Por H. L. Roush
La nieve caía silenciosa, como plumas en el aire, cubriendo rápidamente de blanco la tierra sucia y opaca. Había nevado toda la noche y, desde la ventana de mi estudio, miraba con corazón cálido y quieto la primera nevada del invierno. Era el día después de Acción de Gracias y la nevada me dio toda la excusa que necesitaba para reducir el paso apresurado de mis ocupaciones y dedicar un poco de tiempo, muy necesario, para disfrutar de la compañía de mi familia. Teníamos mucho de qué estar agradecidos ese año, como siempre.
La preciosa calma de esa mañana fue rota, de repente, por el insistente timbrar del teléfono.
Era el primer eslabón de una pesada cadena que habría de atarme pronto a la desesperación y la tristeza; porque la voz al otro extremo de la línea me informaba que gran calamidad acababa de entrar en mi vida. Ciertas circunstancias habían sido forzadas para poner en peligro la totalidad de mi ministerio, así como para provocar la ruina potencial de mi vida personal y familiar. Es sorprendente lo rápido que parece cambiar el mundo cuando nuestras circunstancias se alteran. Verdaderamente, la belleza está en los ojos del que la mira, porque la hipocresía que cubría la dura y cruel realidad que yo sabía se escondía bajo su cobertura engañosa.
Acusaciones serias se habían hecho contra mí por una persona desconocida y Dios, que conocía mi corazón, sabía que era víctima inocente de circunstancias distorsionadas. Sólo atinaba a pregun-tar: «¿Oh, Padre, ¿quién podría hacerme esto?»
Mi oración fue contestada a los pocos días y con la respuesta vino el dolor más profundo de todos, porque cuando mi acusador fue descubierto, se trataba de un amigo que decía estimarme.
Durante dos días estuve aturdido y sumido en la melancolía, en el silencio y en la desesperación.
El problema que confrontaba era lo suficientemente serio, pero se había complicado más allá de lo que yo creía capaz de soportar, por el increíble descubrimiento de que quien me había traído esta tristeza era uno que había partido el pan conmigo en la mesa del Señor y que había expresado a menudo su afecto por mí.
Nuestras experiencias «personales» no son tan personales como pudiéramos imaginar. Lo que está aconteciendo en nuestras vidas como miembros del cuerpo de Cristo, nos sucede para la consolación y la ayuda de otros hermanos (2 Corintios 1). Sucede porque es nuestra herencia mutua, como miembros del cuerpo de Cristo, en los sufrimientos de la Cabeza (Fil. 1:29; Col. 1:24).
La certeza de la traición
Es necesario que la marchitante experiencia de ser traicionados por nuestros amigos y seres queridos venga a la vida de todo creyente. Fundamento esta observación en hechos reales de la vida cristiana y en la enseñanza clara y sencilla de la Palabra de Dios. Es interesante que la palabra «trai-ción» y sus derivados se usa únicamente en relación con Jesús cuando fue traicionado por Judas, excepto en una ocasión en Lucas 21:16. En este pasaje que es profético, se usa para describir el fin de la era de la gracia y como una marca o señal de la venida del Señor. El versículo dice así:
Mas seréis entregados (traicionados) aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros.
Esto es algo terrible de anticipar, pero es una promesa muy clara de labios del Señor. La era de la gracia va a terminar con un engaño religioso a nivel mundial. Será un tiempo de gran falsedad:
tiempos peligrosos en los que la verdad será resistida por el engaño y el ardid. (Estudie lo que dice Pablo en 2 Timoteo 3:1-8).
Yo creo que todo hombre en quien mora Je-sús, tendrá en estos últimos y terribles días, su Judas personal; porque en la era del engaño, el hermano falso ganará prominencia. La traición es la experiencia común de todo hombre a quien Dios ha usado para su gloria.
