Por Mario E. Fumero

No necesitaremos mucha teología, ni mucha apologética para decir una verdad visible, esta­mos estancados en lo relacionado con el crecimiento espiritual como individuo y el creci­miento global de la Iglesia. Por medio de este estudio trataré de viajar por la sencillez del pensamiento apostólico a la realidad práctica que debería ser la Iglesia con sus «Miembros». Emplearemos la realidad existente en una forma comparativa y analítica para determinar cuál es la enfermedad que retarda o impide el crecimiento de los cristianos y la iglesia en la épo­ca de más facilidades de la historia.

  1. LO QUE PARA NOSOTROS ES NORMAL Y COMUN.

¿Cuál es la mentalidad y problemática exis­tente en casi todas nuestras iglesias? Nuestro problema no es tanto teológico como práctico y de estructura, pues hemos adoptado moldes, pau­tas y pensamientos al diario vivir de la Iglesia, formando con esto una mentalidad raquítica respecto a la visión de Dios para una Iglesia nor­mal; veamos:

  1. -Hermano Pastor, la familia Pérez está re­sentida con usted. – ¿Y, por qué? Resulta que hace días usted no les visita y si supiera cuántos problemas tienen, por eso no vinieron al culto el miércoles, creo que debería visitarles para anima­rles. Y el pastor exclama: -diez años en la Iglesia y todavía tengo que visitarlos, porque si no, no vienen al culto.
  2. -Es un día domingo, la Iglesia está llena y el pastor exclama: -Queridos hermanos, la pró­xima semana comenzaremos nuestra campaña anual; esperamos sus oraciones y colaboración para poder ganar muchas almas, habrá música es­pecial y tendremos un gran avivamiento. Traiga­mos las almas para que escuchen el mensaje y se conviertan. Hemos orado todo el año por esta campaña y esperamos ver la bendición de Dios. Es la semana en que toda la Iglesia va a trabajar.
  3. -Se acerca el pastor a un diácono y le dice: -Federico, hace días que no veo al herma­no Andrés. Bueno Pastor, resulta que él sintió del Señor ir a predicar a Pamplona y hace un se­mana se fue, dice que va a evangelizar. ¡Qué cosas, y uno no se da cuenta!

Hace un mes que la hermana Julia no va al culto y el pastor se da cuenta y pregunta: ¿Saben ustedes qué le pasó a Julia? Todos se quedan ca­llados y entonces va a visitarla y descubre que Ju­lia ingresó enferma al Hospital y falleció hace diez días y como vivía tan lejos y era tan pobre nadie se dio cuenta.

4.-Es un día domingo, en una Escuela Domi­nical, toma la palabra el maestro y dice: -Queri­dos hermanos, damos la bienvenida a Pedro, el cual aceptó esta semana y será miembro de esta clase, identifiquémonos con él: -Soy Jaime y hace 10 años asisto a esta clase. -Yo soy Juan, hace 5 años vengo a la Escuela Dominical. Y así uno por uno se identifican y en medio de ellos el nuevo creyente con sólo 5 días de nacido.

5.-Hermano Pastor: aquí le traigo a este ami­go para que le hable del Señor, oré por él y le en­señé la palabra.

6.-Hermano Rafael, deseo hablar con usted en mi Oficina -le dice el pastor a un hermano de la congregación. Este entra y comienza el diálo­go; el pastor le llama la atención por varias fallas en su mayordomía, en su relación familiar y por­que viene poco a los cultos, éste se enoja y excla­ma. -Pues mire pastor, si no le gusta mi forma de ser, deme carta de traslado para la Iglesia del Sur.

7.-Esta es una Iglesia de 80 miembros, el pas­tor fue trasladado a otra ciudad y los hermanos quedaron muy tristes, uno de los que quedó como líder dice: -Hermanos tenemos que orar para que Dios nos envíe un buen pastor que nos ayude. Esa Iglesia tiene más de 40 años de fundada.

Estas realidades se replantearán al finalizar este estudio y de acuerdo a las verdades que ana­lizaremos.

