Por Dan Wolfe

Muchos cristianos creen que el enemigo más poderoso que deben enfrentar es Satanás. Ciertamente, él es un adversario formidable contra quien debemos entablar una lucha espiritual constante. Su meta es impedirnos, por todos los medios destructivos y engañosos, que vivamos efectivamente en el reino de Dios. Sin embargo, tenemos que darnos cuenta que no está solo en su guerra espiritual contra nosotros. Hay otro enemigo que opera a su lado para frustrar los propósitos de Dios en nuestras vidas. Ese enemigo es el amor al yo. Si no tratamos decididamente con e! yo, bien pudiera llegar a ser nuestro mayor adversario.

Comencemos nuestro examen de la naturaleza de este enemigo siempre presente con la descripción de la caída de Lucifer en lsaías 14:

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu

corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. (vs. 12-14).

Cinco veces dice lo que él va a hacer. Aquí vemos la esencia del pecado revelada por primera vez en el universo: amor al yo en la forma de rebelión contra Dios. El hombre fue hecho para amar a Dios, pero Lucifer, comenzó a amarse a sí mismo. Cualquiera que comienza a amar al yo más que a Dios, en ese punto se rebela contra él.

Un segundo pasaje en las Escrituras, en Génesis 11, es el primer ejemplo colectivo de la manifestación de este pecado:

Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron del oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí.

Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos la­drillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lu­gar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiqué­monos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra (vs. 1-4).

Su motivación era hacerse un nombre. La res­puesta de Dios a los hombres en Babel es una in­dicación de sus sentimientos con respecto a los esfuerzos del hombre de promoverse a sí mismo, motivados por el amor al yo. «Descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno en­tienda el habla de su compañero» (v.7). Dios resis­tió y confundió la manifestación de esta motiva­ción egoísta.

Cuando hablo del amor al yo no me refiero a una estimación correcta de sí mismo. Todos nece­sitamos tener una perspectiva justa de nuestro va­lor como individuos delante de Dios. Mi adverten­cia no es contra esta actitud buena, sino contra el amor excesivo de sí mismo, porque el yo aparte de Dios no tiene nada de bueno.

En 2 Timoteo 3: 1-2 el apóstol Pablo nos en­trega una solemne palabra:

También debes saber esto: que en los postre­ros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos …

Pablo encabeza la lista de maldades que se manifestarán en los últimos días con los que se aman a sí mismos; la misma motivación que tuvo Satanás en su rebelión. Tenemos evidencia de esta naturaleza satánica en la rebelión que atacó a nuestro país en 1960 cuando el enemigo hizo un intento de capturar a toda una generación. Con este amor a sí mismo, incitó a nuestros jóvenes para que se rebelaran contra lo establecido y con­tra sus familias. Lo que les sucedió es un ejemplo de la manera en que Satanás busca ganar el con­trol de todos. Esa generación se inició aparen­temente con nobles intenciones de enderezar a la nación, pero después comenzaron a hacer lo suyo. Antes que se dieran cuenta, Satanás los ha­bía vuelto para adentro y estaban haciendo cual­quier cosa que se les metía en la cabeza. Se invo­lucraron con las drogas, con el sexo, el sexo per­vertido, y produjeron una música que ha tenido influencias negativas en sus vidas. Se sumergieron totalmente en un estilo de vida que exaltaba el amor a sí mismos. Pronto se vieron atados por el diablo que penetró a través de este amor aun cuando comenzaron con lo que ellos creían eran buenas intenciones.

La quinta columna

El yo es como una quinta columna dentro de nosotros, que se levanta para derrotarnos no im­porta si externamente tengamos buenas intencio­nes. La excusa que se da que «el diablo me obligó a hacerlo» no siempre es cierta. Aunque el diablo se vale de esta columna y usa el amor al yo.

El ego nos habla constantemente en maneras sutiles. Por ejemplo, es él quien dice: «La razón por la que tienes éxito es porque eres listo y agu­do. Eres una gran persona». Cuando estamos creciendo nos dice: «Eres un tipo bien parecido», o «eres una linda chica con una gran personali­dad.» También dice: «Eres muy inteligente, no hay nada que no puedas hacer.» El ego nos habla de muchas maneras y después de un rato comen­zamos a creer lo que oímos. Cuando estos pensa­mientos echan raíz, el ego se levanta y dice lo que hemos de hacer.