El versículo en Lucas 21:16 dice que la traición vendrá por padres, hermanos, parientes y amigos. Sorprendente, pero cierto y por una muy buena razón. Primero, nuestros enemigos no nos pueden traicionar porque no les permitimos acercarse lo suficiente a nuestro corazón. No tenemos suficiente intimidad con nuestros enemigos. Es con nuestros hermanos y amigos que abrimos nuestro corazón; ya que nuestros enemigos no nos pueden herir, nuestros amigos lo hacen. Por esto el salmista dice en el Salmo 55:12-14:
Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría sorportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios.
Toda la historia bíblica está llena de los ecos de la traición de los amigos. Abel fue traicionado por su único hermano; Esaú por su hermano ge-melo; Isaac por su hijo; Urías por su rey de confianza y por su hermosa esposa; Jesús por un discípulo devoto; Pablo por falsos hermanos. No tenemos que continuar, porque la solemne verdad es esta: son nuestros amigos los que a menudo se levantan contra nosotros para aumentar nuestras desgracias en la vida cristiana.
El método de la traición
El método será siempre el mismo. Primero, el traidor escogerá el tiempo cuidadosamente: Jesús fue traicionado en el momento exacto de su vida cuando más necesitaba de la comunión humana (Marcos 14:37); en la hora de mayor necesidad, y cuando estaba en el umbral de su más grande obra (el Calvario).
Los que nos traicionan también conocen el lugar donde dar el golpe. Juan 18:2 dice que Judas sabía el lugar secreto donde se retiraba Jesús.
Ellos nos observan y conocen nuestro lugar de agonía y de oración; y como tienen la ventaja de la intimidad, dan el golpe en el lugar oportuno.
Su traición será siempre con un beso. Estimulan nuestro afecto para golpearnos en un momento de descuido. La palabra de Dios dice:
Aun el hombre de mi paz, en quien yo confia-ba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar (Salmo 41:9).
Hay un cuadro interesante en este versículo.
El significado original describe a un caballo de la familia dando coces maliciosamente a un amigo confiado.
Victoria sobre el traidor
¿Qué pasó con Judas? La historia ha escrito su final trágico, pero escondido en la vaguedad del breve relato de su muerte, hay un drama que ha permanecido sin contar por mucho tiempo.
Si queremos verlo en su perspectiva real, debemos examinar brevemente la relación entre Judas y Jesús. Jesús eligió a Judas y oró por él (Luc. 6:12-13), como por Jerusalén que lo rechazó y por aquellos que lo crucificaron. Jesús deseó que Judas comiera la última Pascua con él (Luc. 22: 14-15), lo amó y le ofreció el lugar de amor y comunión en la mesa (Juan 13:26). Jesús lavó sus pies (Juan 13:5) y, así, le expresó un amor que era real, sin fingimiento, digno del Hijo de Dios.
Jesús dio a Judas un trato perfecto y nunca lo reveló como quien lo entregaría en el futuro y se refirió a Judas como su «amigo.» Si se medita cuidadosamente en los acontecimientos que condujeron a la traición, éstos revelarán que Jesús dio a Judas todas las muestras de su amor y que no estaba dispuesto a repudiarlo, ni aun en el momento del crimen.
Jesús enseñó en Mateo 5:44 que debemos amar a nuestros enemigos y practicó todo lo que predicó sobre el tema. Aun cuando supo muy bien, y por adelantado, el mal que Judas le traería, Jesús le demostró su amor sincero en todas las formas concebibles.
En Marcos 14:45, Judas conviene entregar a Jesús con un beso. Hay dos traducciones en el griego para la palabra beso. Una significa el beso de la amistad y la otra significa besar fervientemente o el beso del verdadero amor. Ahora, acerquémonos a Getsemaní y veamos la escena final.
Judas viene con la multitud armada con garrotes y espadas para llevarse a Jesús prisionero. Saluda al Señor y lo besa; pero, según las Escrituras, no con el beso de la amistad como había acordado, ¡sino con el beso del amor genuino! Sólo la eternidad revelará lo que sucedió en el corazón de Judas en ese momento. Quizá en la titilante luz de las antorchas, Judas ve en el rostro de Jesús la verdad y esta lo sacude: que a pesar de su traición, Jesús aún le amaba, porque le llama «amigo.»