  1. EL ESFUERZO POR CRECER.
  2. -«Recuerda, por tanto, donde has caído y arrepiéntete», Apoc. 2:5. En esta forma le habla el Señor a la Iglesia de Éfeso y cualquiera de noso­tros puede repetir los errores de esta Iglesia, ya que la historia es una repetición continua.

Como Iglesia debemos ser realistas y reconocer nuestro estancamiento espiritual y numérico; no crecemos al ritmo que demanda nuestra era, pese a que contamos con un sinnúmero de recur­sos técnicos y un alto índice de «intelectuali­dad». Continuamente se hacen convenciones, con­gresos, talleres para discutir y ver la forma de ha­cer crecer la Iglesia en un mundo materialista e incrédulo, ¡y nada!, en vez de crecer, vamos para atrás, como el cangrejo. ¿Por qué?

2.-El problema radica en que hemos caído en el error de los organismos internacionales co­mo la ONU, la OEA, OTAN, etc. ¡que todo lo resuelven con discusión y resoluciones! Un comi­té para esto, un técnico para aquello y ya está. Lo que más mata la vida y el crecimiento en la Iglesia es la mucha palabrería y la mucha metodo­logía humana. Por un lado está la sabiduría huma­na y por otro el dogmatismo «denominacional», y en medio, una Iglesia de espalda al mundo per­dido, incapaz de sostener, criar y doctrinar un mundo incrédulo, en el caso de que éste se con­virtiera.

3.-Sin embargo, es tan sencillo entender el secreto del crecimiento, que quizás por eso, por lo simple y sencillo, es que estamos todos perdi­dos, pues en la biblia y en la iglesia primitiva en­contramos las bases y las pautas para este creci­miento.

Los hombres han querido hacer las cosas lo mejor posible, con buena intención han tratado de sustituir el método apostólico por métodos más modernos y pedagógicos que tengan un ma­yor alcance. Siempre queremos abarcar mu­cho y para ello creamos una burocracia espiri­tual metódica. Con buena intención queremos ayudar a Dios en su obra redentora. Pero no, Dios no necesita que le ayudemos con nuestras ideas y opiniones.

Lo que El espera y demanda de nosotros como siervos es una absoluta obediencia a su PALABRA, pues la obra al igual que la vida es de Dios y no podemos añadir un codo a nuestra estatura por más que nos afanemos (Lucas 12:25)

4.-La problemática ya expuesta nos debe lle­var, como simples niños, a entender el doble cre­cimiento del cristiano. Lo llamo DOBLE CRECI­MIENTO porque todo ser viviente crece en dos di­mensiones: UNA: en su físico, capacidad, sufi­ciencia para vivir. OTRA: en su relación al medio, a la familia, a la multiplicación, formación de otras vidas.

Como cristianos tenemos que crecer en Cris­to, en una forma personal, aprendiendo a pensar, hablar y vivir como Jesucristo (1a. Juan2:6); y después crecer en relación al propósito final: que es la transmisión de la vida que tengo a otros, pro­crear y multiplicarme para consolidar mi creci­miento. Así es que crecemos en relación a Dios (VERTlCALMENTE) mediante la formación del discípulo, para después trasmitir a otro esa vida en mi relación personal con otros (HORIZONTAL) compartiendo, evangelizando y participando en el esfuerzo de la Iglesia.

5.-Queremos exponer en la forma más cla­ra posible la sencilla verdad del crecimiento y pa­ra ello nos vamos a basar en la forma natural del mismo, usando el estilo comparativo o analógi­co entre lo natural y lo espiritual, pues uno siem­pre envuelve al otro. (1 Cor. 15 :46). Me basaré más en mi experiencia personal que en la teología, claro está haciendo siempre hincapié en la ense­ñanza bíblica como base.

