Por Dereck Prince

«Órdenes» era una de las palabras claves que oía continuamente, en los cinco años y medio que pasé en el ejército británico. Como soldado era responsable de saber cuáles eran las órdenes. Una de las consignas más comunes era: «Ignorar las órdenes no es excusa.» Un soldado tiene la responsabilidad de enterarse cuáles son las órdenes asignadas a él. Si no las conoce, si no las vio en el tablero, si no oyó la voz de mando, nada de esto le valdrá como excusa.

Lo mismo es válido para nosotros los cristianos. Si Cristo nos ha dado órdenes, no tenemos excusa aunque digamos que nunca las supimos.

La respuesta de Dios es que todas están allí en el Nuevo Testamento y que tenemos la responsabilidad de averiguar cuáles son.

Otro principio en el ejército es que las órdenes permanecen en vigencia hasta que sean oficialmente canceladas. Eso también es válido para los cristianos. Toda orden dada por Cristo está todavía en vigencia hoy. Nuestra responsabilidad es doble: una, conocer nuestras órdenes; y dos, acatarlas.

La gran orden

La orden que deseo examinar se encuentra en tres pasajes del Nuevo Testamento y se conoce comúnmente como la gran comisión. Es la última de Cristo para nosotros y no es opcional. Leemos en Mateo 28:19:

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones.

Note la inclusividad del mandamiento. Jesús dice id a todas las naciones; ninguna nación en ninguna parte de la tierra es omitida.

En el evangelio de Marcos Jesús dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mar. 16:15). Esta también es una orden inclusiva. Estamos obligados a proclamar las buenas nuevas a todas las criaturas del mundo.

El tercer pasaje similar, aunque expresado un

poco diferente, es Hechos 1:8-9:

Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Sama-ria, y hasta lo último de la tierra.

Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.

Estas fueron, aparentemente, las últimas palabras que salieron de los labios de Jesús, en la tierra.

Para mí esta finalidad tiene un significado tre-mendo. Cuando me separo de las personas que quiero, lo último que digo es lo que más deseo que recuerden. Y creo que Jesús también. Las últimas palabras que habló fueron: «

…hasta lo último de la tierra.»

Estos tres pasajes juntos son una acumulación pesada de palabras y frases enfáticas: «todas las naciones… hasta el fin del mundo… toda criatu-ra… hasta lo último de la tierra.» Tanto en tiempo como en geografía, todas las extremidades están cubiertas. Soy algo así como un experto en la interpretación del idioma, y diría que es imposible decir algo con mayor claridad o más enfáticamente que lo que dijo Jesús en su última orden.

La última señal

Cuando los discípulos de Jesús preguntaron «¿qué señal habrá de tu venida, y del fin del si-glo?» El se refirió a varios eventos y luego señala con precisión la última señal: «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mt. 24:14). La última señal del fin del siglo será la predicación, no de un evangelio dilui-do, sino del evangelio del reino en todo el mundo a todas las naciones. Ese era el objetivo supremo en la mente de Jesús cuando dejó a sus discípulos.

¿Cuál debe ser nuestra participación a fin de que el regreso de nuestro Señor se haga una reali-dad? La respuesta es la predicación del evangelio del reino en todo el mundo a todas las naciones.

Si no obedecemos esta orden bien clara, entonces andamos en desobediencia.

En un alto grado, nosotros la Iglesia, hemos sido desobedientes al evadir esta responsabilidad.

La Iglesia no ha tenido ningún problema en aceptar las promesas de Jesús. Pero cuando llega a esta orden, de alguna manera piensa que sólo se aplica a otros. Sin embargo, no hay ningún fundamento para pensar que las promesas de Jesús son aplicables, pero que sus órdenes han sido canceladas. La tarea todavía está frente a nosotros tan claramente como cuando Jesús dio su orden.

Alimentar a las multitudes

¿Por qué es que la Iglesia no ha obedecido completamente esta gran orden? Uno de los factores que se interponen en nuestra obediencia es el desánimo ante la inmensidad de la tarea. Cuando consideramos todo lo que implica predicar el evangelio a la población de un mundo de más de cuatro mil millones de habitantes, podríamos desanimarnos de siquiera comenzar. Con tantas naciones, idiomas, y culturas, tan diferentes y complejas, ¿cómo podemos hacer lo que Jesús nos manda?