Jesús es llevado y Judas llora porque ha entregado sangre inocente; se da cuenta de que el amor de Jesús para él era real. Su corazón debió haber sentido un golpe abrumador y ahora no puede racionalizar su locura o justificar su acción cobarde.
¿Murió Judas por su propia mano? Me parece que Judas murió bajo la fuerza irresistible del amor de Cristo. Judas se destruyó porque ya no podía vivir consigo mismo o con los demás y todo esto era la acción del amor sin fingimiento del Señor Jesús. De pronto las palabras de Romanos 12:20-21 son muy claras:
Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.
Se cumple la palabra que dice: «Las armas de nuestra milicia no son carnales…» (2 Co. 10:4) y «El amor nunca deja de ser» (1 Co. 13:8).
Tenemos que establecer desesperadamente en nuestro corazón que la palabra de Dios es verdad. Sólo damos razón al odio de nuestros enemigos y causa a la traición de nuestros amigos cuando recompensamos mal por mal.
La necesidad de la traición
Hay otra consideración en la traición de Ju-das. Fue escogido por el Señor, aunque Jesús sabía de antemano que le traicionaría (Juan 6:64).
El Señor me mostró esta preciosa verdad en mi propia experiencia de traición por parte de un amigo. Mientras estaba en el fuego de esta prueba, me fui a la cama una noche, cobijando mi amargura contra éste que había pretendido amarme y había usado su profesión para entregarme en manos del enemigo. En la noche me desperté con deseos de orar y mi oración fue contestada con estos pensamientos: El Señor Jesús escogió a sus amigos y conociendo de antemano la traición de Judas, ¡lo escogió de todas maneras! El dijo que había elegido a los doce y uno de ellos era un diablo.
Dios me hizo darle gracias por ese diablo, porque fue necesario en el ministerio de Jesús, y por el que me entregó a mí, porque debía ser necesario para mi vida también.
¿Qué tan necesario es, para un creyente, tener amigos o seres queridos que lo traicionen? ¿Para qué sirve el dolor y la tristeza de un corazón herido? Hice estas preguntas y, durante la noche, encontré respuestas que llenaron mi necesidad.
Necesitamos estar bien seguros de la fidelidad del Espíritu Santo en nuestras vidas. Considere el hecho de que Jesús nunca fue engañado por Judas.
…Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar (Juan 6:64).
Yo sé que en cada experiencia de traición, el creyente puede mirar atrás y recordar la fiel advertencia del Espíritu Santo. En mi caso, recuerdo que me hubiera dado cuenta desde el principio si sólo hubiese puesto atención al testimonio del Espíritu dentro de mí. ¿Quién puede explicar la naturaleza de la advertencia de Dios en el alma, con respecto a un hermano falso? No es fácil de poner en palabras, pero todos los santos conocen la inquietud, que la razón no puede quitar, que se siente con algunos que profesan ser amigos nuestros. La experiencia de la traición revela que la aceptación pública entre creyentes, el usar la fraseología de los santos, el hacer obras religiosas, el predicar o cualquiera otra marca externa que, a menudo, se aceptan como «pruebas» de la salvación de una persona y de que es digno de confianza, no siempre relatan la verdadera historia.
«…el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Sam. 16:7).
Concedamos siempre a toda persona el lugar que profesa tener delante de Dios, pero nunca vayamos más llá del testimonio del Espíritu en nuestros corazones, en relación con otros. Leemos de muchos que vinieron a Jesús y profesaron tener fe en el, basados únicamente en los milagros que él hacía y no en una fe real del corazón, como Hijo de Dios. Atraídos sólo por las impresiones de su obra externa, se decían ser sus seguidores.
Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre (Juan 2:24-25).
No se trata de abrir el corazón a cualquiera que quiera entrar a nuestra intimidad, sino dejar que nuestro corazón sea afectado, en relación con otros, por el Espíritu Santo, quien siempre nos señalará a aquellos que intentan traicionarnos.