Para una mayor comprensión aclararé que los números son pensamientos dentro del mismo te­ma, y cuando lleven la letra A indica realidad física y la letra B la aplicación al campo de lo es­piritual. Si el número no tiene letra esto significa que se están expresando ideas en sentido general.

lII. ENGENDRAR Y CUIDAR A UN INFANTE.

l.-A. En casi todo lo que tiene vida existen dos factores determinantes que, al combinarse, producen el SER. En las plantas se necesita el fac­tor tierra y la semilla, en la vida humana son el óvulo y el esperma.

El óvulo no puede producir vida si no es fe­cundado por un esperma y esto se logra median­te una relación íntima de dos que se entregan mu­tuamente. El óvulo, si es fértil, puede engendrar vida mediante la recepción del esperma, comen­zando así a formarse lentamente la criatura. Una vez pasado el tiempo y hecha la criatura a su ta­maño indicado vienen los dolores y después el parto. Se escucha un grito, los pulmones del infan­te se llenan de aire e inicia su vida propia en el mundo.

Es bueno aclarar que no todos los partos son normales, algunos tienen que ser inducidos otros requieren fórceps y algunos hasta cesárea para que el niño pueda nacer. También muchas veces las criaturas se malogran y ocurren abortos y también partos prematuros de niños que tienen que vivir por un tiempo con tratamiento especial en incubadoras.

  • Los seres humanos son como la tierra o el óvulo (Lc. 8 :4-15), y la palabra de Dios es co­mo la semilla o el esperma. Al predicar el evange­lio el pecador está recibiendo una lluvia de semilla o esperma, esta entra a su mente y por el oír su vida recibe el factor de vida (Rom. 10: 14-15). Nuestro deber es dar el mensaje, el resto lo hará el Señor dentro de la persona. No todos lo reciben, pues no son óvulos fecundos, otros se malogran antes de nacer, y a algunos no le alcanza ningu­no.

Sin embargo en muchos entra el mensaje y lentamente se empieza a engendrar la fe, las bases para la nueva criatura ya están operando y empie­za la persona a entrar lentamente en una relación íntima con Jesús, empieza a experimentar el que­brantamiento y arrepentimiento y de pronto «el grito» confiesa a Cristo como Señor de su vida y nace de nuevo.

Toda vida antes de manifestarse se incuba, así también la palabra de Dios se tiene que incu­bar dentro del que la recibe y casi siempre es nor­mal, que el convertido desde el momento que recibió la palabra hasta el momento de confesar ha tenido un periodo de tiempo prudencial, sufi­ciente para entender y sentir la obra del Espíritu. Yo creo mucho en este tipo de conversión, en donde el pecador madura y después cae a los pies de Cristo. Algunos son difíciles, tienen problemas para nacer, quizás hay mucho temor o dudas o falta de seguridad y como el parto difícil, necesi­tan de ayuda. Otros se adelantan a la fecha, o sea nacen antes de tiempo, pero dan muchos proble­mas, pues actuaron muchas veces movidos por la emoción.

Algunos se malogran al nacer y no duran mucho en la nueva vida. El nuevo converti­do al confesar a Cristo recibe el Espíritu de vida y es hecho hijo de Dios como el aire en el niño al nacer. La vida del niño se expresa con ruido, gri­to, así como el nuevo convertido experimenta go­zo y alegría en su experiencia y a veces va acom­pañada de manifestaciones emotivas.

2-A. Desde el momento que nace un niño comienza la crianza, pues el recién nacido depen­de totalmente de su madre para poder vivir la primera etapa de su vida. Sin embargo, es bueno aclarar que muchas madres paren hijos y los aban­donan, por lo que son recogidos por alguien para criarlos o en último caso son llevados a un orfa­nato. El niño que al nacer cuenta con padres cariñosos y conscientes de su deber, se desenvol­verá en su crecimiento mejor que aquellos que tie­nen la tristeza de vivir en un orfanato.

Los padres deberán nutrir al niño con la leche de pecho o al faltar ésta, leche especial. Tiene que ser vigilado, nutrido, cargado y atendido totalmente por sus padres ya que no puede expresarse normalmente, aunque usa su mecanismo de llanto y grito para indicar lo que quiere.