Podemos encontrar la respuesta en la manera como Jesús resolvió dos aparentes situaciones im-posibles: la alimentación de las multitudes. Estos sucesos milagrosos dan un patrón de cómo el Señor espera que nosotros enfrentemos la tarea de proclamar el evangelio a toda la creación.

Los capítulos 14 y 15 de Mateo registran dos incidentes similares, pero separados, en los que Jesús usó a los discípulos para alimentar milagrosamente a las multitudes, comenzando con unos cuantos panes y pescados. Dicho simplemente, el reto de alimentar a una multitud de ocho o diez mil personas, casi sin nada de alimento, de cuatro mil millones de habitantes. Podemos extraer principios de estos dos incidentes que se aplican también a la tarea de presentar el evangelio a todo el mundo.

Nuestra renuencia

Si leemos el relato de Mateo en la alimentación de los cinco mil, veremos claramente que los discípulos no querían esa responsabilidad. Sus palabras fueron: «Ya es tarde. Despidelos para que compren de comer.» Sabían que la hora de comida traería un gran problema y querían evitarlo.

Pero Jesús dijo a sus discípulos: «Dadles vosotros de comer.»

Tenemos que entender, primero, que la actitud de la iglesia es generalmente la misma que la de los discípulos: queremos escapar de la responsabilidad de presentar el evangelio a todo el mun-do; pero Jesús dice que la tarea es nuestra, no podemos pasársela a otros. Jesús nos lo ordenó y nunca ha retirado la orden.

Segundo, la alimentación de la multitud ilustra la relación entre dos principios que algunos cristianos tienden a ver como opuestos. El primero se puede llamar orden o disciplina; el otro, el poder sobrenatural de Dios. En la Iglesia hay grupos que enfatizan uno u otro.

En el grupo ordenado y disciplinado, todos están en su lugar, haciendo exactamente lo que deben; no hay nada malo en eso. Este orden se ve bien demostrado en la alimentación de los cinco mil. En uno de los relatos Jesús mandó a sentar a la gente en grupos de cincuenta. Si no lo hubiera hecho así, algunos se hubieran quedado sin comer.

Otros pudieron haber sido pisoteados por la multitud precipitada. El orden era imperativo.

Pero pudieron haber ordenado a todos en grupos de cincuenta y aún así haber dejado a todos con hambre. El orden era necesario, pero no suficiente. Para completar el milagro era necesario que la gracia y el poder sobrenatural de Dios entraran en acción. El poder sobrenatural en el servicio del Señor no es una opción, es una necesidad.

El segundo principio aquí es que el orden y la disciplina tienen que ser equilibrados y complementados con el poder sobrenatural de Dios, para que el milagro suceda. Por poder sobrenatural no entiendo solamente las sanidades y las profecías, sino una perspectiva milagrosa de la vida, que nunca se limita a sus propios recursos y capacidades, sino que ve cada situación a la luz de los recursos ilimitados de Dios.

Tome y páselo

El tercer principio es que la multiplicación no dependió totalmente de Jesús. Dependió de los discípulos en el acto de pasar lo que recibieron de Jesús. Si los discípulos no hubieran pasado lo que recibieron, el milagro no se habría consumado.

Lo mismo es válido para Ud. y para mí, en nuestra tarea de alcanzar a todo el mundo. La gracia, el poder y la provisión se originan en Jesús, pero para que el mundo los reciba, tenemos que tomarlos y pasarlos. Podemos ser canales o barreras.

El cuarto principio que veo en este milagro es que la multiplicación llegó más allá del punto de la necesidad. No sólo fueron todos alimentados, sino que hubo un excedente mayor que la cantidad con la que comenzaron. No fue por accidente.

Jesús quería demostrar que los recursos de Dios son ilimitados.

Yo creo que cuanto mayor sea la necesidad y menos los recursos, tanto más grande será el excedente. Dios quiere que sepamos que con él no hay faltantes. Mientras más grande sea el reto, cuanto menos tengamos para comenzar, más podemos esperar de la abundancia de Dios.

«Cuanto más grande sea el reto, mayor es la provisión de Dios.

A quien se haya dado mucho…

Hagamos la aplicación de estas verdades ahora.

De acuerdo a lo que hemos visto en el Nuevo Testamento, sólo nos quedan dos opciones: obedecer o desobedecer. Toda la Iglesia, en cada nación, comparte esta responsabilidad de presentar el evangelio a todas las naciones donde no haya sido predicado.