Aprendamos que la «comunión» es la obra del Espíritu Santo y no del hombre. No intentemos establecerla sin su ayuda, o ignorarla cuando él la haya creado entre nuestro corazón y los otros en el cuerpo de Cristo.
¿Qué necesidad hay de la traición? Tal vez esto se aclare con las palabras de Pedro en su primera epístola, cuando observa que «es necesario… ser afligidos en diversas pruebas.» Necesario porque, como él lo expresa tan hermosamente, hay un fruto presente y futuro. En el futuro, esta prueba de la fe, como oro probado en el fuego, saldrá de nuestras vidas en alabanza, honra y gloria para nuestro Señor Jesucristo, cuando él sea manifestado.
Si sólo pudiésemos aferrarnos a este tremendo potencial, en medio de las pruebas, ¡qué diferente sería la respuesta de nuestro corazón frente al reto del momento! Y además de esto (gracia sobre gracia), las tremendas pruebas de la vida son usadas para hacer una obra muy necesaria en todos nosotros: incrementar nuestro amor y nuestra alegría en esta vida. Lea la. Pedro 1:6-8 y recuerde que del fuego de la prueba, hemos salido amando al Señor más que nunca y regocijándonos en la realidad de su comunión.
Necesitamos la experiencia de la traición para aprender sumisión al Señor. La oración más grande que un hijo de Dios puede pronunciar, es la oración del Hijo perfecto: «…Sí, Padre, porque así te agradó» (Lc. 10:21). Cuando clamemos así en nuestro corazón herido, el aguijón se habrá ido y habremos triunfado; porque la sumisión al placer del Padre en nuestras vidas, nos da la victoria contra todo ataque que venga (vea 2 Co. 2:14).
Lea 2 Corintios 4:15-18, para más razones de la aparente sinrazón de las desilusiones de la vida.
Pablo da la perspectiva correcta, diciéndonos que el ataque no es contra nuestro hombre externo, sino contra el interno. Muchas veces temblamos ante lo que esto «me hará» y olvidamos que no hay nada que pueda hacer daño al hombre interno, si tenemos puesta toda la armadura de Dios. Las cosas son sólo por un momento comparadas con la eternidad y un día producirán en nosotros un eterno peso de gloria. Las aguas profundas son para que levantemos nuestros ojos de las «cosas» y ligaduras terrenales y los pongamos en los valores de la eternidad. El enemigo quiere dominarnos y oscurecer nuestra razón haciendo que nos concentremos en los detalles terribles de nuestra experiencia externa; que nos preocupemos sin sentido por lo externo, para golpearnos en el ser interior.
Muchos santos han sobrevivido a la experiencia externa, sólo para caer heridos mortalmente por la amargura, el resentimiento, la malicia y un corazón que no perdona. En los tiempos de traición debemos aprender a ceñirnos los lomos de nuestra mente con la verdad de Cristo y ponernos toda la armadura de Dios, que es realmente vestirnos de Cristo con su fuerza y su poder.
La bendición de la traición
Considere la bendición que trae la traición cuando aprendemos a reconocer la mano de nuestro Padre celestial y ninguna otra. Damos demasiada gloria al diablo, al mundo y a la carne en las circunstancias de nuestra vida. Culpamos al enemigo cuando somos golpeados; pero hay gran paz y quietud cuando rehusamos reconocer causas secundarias en nuestras vidas. Dios es soberano y él es nuestro Padre. A él le agradó permitir que esto sucediera y nos toca creer que «… todas las cosas
les ayudan a bien, a los que aman a Dios, y a los que son llamados conforme a su propósito» (Ro. 8:28).
Bajo esta bendición, David soportó con espíritu paciente, las maldiciones de Simei y prohibió que se le hiciera daño por causa del mal que hacía.
David vio sólo una mano tras todo esto: la mano amorosa de Dios que operaba a través de Simei.
