Por Kathy Kovacs

Kathy sabía que su única esperanza era responder afirmativamente. Se estaba muriendo de lupus.

Nuestra historia comienza con un desafortunado incidente: un aborto. Tiempo atrás, en 1969, antes de que mi esposo, David, y yo nos casáramos, quedé embarazada. Debido al orgullo y a la presión de nuestras circunstancias, tuve un aborto inducido, y eso abrió a Satanás una puerta en nuestras vidas.

El apóstol Pablo escribió: «Lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gál. 6:7). iQué ciertas son estas palabras! Más tarde, David y yo nos casamos; creíamos que manejábamos nuestras vidas, pero en el lapso de un año, las circunstancias probaron lo contrario.

Empecé a tener problemas físicos y David, que era médico interno, reconoció síntomas que indicaban una seria enfermedad.

Una serie de exámenes probaron lo que David sospechaba. Yo tenía una enfermedad incurable que se llama lupus eritematosis sistemático, la cual hace que el sistema defensivo considere como extrañas a ciertas partes del cuerpo. El resultado es que el cuerpo produce anticuerpos contra sus propios tejidos, afectando los riñones, los pulmones, el cerebro y otros órganos.

El médico aconsejó a David que no me dijera que tenía lupus, esperando que la medicina hiciera su efecto paliativo, pero sabía que el pronóstico era de cinco a diez años de vida, a lo sumo.

Los hijos nacen

Por un tiempo todo pareció marchar bien. Volví a quedar embarazada y mi cuerpo, espontáneamente, abortó a nuestro segundo hijo. Creímos que ya no volveríamos a tener más hijos.

Pero, a pesar de nuestros temores, en setiembre de 1974, nuestro primer hijo, Landon, nació.

Los síntomas del lupus parecían menguar y no me sentía tan enferma como antes. Pensamos que todo marcharía bien, que podríamos criar a nuestro hijo y que viviríamos felices.

Sin embargo, volví a quedar embarazada por cuarta vez y el espectro del aborto levantó su horrible cabeza nuevamente.

Nuestros médicos pensaban que podría ser necesario abortar a la criatura para salvarme la vida.

Pero David y yo decidimos que intentaríamos traer al bebé a la luz a cualquier costo: no queríamos repetir nuestros errores del pasado.

Gracias a Dios que nuestro segundo hijo, Blake, nació saludable en julio de 1976. Salí bien del embarazo y todo parecía estar en su lugar, durante unas seis semanas después del nacimiento de Blake. Pero después de ese tiempo, la enfermedad comenzó a dominarme por completo.

Una enfermedad repugnante

Yo todavía no sabía que tenía lupus, aunque muchos de los síntomas eran evidentes. Tenía severos dolores artríticos y fatiga extrema. Mis riñones no funcionaban bien y tenía cinco enfermedades de la piel que se manifestaban principalmente en la cara, con verrugas tan grandes y extendidas que, en muchas áreas, unas estaban sobre otras. Decir que tenía cincuenta verrugas en un párpado no es ninguna exageración.

Cuando David me llevaba al médico, yo me escondía en el auto porque no quería que nadie me viera. Además de las verrugas, mi piel se puso tan delgada y transparente que todas las venas se veían. Mi presión sanguían era tan alta que mi esposo temía por un derrame. El tono muscular había desaparecido de mi cuerpo.

Estaba tan débil que si me inclinaba para recoger algo, no podía levantarme sin ayuda.

La visión se me nublaba y mis ojos estaban continuamente rojos. Perdí casi todo el pelo de la cabeza, de las cejas y las pestañas, y el vello de la cara me creció. El pecho, la espalda, los brazos y las piernas se cubrieron también de pelo.

«Mami está enferma»

También tenía atroces dolores de cabeza. Eran más intensos durante el día, pero entre las dos y las tres de la madrugada se calmaban un poco, y antes de tomar mi segunda dosis de drogas para combatir el dolor, tenía lucidez. Como no podía funcionar durante el día, era en esas tempranas horas de la mañana que me acercaba donde estaba durmiendo Landon y le decía:

«Siento mucho no haber podido jugar contigo hoy, Mami te quiere, pero está muy enferma.»

Sacaba entonces a Blake de la cuna y lo estrechaba en mis brazos y le hablaba: «Blake, te quiero mucho. Mami no puede evitar estarse muriendo.» Luego me sentaba en la mecedora y oraba, aunque realmente no sabía a quién estaba rogando. Sabía que mi cuerpo se estaba muriendo, que la enfermedad estaba fuera de control y que no había nada que yo pudiera hacer.