Hay un principio que Jesús revela en Lucas 12:48 que hace que nuestra responsabilidad como cristianos sea aún mayor: «Porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.» Creo que a nosotros, los cristianos de este continente, se nos ha confiado, posiblemente, más que a cualquier otro grupo en el mundo.

Hay naciones en este hemisferio entre las más ricas y poderosas del mundo. Sin mencionar su riqueza, los cristianos disfrutan de una libertad tremenda para practicar su religión, con protección, provisiones y hasta con favores especiales del gobierno. Dudo que haya naciones en el mundo donde los cristianos tengan los mismos privilegios. También tenemos material de enseñanza en nuestro idioma, que otras naciones carecen.

En mayor o en menor grado, todos tenemos privilegios y oportunidades únicas que no existen en otras partes de la tierra. Pero con estos privilegios Dios nos recuerda: «A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará.» Esto significa que tenemos más que una responsabilidad numérica de comunicar el evangelio a todas las naciones.

Puntos prácticos

Finalmente quiero señalar algunos puntos que espero sean muy prácticos:

Tenemos que determinar si nuestras vidas están siguiendo, plenamente, las órdenes que Jesús nos ha dado.

  1. Tenemos que reconocer que si se requiere algún cambio en nosotros, éste debe ser primordialmente de actitud, no de acción. Si intentamos responder a este mensaje yéndonos en cuatro direcciones a la vez, no llegaremos a ninguna parte.

No estoy sugiriendo que en los próximos treinta minutos todos tengamos que hacer algo totalmente diferente de lo que estábamos haciendo, pero sí creo que la mayoría de nosotros necesita un cambio de actitud. Es básico.

3)       Tenemos que darnos cuenta de la evidente realidad de que no todos debemos o podemos «ir a todo el mundo.» Verdaderamente sería un caos si todos fuéramos. La decisión de quién debe o no debe ir es algo que el Espíritu Santo tiene que indicarnos, tanto personal como colectivamente.

En este artículo he dado una dirección general que viene de las Escrituras, pero la dirección particular viene al individuo por medio del Espíritu Santo.

Aún cuando Ud. no vaya, tiene que verse totalmente involucrado con los que sí van.

Tenemos que considerar a los que han ido o irán a proclamar el evangelio, como si fueran nuestros hermanos, nuestra hermana, o nuestro hijo en una relación natural. Deben estar tan cerca de nosotros y ser tan importantes para nosotros como el miembro de nuestra familia más cercano. Todo lo que les pase a ellos, bueno o malo, debe interesarnos si tenemos la actitud correcta.

4) Los individuos y los grupos deben discernir la esfera que Dios les haya dado. Cada uno de nosotros tiene una esfera en particular. En el curso de reconocer que la tarea de llevar el evangelio a todo el mundo es nuestra, tenemos que encontrar la esfera de responsabilidad que Dios nos ha designado individual y colectivamente. Podemos hacer más daño que bien si, por apresurarnos nos metemos en la esfera de otro. Y si no cumplimos nuestra responsabilidad en la esfera que Dios nos ha dado, tendremos que darle cuenta a Dios.

  •   Cuando otros van a una esfera diferente de la nuestra, debemos verlos como representantes nuestros y como responsabilidad nuestra. No hay nada que me cause más pena que la estrechez de visión de muchos cristianos. Yo creo que el evangelio tiene que ser presentado a toda tribu, nación y lengua, porque Apocalipsis dice que habrá una representación de todo linaje, lengua, pueblo y nación entre los redimidos. La Iglesia no estará completa hasta que todos estén representados.

Tenemos que ver como representantes nuestros a otros grupos que están haciendo lo que tal vez nosotros no hemos sido llamados a hacer. Y cada vez que tienen éxito, debemos dar gracias a Dios. Necesitamos orar por ellos y sostenerlos cuando Dios nos indique hacerlo. Quizá no estén en «nuestro equipo», pero están en la misma liga.

Perdemos tanto con nuestros grupos cerrados.

Cristo nos ha dado su última orden y la última señal de su venida está todavía por cumplirse. La responsabilidad es ahora nuestra. ¿Obedeceremos o desobedeceremos a su orden?

Derek Prince

Graduado de las Universidades británicas de Eton y King’College, Cambridge. Sirvió como ministro, educador y misionero en Europa, Asia, África, Australia y Norteamérica.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol.- 6-nº 3 -octubre 1985.