2-B. Desde el momento que una persona acepta a Cristo comienza la crianza espiritual y debe depender para ello de alguien que lo cuide y enseñe. Recordemos que Pablo se expresa dicién­dole a los Corintios que él engendra en el evange­lio (1 Cor. 4: 15) vida dentro de ellos. La etapa más importante en la vida cristiana está al princi­pio, pues es cuando se pone el fundamento y se forma el carácter, y es necesario que dependa de una persona para que le alimente.

Esta le ense­ñará los rudimentos de la doctrina de Cristo (Hb. 6:1-3), que es la leche espiritual (Hb, 5:12; l Cor. 3:2; l Pedro 2:2), además de cuidarle y vigilarle, preparándole la «leche» de acuerdo a su capacidad y necesidad. Pero cuán triste es la realidad, la mayoría de las criaturas espirituales que nacen en Cristo no tienen padres, pues en nuestras campañas se paren muchas vidas, pero ¿qué hacemos para criarlos? Estas campañas son verdaderos hospitales de maternidad, con la dife­rencia de que quedan abandonados y carecen de padres por lo que los llevamos a la Iglesia, la cual es el orfanatorio de todos ellos.

Hoy yo me con­vierto, es un ejemplo, llego a la Iglesia y un her­mano me enseña algo, otro otra cosa, el pastor po­brecito, es el director del Orfanato, no puede di­vidirse y se esfuerza para desde el púlpito darnos leche y así crecemos en forma anormal. Es como que a un tierno lo críen varias madres y ca­da cual le de una leche diferente ¿Qué ocurrirá?

El recién nacido en Cristo depende de aquel que lo tome para enseñarle, guiarle y llevarle al punto de alcanzar la estatura de Cristo, este se convierte en el maestro, el miembro inmediato al cual se sujeta; el punto de enlace en el cuerpo que es la iglesia y del cual recibirá no sólo la enseñan­za sino también la ayuda y la comunión en todos los aspectos (1 Cor. 12:25-27).

Es por ello que considero que sin esta relación personal de vida formando vida, no podremos crecer ni en espíri­tu ni en número. Todo nuevo convertido necesi­ta, por fuerza, a alguien que lo enseñe (doctrine) lo anime (exhorte) lo corrija, lo socorra en los momentos de crisis, le de calor y se preocupe por él, no importe cómo le llamamos a esto, sea discipulado, conservación de vida, células, núcleos de formación, etc., el nombre no importa, lo que vale es la ejecución del concepto divino.

3-A. El crecimiento normal de un niño está determinado por dos factores: 1: La naturaleza; 2: la alimentación y el cuidado. Todo infante tie­ne su período de dentición, para caminar, hablar, etc. Los padres deben vigilar que la evolución del tierno esté dentro de las pautas lógicas del tiem­po. Puede ocurrir el caso que tenga algún proble­ma para hablar o se retarde al caminar debido a un susto, etc. sea lo que sea se debe ayudar a superar ese atraso en la mejor forma, corrigiendo el daño en lo que sea posible. Pueden también apare­cer anormalidades en su crecimiento, enfermeda­des contagiosas o por descuido, como la desnutri­ción, etc.

Por más prodigiosa que sea una criatura, su crecimiento está estipulado por el creador y cual­quier alteración en él mismo se puede considerar anormal, causando problemas o trastornos serios en el medio.

3-B. El nuevo convertido tiene que crecer en Cristo y aprender a vivir como cristiano en una forma lenta, según las leyes lógicas del crecimien­to. El maestro, como un padre, cuidará que apren­da a hablar, andar y actuar como cristiano según vaya creciendo. Es absurdo esperar que a los pocos días la nueva criatura en Cristo hable y an­de como «todo un cristiano» pues hay muchas co­sas que aprenderá con el crecimiento, pues ha en­trado a una nueva dimensión en su diario vivir.

