Por Rousas J. Rushdoony
A lo largo de los años he leído muchos libros y artículos sobre la oración. Aunque ofrecen algunos buenos puntos, básicamente no me han satisfecho, por no decir que he sentido cierta hostilidad hacia la literatura que «enseña cómo orar».
Estas obras comienzan con un error fundamental: que tenemos que aprender a orar a Dios. Encuentro esto muy extraño. Nunca nadie me enseñó la manera de hablarle a mi esposa.
¡Cuando me enamoré de ella sentí enormes deseos de hablarle! Después de todos estos años de estar casados, cuando estoy fuera del hogar, la llamo todas las noches y nos cuesta terminar la conversación. Cuando estoy en casa, hablamos todo el día; compartimos nuestras experiencias, nuestras reacciones, ideas y sentimientos. ¡Hablar con mi esposa es tan natural como respirar!
Así como no necesité que se me instruyera para respirar cuando nací, tampoco necesito instrucciones para hablar con mi esposa. La amo y hablar con ella es un aspecto de la expresión de nuestro amor. Cuando, por la gracia de Dios, nacemos de nuevo, hablar con él es un aspecto de nuestra vida, como respirar.
La literatura que enseña cómo orar, tiene, no obstante, cierto valor. Se concentra en la oración formal. Nos dice la manera de orar en nuestras devociones o en público, alabando a Dios, dándole gracias, recordando las necesidades de todo su pueblo, los sufrimientos de los necesitados y más. Estas oraciones tienen que ver también con la confesión de pecados, con nuestro compromiso y entrega a él, y con nuestras esperanzas, temores y necesidades, etc.
En la mesa, en nuestras devociones privadas y en nuestras oraciones en público, estos manuales sobre la oración, con sus instrucciones, tienen una función útil y necesaria. Impiden que nuestras oraciones se centren en nosotros mismos y nos impulsan a poner nuestros pensamientos en el reino de Dios y en su gloria.
Conversar con Dios
Pero mi interés es la oración básica, nuestra conversación con Dios; es decir, nuestras oraciones de una sola frase, durante el día, por medio de las cuales, silenciosamente pero de continuo, nos comunicamos con Dios. Le agradecemos el descanso de la noche y las alegr ías del día. Cuando enfrentamos situaciones difíciles, oramos: «Señor, dame paciencia para tratar con este problema». Luego, más tarde, le agradecemos por su dirección y por su cuidado.
Si hay una persona difícil de tratar con la que tenemos que hablar, le pedimos: «Señor, no sé qué decir; tampoco quiero perder los estribos y hacerle daño a tu reino. Dame gracia para hablar con este hombre». Cuando tenemos temor de algo, se lo decimos a él y le pedimos valor para enfrentar el problema o la herida.
Pero esto es sólo el comienzo. Yo no hablo con mi esposa sólo de cosas serias e importanes. Le hablo simplemente por la egría que me produce la comuón con ella. Hablamos de nueso amor una docena de veces, y más, durante el día. Me agrada oír su voz y a ella la mía. El Cantar de los Cantares habla de esto muchas veces, refiriéndose con alegría a «la voz de mi amado».
Igualmente, cuando nos deleitamos en el Señor, le hablamos todo el día. ¿Es un día hermoso? «Señor, ¡qué gloriosa es tu creación!» Cuando voy de pesca, el primero en saber los resultados es el Señor. Por supuesto que él ya los sabe antes que yo. Pero el hablarle es la vida misma. (El año pasado, en un solo tiro enganché dos corvinas, apenas cayó el tapón al agua. Gracias, Señor, [qué emocionante!)
Una relación más feliz
Orar es hablar con Dios. Cuando yo hablo con mi esposa, no limito mi conversación al comienzo de las comidas, en la mañana o en la tarde, diciendo:
«Querida Dorothy … » Le hablo durante todo el día, yendo y viniendo. Cuanto más hablamos, más disfrutamos al hablarnos. Si yo sólo le hablo a Dios cuando estoy en la iglesia, o durante las comidas, o en mis devociones privadas, mi relación con él se volverá fría e incómoda. Si le hablo cuando me baño, o cuando trabajo en mi escritorio, o cuando estoy en el jardín, o cuando camino, o cuando hago lo que sea, me acerco más a él y le tengo más confianza. Tengo entonces una relación feliz con él y hablarle es fácil.
Una vez me encontré con una persona a quien había conocido muy bien años atrás. Habíamos sido buenos amigos, pero hacía cuarenta años que nos habíamos ido a vivir a diferentes lugares y nuestras vidas habían tomado cursos diferentes. Fue un placer volverlo a ver, pero un tanto extraño. Nuestra conversación terminó demasiado pronto; no sabíamos de qué hablar porque nuestras vidas se habían apartado mucho.
Igual sucede cuando nuestra oración es sólo la formal, antes de las comidas, en las devociones, en la iglesia: nos apartamos de Dios. Pero si caminamos y hablamos con Dios, cada momento de cada día, no podemos evitar acercarnos más a él. Descansamos y hablamos más cuando estamos cerca de alguien a quien amamos y con quien nos deleitamos. De igual manera oramos con mayor facilidad y nos avivamos más cuando mantenemos una conversación continua con el Señor, hablando con él y caminando con él todo el día.
Rousas J. Rushdoony es el autor del Institute of Biblical Law y presidente de la Fundación Calcedonia, una organización educativa establecida especialmente para estimular y publicar la escolástica cristiana.
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 -agosto 1985