Mi mente había estado lúcida durante este tiempo, y contaba con que se mantuviera así y me ayudara en mi condición, pero también comenzó a irse. Empecé a perder la memoria y a confundirme muy a menudo, los medicamentos que estaba tomando me afectaban tanto que me estaba volviendo sicótica. Algo que recuerdo muy bien es el deseo constante de golpearme la cabeza contra la pared hasta que estuviera sangrando, quería desesperadamente que se terminara mi tormento, de una u otra manera.

Mi mente y mi apariencia se habían deteriorado y eran las dos cosas con las que siempre había contado. Me sentía quebrantada y desvalida.

Busco al Señor

No fue sino hasta que todo en lo que yo me apoyaba desapareció, que comencé a clamar a Dios en mi propia y primitiva manera. No conocía a Jesucristo, pero una vez encendí el televisor y Oral Roberts estaba predicando: «¿Necesitas un milagro que sólo Dios puede hacer?» Sentada allí, sola, frente al televisor respondí: «Sí.»

Mi madre me presentó después a unos amigos cristianos suyos que me hablaron de Jesucristo. En este tiempo oí del plan de salvación muchas veces, pero como estaba drogada casi siempre, realmente que no entendía.

Un día, un ministro me llamó de larga distancia. Mientras hablaba con mi inesperado interlocutor, el Señor rompió el ofuscamiento mental y permitió que me arrepintiera de muchas cosas en mi vida que no estaban bien. Oramos juntos y me dijo que estaba

sana. Luego me pidió que se lo contara a mi esposo. Lentamente bajé hasta donde estaba David, y con ojos hinchados y rojos de llorar, le dije lo que había sucedido y que Dios me estaba sanando. ¡Él pensó que estaba loca!

Mientras hablábamos, uno de nuestros hijos comenzó a molestar y cuando me volví para atenderlo, sentí un calor intenso en  mis hombros. ¡La artritis que me había acompañado desde que Blake nació, desapareció inmediatamente! Dios había tocado mi cuerpo y yo lo sabía. Aunque los otros síntomas todavía que- daban, el punto decisivo de cambio se había dado.

En la batalla

Sorprendentemente, aunque había tenido gran pérdida de memoria, podía retener las Escrituras. Uno de los pasajes que me alentaban mucho es el de Isaías capítulo 53:

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (v.5).

Cuando lo leí, dije: «Alabado sea Dios. He sido sanada,» aunque en lo natural parecía

como si me estuviera muriendo.

Mientras me alimentaba de la Palabra de Dios, comencé a darme cuenta de que se estaba librando una batalla, por mi vida, entre el reino de Dios y el reino de Satanás. El enemigo intentaba robarme mi vida, mi esposo y mis hijos.

Las mentiras venían como un diluvio durante esa tremenda guerra que habría de durar dos largos años. El diablo me decía:

«Kathy, jamás recobrarás tu salud; te estás muriendo. La Biblia no es la verdad. Dios es un mentiroso.»

Como respuesta a lo que el diablo me decía, sentía que Dios me animaba: «Kathy, derriba todas esas mentiras.»

Me enseñó a luchar contra Satanás usando la Palabra de Dios, no con «la mente sobre la materia» o con «el poder positivo de la mente» sino aceptando la verdad de la Palabra, por encima de las mentiras de Satanás.

         La condición empeora

Sin embargo, las pruebas de laboratorio mostraban que mi condición continuaba empeorando y David no creía que duraría hasta el invierno. Pero para finales de diciembre, otros exámenes revelaron que había cierta mejoría, aunque externamente mi

apariencia era peor: con más verrugas y más perdida de cabello.

Tenía una convicción firme de que Dios me había sanado y así se lo manifesté a mis doctores.

Por supuesto, ellos creyeron que estaba loca, pero a mí no me importaba. Mi vida dependía de mi absoluta confianza en la verdad de la Palabra de Dios.

Unos meses después, en el otoño de 1977, sentí la impresión de que Dios quería que dejara de tomar las medicinas. Detener los medicamentos es muy peligroso y no se lo recomiendo a nadie. No obstante, sabía que Dios quería que yo lo hiciera; sentía paz en mi corazón.