Hay otras manifestaciones de este problema a la inversa. Algunos dicen: «Yo no valgo para na­da. Soy un fracaso. Todo lo echo a perder. No puedo hacer nada bueno.» Eso también es amor al yo. Lo que está detrás de estas expresiones es:

«Quisiera que alguien viniera, me pusiera su mano en el hombro y me dijera que valgo mucho, que no soy un fracaso y que no soy tan malo.» En ambas manifestaciones el ego va tras la clase de reconocimiento ilegal que lo halaga.

Esta condición nos hace reaccionar irracio­nalmente y a la defensiva. El ego quiere que se le alabe y que no se le corrija. Quiere ser grande y cuando alguien lo toca se queja que lo están lasti­mando. A veces, en mi función de pastor, he tenido que corregir a alguien y la conversación se desarrolla de esta manera:

«Pero Ud. cree que soy muy malo.»

«No, no creo que seas muy malo. Sólo que Dios quiere cambiar y ajustar esta área.»

«Pero Ud. cree que no puedo hacerlo.»

«No, yo creo que puedes hacerlo y que Dios quiere ayudarte.»

«Bueno, la verdad es que no valgo nada.»

Sí vales. Sólo que Dios quiere cambiarte.»

«Mejor me voy de la iglesia.»

«No tienes que irte. Todo lo que tienes que hacer es ver esta necesidad en tu vida como algo que Dios quiere cambiar.»

Cuando una persona está atrapada por el amor a sí mismo, no puede recibir corrección sin sentirse absolutamente destruida.

El engaño del amor a sí mismo

Esta clase de amor nocivo distorsiona nuestra percepción de la realidad, y nos convence que to­dos los demás están equivocados, no nosotros. A veces la confusión es tan grande que la gente no puede ver con claridad lo que está pasando en sus propias vidas y comienzan a creer que la voz del ego es realmente la voz de Dios.

El amor a sí mismo es destructivo. Algunos es­tán tan atados que hasta sus vidas se quieren qui­tar. El suicidio sería el extremo. Cuando una per­sona atrapada por el amor al yo es llevada a este extremo fatal y contempla suicidarse está reaccio­nando contra el mundo. Su pensamiento es: «Vean lo que me han hecho. La culpa es de Uds.»

Esta tendencia hacia el suicidio motivado por esta clase de amor es una advertencia para que nos libremos de su dominio destructivo. Este asunto no es un tema liviano. Jesús ha dicho que el amor a sí mismo destruirá a los hombres en el final. Destruirá las relaciones y debilitará la vida en la iglesia. Si no se confronta en los individuos, no hay fundamento para edificar la iglesia. No hay manera que el Cuerpo de Cristo se fortalezca.

Diez síntomas

Hay diez indicadores que quiero mencionar y comentar para detectar este amor inordenado. La lista no es completa, pero estos son signos que he observado a través de los años de experiencia. Sometámonos a Dios para que él nos ayude con cada uno de ellos.

  1. Sentimiento de no ser apreciado. Pensa­mientos como, «A nadie le gusto. Nada me sale bien. Nadie aprecia lo que hago por ellos,» son signos claros de amor a sí mismo. Si Ud. comienza a hablar así u oye a otros expresar­se de esa manera reconozca la mala influencia.
  2. Sentirse incomprendido. Hay gente que di­ce constantemente: «Nadie me entiende.» Pero no es cierto. Lo que pasa es que sí lo entienden y ese es el problema. Algunas esposas han venido a pedirme consejo diciendo: «Mi esposo no me entiende, pero yo sé que Ud. sí lo hará.» Después de escucharlas he tenido que decirles que sus esposos las comprendían perfectamente y que yo estaba viendo lo mismo que ellos. Y las he devuel­to para que se arreglen con ellos.

«Nadie entiende mi manera de ver». La ver­dad es que Dios ha dispuesto que nos entienda­ mas con mucha claridad, pero cuando alguien no está de acuerdo entonces es incomprensión.

Es cierto que hay muchas cosas que no en­tendemos. También es cierto que Dios ha estruc­turado a la familia y a la Iglesia para darnos per­sonas que nos vean con claridad y nos corrijan cuando lo necesitemos. La mayoría de las veces el esposo entiende muy bien lo que está pasando con su esposa, porque Dios le ha dado esa capaci­dad y esa responsabilidad como cabeza. Conozco a muchas mujeres que tienen maridos inconversos, pero ellos las entienden y saben como ayudarlas.

De igual manera, Dios capacita a los pastores para entender la situación de sus ovejas y para ayudarlas. Evitemos este síndrome de «nadie me comprende. «

  1. Tomarse demasiado en serio. Sensibilidad exagerada es una indicación de que alguien se es­tá tomando demasiado en serio. Una vez le dije buenos días a un miembro de mi iglesia y se eno­jó todo gritando: «¿Qué le pasa?» (Tal vez fue la forma en que se lo dije).