La función del maestro no es formar un niño prodi­gio, o sea predicadores y líderes en poco tiempo. Existen muchos fenómenos de estos por ahí, gente que por venir del mundo con títulos e inte­lecto son puestas a predicar al poco tiempo, sin que hubiesen crecido bajo un padre y una forma­ción. La Biblia llama a los que son líderes sin cre­cer «NEOFITOS» (1 Tim. 3:6) o sea inexpertos en la palabra; y es que no puede existir un creci­miento sin depender de otro y experimentar un trato personal de Dios a través de la Palabra.

El maestro o padre espiritual debe dejar a su discípulo crecer sano y sujeto. No se le debe dar responsabilidad hasta que haya alcanzado madu­rez, hasta que por el crecimiento sepa ejercer su discernimiento entre el bien y el mal,»» pues ya es fuerte, come alimento sólo, y ha dejado la etapa de niñería (Heb. 5: 13-14). No importa los conoci­mientos humanos o teológicos que el nuevo con­vertido tenga al nacer, esto es obra de la natura­leza carnal pero no es base de la vida en Cristo, ya que el «conocimiento intelectual» de la pala­bra no da vida, sino el Espíritu y para nacer de nuevo tenemos que ser engendrados del agua y del espíritu a través de un trato personal de Dios por el cual adquirimos la nueva criatura que es la ima­gen de Cristo (Rom. 8:29).

Tenemos el ejemplo de Saulo, al convertirse, pese a sus muchos conoci­mientos, necesitó la ayuda de Ananías, des­pués la de Bernabé y por tres años aprendió y cre­ció entre los hermanos antes de ser un misionero o envangelista.

4-A. En la edad infantil notamos una serie de características muy típicas de la misma, es muy inquieto y a la vez sensible y crédulo. Tiene mu­chos rasgos de egoísmo, es celoso y caprichoso en sus relaciones humanas y desea siempre hacer o imponer lo que quiere, necesitando entonces la mano firme de los padres. Si a su hermanito le dan un caramelo rojo y el de él es verde, no importa que sean iguales en sabor, él siempre va a querer el del hermanito y va a pelear y llorar por ello. La etapa primera de la vida es la más críti­ca, pues los niños sufren cambios rápidos en su as­pecto sicológico, veamos:

De 1 a 3 años: etapa de capricho, egoísmo y celo.

Entre 3 y 5 años: etapa de fantasía y curiosidad

Luego de 5 a 7 años: etapa de preguntas y obser­vación.

4-B. En el nuevo convertido encontramos la agresividad del primer amor (Ap. 2: 4) ya que de­sea ganarse al mundo. No ve peligros, ni fracasos, todo lo ve hermoso y desea hacer mucho, todo lo cree y a todo se entrega en extremo pues es muy sensible. Tiende a ser muy celoso de lo que ha re­cibido y por ello fácilmente se enoja si no encuen­tra comprensión. Es por esa razón que el trabajo del maestro es arduo, pues tiene que controlar sus emociones, cuidarle su celo, detener su curio­sidad y agresividad y tratar de enseñarlo a domi­nar muchas características típicas de la niñez.

Por esta razón San Pablo compara la actitud del niño y el adulto en Cristo: el niño todo lo hace espontáneamente, sin pensar, por emoción y capricho, pero al ser adulto uno piensa más y actúa más por convicción y princi­pio (1 Cor. 13: 11).

Se considera a un cristiano niño cuando con­serva esas características típicas de la niñez que son: celos, peleas, caprichos, fantasía, etc. (1 Cor. 3: 1-6). La labor del «formador de vida» está en controlar los impulsos del nuevo conver­tido mediante la enseñanza y la autoridad. Debe vigilarle en sus relaciones con otros cristianos que lo pueden inducir a experiencias nega­tivas que lo frustren o mal acostumbren, pues uno es siempre el reflejo del medio. (Continuará)

Mario E. Fumero es el director de Brigadas de Amor Cristiano con sede en Tegucigalpa, Hon­duras. El artículo que publicamos es nacido de sus muchos años de experiencia como pas­tor y líder en la obra del Señor.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo Vol 3-Nº 7 junio 1980.