer (1 Cr. 12:32). Los poderes del infierno serían testigos de la invencibilidad de un pueblo justo y unido. Piense en una habitación de paz para el pueblo de Dios dentro de una muralla sin brechas e inexpugnable. Piense en la paz que tendrían los pastores si la Iglesia fuese protegida de invasores que vienen a saquear sus recursos.
Bajo condiciones tan gloriosas, una ciudad entera podría ser discipulada, y si es posible hacerlo con una ciudad, ¿por qué no con dos? Y si con dos es posible, ¿por qué no con una nación? Cristo dijo que sí podíamos. ¿Por qué retroceder, entonces, ante su santa comisión? Tenemos el potencial de ser la generación que convierta un sueño en una realidad: «la reparadora de portillos» .
«Los tuyos edificarán las ruinas … los simientos levantarás… serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas … » (Is. 58;12).
Glen Roachelle es pastor de una iglesia multicongregacional en Dallas Fort Worth, Texas. Es casado y tiene cuatro hijos.