El amor a sí mismo hace muchas veces que las personas se tomen demasiado en serio y que sal­ten por todo. Si Ud. hace un buen comentario so­bre el vestido de alguien, su esposa pudiera decir:

«Por qué no dices algo del mío.» Algunos de los hombres de mi iglesia no están acostumbrados a vestirse con elegancia porque vienen de un tras­fondo diferente. Una vez que íbamos a tener huéspedes especiales, les pedí que se vistieran un poco mejor y toqué un nervio en algunos: «Nadie me va a decir a mí cómo me debo vestir.» Es sor­prendente lo sensible que es el ego.

Otros se toman tan en serio que no pueden disfrutar de un chiste hecho sobre ellos, ni se ríen cuando algo les sale mal. O si son ascendidos se vuelven oficiosos y distantes.

  1. Demasiado introspectivos. Hay cristianos que cuando encuentran dificultades, se vuelven hacia adentro en vez de volverse a Dios. «No sé qué me pasa. Tal vez soy demasiado así o asá. Debiera cambiar. ¿Qué habrá querido decir el je­fe cuando dijo eso? ¿Qué estará tramando?

Cuando una persona vive en esa clase de in­trospección está en problemas. Si nos volvemos para adentro repetidamente, en vez de ejercer nuestra fe y volvernos a Dios, o si pasamos todo el tiempo tratando de analizar nuestra vida, lle­garemos siempre a conclusiones equivocadas; el ego se encargará de eso. Así no podemos oír a Dios. Si buscamos a Dios sus palabras nos fortale­cerán y estas siempre serán contrarias al amor al yo. La palabra de Dios no permitirá que perma­nezcamos sumidos en el yo.

  1. Dificultad en perdonar y disculparse. Este es otro síntoma obvio de amor a sí mismo. Esta­mos tan enfocados en nuestro propio dolor que no vemos que el otro sufre también. Una persona que se centra en sí misma espera que otros se discul­pen, pero casi nunca ella lo hace. Si Ud. tiene pro­blemas para pedir perdón probablemente está in­fluenciado por un ego enfermo.

Todos necesitamos decir «lo siento», a veces.

Todos vamos a cometer errores, por los que debe­mos disculparnos. Pero el que sólo ve las faltas de los demás sólo se ama a sí mismo. Nunca ve cuan­do pisa a los demás y si lo ve no admitirá haber hecho algo malo.

  1. Temor. Este es otro síntoma. Cuando una persona tiene un amor exagerado por su vida o por algo en ella va a pasarla asustada siempre. El miedo viene cuando creemos que se nos va a qui­tar algo que es parte nuestra. Cuando el pastor dice: «Dios quiere sacar eso completamente de su vida,» su amor a sí mismo dirá: «Pero enton­ces ya no voy a ser yo. Destruirá algo de mí.» Lo que no nos damos cuenta es que Dios quiere darse a nosotros en el lugar de lo que quita. Jesús dijo:

«Si pierdes tu vida, yo pondré mi vida en su lugar. Si te libras del amor a ti mismo, yo te daré mi amor para llenar el vacío.»

  1. Manipulación. Las personas que se aman demasiado se vuelven manipuladoras hasta sin

darse cuenta. El yo quiere ser adorado y amado y manipulará a la gente para que responda de esa manera. Hay miles de maneras en que sucede, pe­ro principalmente cuando se dejan caer sugeren­cias y pedacitos de información para pescar un cumplido.  

«Hoy le llevé un pastel a mi vecino.» Para que la persona que oye diga con admiración: «Qué considerada eres. Eres demasiado buena.» Es co­mo una compulsión para que otros se den cuenta de lo buenos que somos o que estamos haciendo, para que nos amen y alaben. Queremos que todos nos digan lo maravillosos que somos. Dios sabe que tenemos una necesidad de ser amados y de re­cibir cumplidos. Pero la manera de recibirlos es sirviendo a Dios. La aprobación vendrá si servi­mos a Dios desinteresadamente. El se encargará de eso. La manipulación es una forma ilegal de con­seguir la atención y la aprobación.

  1. Orgullo fantasioso. Cuando las cosas no sa­len como queremos, escapamos de la realidad con sueños hermosos de nosotros mismos. En nuestras fantasías nos vemos vestidos elegante­mente, o imponiendo manos sobre los enfermos y viéndolos sanados inmediatamente, o ocupados en algún importante cargo rodeados de gente diciéndonos cuánto nos admiran.