Le conté a David lo que Dios me estaba indicando y le pedí su opinión. El respondió: «Kathy, si estás realmente sana, no hay nada que temer, pero si no lo estás, morirás.» David era un inconverso todavía, pero lo que dijo parecía confirmar lo que Dios me estaba dirigiendo a hacer.

Cuando dejé de tomar las medicinas, la fatiga fue inmediatamente eliminada. Después me comenzó a crecer el cabello, las cejas y las pestañas. El pelo en la cara fue desapareciendo y el tono muscular regresó.

Mi condición continuó mejorando; pero todavía en enero de 1978, mi cara seguía cubierta de verrugas e irritaciones que los doctores ni podían identificar, mucho menos tratar.

Continué confiando en Dios, quien había prometido sanarme completamente.

Una mañana, temprano, me disponía a lavarme la cara; era una tarea desagradable que tenía que hacer todos los días, pero cuando comencé a lavarme ese día, ¡sentí el cutis normal y saludable por primera vez en dos años!

Rato después, cuando David regresó a casa después de su guardia nocturna, me miró y me atrajo a la luz para verme mejor.

Aunque todavía no se había convertido, dijo: «¡Ésta es la mano de Dios!» David sabía que cuando el sistema inmunológico atacara finalmente, el virus de las verrugas, éstas se irían en unas pocas semanas. Pero yo había sido sanada de la noche a la mañana.

La batalla final

Esto sucedía a los dieciocho meses de lucha. Aunque estaba recuperándome a paso rápido, la lucha por mi vida continuaba. Satanás me hostigaba constantemente.

Fue en este tiempo que aparecieron dos puntos de mis viejas irritaciones. Para entonces, estábamos asistiendo a una iglesia, así que le pregunté a uno de los pastores lo que él pensaba. Después de orar y consultar con los otros líderes de la iglesia, me dijo que creía que necesitaba liberación. No tenía idea de lo que eso significaba, pero reconocía que mi caminar cristiano había estado lleno de una cantidad inusitada de ataques. Aunque había sido salva y bautizada en el Espíritu Santo, y para entonces David también, con nuestros pecados de antes, le habíamos dado al enemigo un sitio en nuestras vidas donde afirmar el pie, y estábamos cosechando lo que habíamos sembrado. Pero con la  ayuda del liderazgo de nuestra iglesia, David y yo fuimos liberados del tormento demoníaco.

Después de nuestra liberación, el Señor me dijo: «Esta liberación será revelada en el próximo examen de laboratorio. Todas las pruebas saldrán normales y será tu última visita al médico.»

El pronunciamiento de los doctores

Cuando llegué a la oficina del doctor, una de las enfermeras me llevó a la sala de exámenes, la misma que me había sido asignada en mi primera visita al hospital, dieciocho meses atrás. Desde entonces no había regresado a esa sala. 

Entré en el vestidor donde me había desvestido la primera vez, a ponerme la bata para el examen y recordé, mientras me miraba en el espejo, a una mujer con un cuerpo totalmente enfermo. Pero esta vez estaba diciendo: «Gracias, Jesús. Estoy sana.

Estoy bien.» Oré para que Dios le revelara al doctor su intervención sobrenatural en mi vida.

Cuando el doctor me examinó, me dijo: «Estás muy bien. Te ves realmente saludable.»

Entonces me miró y sonriendo me dijo: «Kathy, sé que Dios te ha tocado, que estás sana, y que de nuevo estás normal. Aquí están los resultados.»

Salí de la oficina y el día estaba muy nublado, pero cuando miré el cielo, el sol brilló entre las nubes. No puedo expresar la alegría que sentí. Y oí al Señor que dijo: «consumado es.»

Quizá Ud. que lee esto tiene una necesidad por la que ha orado mucho. Tal vez Dios le haya estado hablando sobre lo que tiene que hacer. Obedezca y actúe conforme a su Palabra. Podría ser el principio de la vida para Ud. Lo fue para nosotros.

Las palabras de Jesús en la cruz, «Consumado es», fueron su grito triunfal, y porque él triunfó, yo también triunfé. Hago mías las palabras del salmista que dijo: «Has librado mi alma de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven.»

Kathy Kovacs casi pierde su mente en su lucha contra el lupus, pero Dios la sanó totalmente y regresó a la universidad para sacar su maestría. Ella es ahora patóloga y trabaja con estudiantes de educación especial, en el área de defectos en el habla.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 3- octubre 1985.