José fue traicionado amargamente por sus hermanos, echado en un pozo y vendido como esclavo. Fue favorecido por la esposa de Potifar, sólo para volver a ser traicionado. Echado en la prisión, hizo amistad con el copero y nuevamente probó la agonía de la traición. Pero los años pasaron y el Señor se acordó de José y lo exaltó hasta el trono de Egipto y su victoria y el secreto bendito de su sanidad, de su triunfante y conquistadora paciencia, están revelados en las palabras que dirigió a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien…» (Gen. 50:20).
Pedro manifestó la misma verdad en su perspectiva de la cruz. Aunque acusa a la nación de prender a Jesús por manos de inicuos para crucificarlo y matarlo, Pedro no lo vio como una tra-gedia, no lo vio como una victoria de Satanás, sino que triunfalmente anuncia que el Señor Jesucristo fue » … entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios… (Hch. 2:23).
De manera que, amados santos de Dios, si ahora se encuentran perplejos por la traición de un amigo, admitan en este momento que Dios pudo haberlo evitado si lo hubiera deseado, pero lo permitió para su propio bien. Regocijense por esta bendición, porque él los toma en cuenta como a hijos y los prepara para alentar y bendecir a otros (2 Co. 1:3-4). El ha dado gracia a sus vidas con el glorioso privilegio de compartir con Ud. el más íntimo de los sufrimientos de Cristo (Fil. 3:10).
Esta comunión es con una compañía selecta, porque no todos son privilegiados al conocer la agonía de la traición, para que podamos compartir en algún grado la profundidad del amor de Cristo. Su traidor quiso hacerle daño, pero Dios lo hará para su bien; y como Jesús escogió a Judas porque tenía necesidad de la traición en su vida, así Dios, en su fidelidad, ha escogido a quienes nos traicionan. El sabía muy bien que si la elección hubiese sido nuestra, nunca la hubiéramos hecho.
Ud. se preguntará: «¿Ha escogido a quienes nos traicionan? ¿Qué bien pueden hacernos ellos?» No olvide que la traición de Judas inició a Cristo en su obra más grande y puso en movimiento los sucesos que cumplieron con el propósito eterno de Dios. La redención eterna por medio de la sangre de Cristo fue el fruto de la acción despreciable de Judas. Es un hecho que nuestros amigos no harán esa tarea. Sólo nuestros enemigos nos entregarán al dolor de las circunstancias que están más allá de nuestro control, y así harán un verdadero servicio a los santos de Dios.
Un traidor me entregó a las circunstancias que cambiaron el curso de mi ministerio y me impulsaron a la obra más grande de mi vida. Un traidor me hizo pasar por penalidades en mi vida que resultaron en que dejara de depender del hombre y pudiera ser un hombre libre para el Señor.
¿La bendición de la traición? Sólo Dios puede extraerla, pero yo sé que la paradoja de estas palabras es una realidad. La traición por parte de aquellos en quienes hemos confiado con nuestro corazón, puede traer bendiciones imposibles de contener. En la traición he aprendido a decir con el salmista:
En esto conoceré que te he agradado, que mi enemigo no se huelgue de mí.
También he entendido lo que quiso decir el profeta cuando escribio:
Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová.
La traición me enseñó que la fuerza y la gracia del Señor Jesucristo solo se pueden manifestar en mi vida en la debilidad que produce el sufrimiento que trae el mensajero de Satanás, como una espina en la carne (2 Co. 12:7).
Así somos preparados también para la bendición de ser usados para consolar a otros que pasan por la misma prueba de su fe, con la consolación con que nosotros fuimos consolados por Dios (2 Co. 1:4).
La traición de un falso amigo me ha dado la bendición de amar a mis enemigos y de bendecir a los que me persiguen.
Cuando se realiza la bendición de la traición, cuando miramos atrás y vemos todo lo que hemos cosechado de alegría, amor, gracia, fuerza y comunión con nuestro Señor, nos quedamos abrumados de todo el bien que el traidor nos trajo.
Sus intenciones no interesan. Sólo el bendito fruto que trajo a nuestras vidas.
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6- nº3- octubre 1985.