Las fantasías son una expresión de amor a sí mismo, con las que negamos la realidad. El an­tídoto es aceptar la realidad. Si su nariz es grande, es grande. Si tiene pecas, diga «Dios me dio pe­cas.» Si un ojo es azul y el otro verde, acéptelo y dé gracias a Dios que pensó tanto en Ud. que le dio dos ojos bonitos. Debemos aceptarnos como Dios nos hizo sin permitir que el ego nos lleve a las fantasías. De otra manera viviremos frustra­dos y miserables, denigrándonos constantemen­te porque no somos como tal, porque no tenemos sus talentos, o porque no tenemos su puesto.

  1. Mezquindad. El dinero es un problema para los que están controlados por amor a sí mismos. Dios quiere que seamos generosos. Proverbios 11 :25 dice: «El alma generosa será prosperada.»

Pero quien está atado por el ego es mezquino y tacaño con su dinero. Una vez salí con una per­sona para almorzar y él pagó la comida. Cuando nos levantamos de la mesa pregunté: «¿Quieres que deje la propina?»

«No,» dijo él, «a ellos les pagan para servir.» «Sí,» respondí, «para eso les pagan, pero te diré algo: Dios ve la actitud de tu corazón.» Es un privilegio bendecir a otros y no debemos de ser ta­caños. Si podemos ser generosos con nuestro dine­ro y bendecir al Cuerpo de Cristo, será un golpe fuerte contra el ego. Cuando alguien que tiene di­nero se vuelve ansioso por conservarlo, es porque está siendo dominado por amor a sí mismo.

  1. Insistir en «mis derechos. » Otra señal es estar diciendo constantemente: «Yo tengo mis derechos.» Algunos no lo dicen, pero viven así. Sus vidas reclaman sus derechos.

Esta es un área muy delicada, porque en cier­tas situaciones es correcto ser firmes y decir: «Es­to no está bien. Hay algo malo aquí.» Pero los problemas comienzan cuando nuestros derechos nos dominan y nos deshacemos cuando no reci­bimos lo nuestro.

El resultado final

Para concluir, quiero referirme a Juan 13 don­de se describe el resultado final del amor a sí mis­mo. Cuando una persona no domina su amor a sí mismo, cae en el lazo del enemigo.

La historia es de Judas, quien traiciona a su maestro después de caminar con Jesús por tres años. Un problema grave que lo hizo caer fue su amor al dinero. Es probable que introdujera la mano en la bolsa de los discípulos para sacar dine­ro y meterlo en su propia bolsa, pues era quien llevaba el dinero de todos.

Pero, ¿que era lo que realmente amaba Judas?

Pues a sí mismo y se manifestaba en su amor al dinero. Cuando encontró una oportunidad para traicionar a Jesús lo hizo por treinta piezas de pla­ta. Prefirió treinta piezas de plata en lugar de Je­sús. Las escrituras relatan lo que sucedió para que Judas terminara decidiéndose a vender a Jesús:

De cierto, de cierto os digo, que uno de voso­tros me va a entregar. (Juan) Entonces, recos­tado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es?

Respondió Jesús; A quien yo diere el pan mo­jado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Ju­das Iscariote hijo de Simón. Y después del bo­cado, Satanás entró en él (Juan. 13:21,25-27).

Debido a su incontrolable amor a sí mismo, el diablo pudo con mucha facilidad entrar en Judas para impulsarlo a traicionar a Jesús. De igual ma­nera lo hará con nosotros si no lo dominamos. Los últimos días de Judas son un testimonio amargo de la consecuencia final del amor así mismo.

Esta ilustración es una indicación escalofrian­te de los peligros de este problema. Me doy cuen­ta que en este artículo sólo hemos analizado el problema y su énfasis negativo y tal vez algunos creerán que es un abismo de donde no se puede salir. Démonos cuenta, sin embargo, que el reco­nocimiento del problema es el comienzo de la so­lución. Espero que sus ojos se hayan abierto para reconocer algunas áreas donde ha sido influencia­do por amor a sí mismo. Finalmente, debemos re­conocer también que Dios ha provisto la manera de salir mediante nuestra fe en Jesucristo. Si nos entregamos a él y le pedimos que nos ayude, él nos capacitará para que conquistemos el amor al yo y vivamos victoriosamente para él.

Dan Wolfe es graduado de la Universidad de Hun­tington. Continuó sus estudios en el Seminario Teológico Asbury, donde recibió titulo de Bachi­ller en Divinidad.

Reproducido de la Revista Vino nuevo vol. 5-nº 9- octubre de 1084