Hay dos senderos por delante: el camino del Padre y nuestra ventaja personal.

Cuando el profeta Isaías dijo: «Todos noso­tros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53 :6), creo que no sólo se refería a la humanidad que se había apartado de Dios, sino también a nuestra tendencia de volver toda situación para nuestra propia ventaja. Desde Adán y Eva en adelante, buscar nuestra ven­taja personal ha sido parte de nuestra naturaleza.

Jesús mismo tuvo oportunidades de aventajar­se, especialmente en dos ocasiones. Una, en Mateo 4, su tentación en el desierto, y la otra en Juan 12 cuando los griegos pidieron ver a Jesús. Su respues­ta en estas dos circunstancias, nos dan un ejemplo bien claro de cómo sobreponerse a esta tendencia.

El enemigo vino en el desierto y puso varias tentaciones frente a Jesús. La primera fue querer hacerlo usar el poder de Dios para convertir las piedras en pan. El rehusó diciendo: «Escrito está:

No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda pa­labra que sale de la boca de Dios.» (Mt. 4:4).

La segunda tentación poderosa fue instarlo a que saltara del pináculo del templo para impre­sionar a todo el mundo con una demostración teatral de la protección de Dios sobre él. Nuevamente Jesús resistió diciendo que nunca tentaría a Dios el Señor. Su deseo no era sobresalir llaman­do la atención a él mismo, sino acomodarse a lo que Dios estaba haciendo.

La tercera tentación, más sutil, pero igualmen­te poderosa, fue la oferta de Satanás de darle los reinos de este mundo si se postraba y lo adoraba. De nuevo el Señor se mantiene firme y dice: «Al Se­ñor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Mt.4: 10).

Tentación a mitad de la carrera

La mayoría de nosotros los cristianos hemos escogido, por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, resistir estas tentaciones y buscar el rostro del Señor para caminar con él. Pero tarde o temprano llegaremos como Jesús a la próxima prueba, que he llamado la tentación a mitad de la carrera. Algo bien difícil de resistir.

La situación con Jesús es que había vencido en la prueba inicial en el desierto y estaba tenien­do éxito en su ministerio. Dios lo estaba usando y se adelantaba hacia su meta. Es en este punto que ciertos griegos vienen a buscarlo. Juan lo relata de esta manera:

Había ciertos griegos entre los que habían su­bido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acer­caron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; en­tonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús (Juan. 12:20-22).

Un comentarista bíblico sugiere que estos hombres eran embajadores que venían a pedirle a Jesús que fuera a Grecia para enseñar en esa na­ción. De cierto había un rumor en ese sentido que circulaba entre los judíos (vea Juan. 7:35).

Frente a la tormenta

Imagine la escena en Israel cuando estos grie­gos vinieron. Si hubiésemos estado allí, habría­mos visto que los líderes religiosos judíos estaban a punto de tomar acción contra Jesús. Los griegos pudieron haberse dado cuenta de la situación al llegar a Israel, ver la tormenta cerniéndose, y pen­saron: «Invitemos a Jesús para que venga a nues­tra tierra. Si él accediera, nosotros no lo rechaza­ríamos como lo hacen estos. Las multitudes res­ponderían a su enseñanza y el tendría libertad de exponer lo que está en su corazón.»

Creo que Jesús estaba frente a todos los ele­mentos de una crisis a mitad de su carrera: la op­ción de obedecer a Dios, lo que significaba sufri­miento y muerte, o escapar con una ventaja personal. Por un lado está la invitación de ir a Grecia y disfrutar la aclamación y reverencia de un gran maestro. Por otro, podía quedarse donde estaba y enfrentar las consecuencias inevitables de la tormenta que se avecinaba. La disyuntiva es bien cIara. la ventaja personal o la voluntad de Dios en la cruz.

La respuesta de Jesús revela su asesoramiento correcto de la situación:

Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará … Ahora está turbada mi alma.» (Jn. 12:23-25,27).

«¡Ahora está turbada mi alma!» La mayoría de nosotros hemos experimentado una situación semejante. Estamos frente a una crisis, y la paz de Dios es perturbada dentro de nosotros. Sentimos algo batiéndose adentro y nuestra alma se inquieta porque tenemos que hacer una decisión. En la realidad de la vida humana hay una decisión que tenemos que hacer todos los días de seguir a Jesús. Y no nos gusta enfrentarnos a decisiones semejantes, especialmente cuando escoger el camino de Dios significa un sacrificio de nuestra parte. Es muy lamentable que el cristianismo de muchos no tiene cruz. La fe que se presenta lleva una ventaja personal. Se nos dice que «aceptemos al Señor» con ofrecimientos de lo que él hará por nosotros. Pero la cruz es inevitable si caminamos con Dios.

Cuando enfrentemos decisiones entre la cruz y una salida fácil, recordemos la respuesta de Jesús a los griegos. Una buena paráfrasis de su respuesta sería esta: «El que ama su vida, como estos griegos me piden que haga, la perderá; y el que aborrece su vida como el Padre me pide que haga, para vida eterna la encontrará «

Un ofrecimiento sutil

Tenemos que darnos cuenta que muchas veces la oferta es tan sutil que no nos damos cuenta de las implicaciones de la decisión.

Conozco a un joven trabajador a quien su compañía le ofreció un ascenso en otra parte del país. Su alma se turbó por la elección que tenía que hacer: quedarse allí y en la comunidad cristiana a la que pertenecía, o mudarse a otra zona con un aumento de salario de doce mil dólares más al año, además de otros beneficios. Aunque sentía que la voluntad de Dios era quedarse, la decisión que tomó fue la de amar su vida y mudarse, a pesar de todo lo que Dios estaba haciendo en su vida.

Después de cuatro meses de caminar contra la voluntad de Dios, el joven comenzó a secarse espiritualmente. Finalmente se presentó delante de su jefe y le dijo: «No puedo quedarme más aquí.»

«No sabes lo que dices,» respondió su jefe.

«Si regresas perderás esto y eso y aquello … » «¿Adónde firmo?» preguntó el joven escogiendo «perder su vida» y regresar a lo que él sabía era la voluntad de Dios.

Glorifica tu nombre

Hay dos oraciones que podemos hacer, de acuerdo a la respuesta de Jesús a los griegos: «: ¿Y  qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» Juan. 12:27-28).

Note la diferencia entre las dos oraciones:

«Padre, sálvame de esta hora» y «Padre, glorifica tu nombre.»

La elección es por una de las dos oraciones y Dios responderá a la que hagamos. Yo he orado para que el Señor me saque de situaciones en las que he estado bajo grandes presiones y él lo hizo. Pero si tuviera que hacerlo de nuevo, diría: «Padre, glorifica tu nombre.»

Recuerdo las palabras del Señor en el huerto cuando uno de sus discípulos sacó su espada para impedir el arresto de Jesús:

«Vuelve tu espada a tu lugar; …. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?» (Mt. 26:52-3).

Jesús pudo haber orado y el Padre lo pudo haber librado de la crucifixión; pero en su lugar escogió «beber la copa» que el Padre le ofrecía (vea Juan. 18: I 1 ).

Una vida productiva

No podemos ayudar a otros sin morir nosotros. No podemos bendecir sin sangrar. Es imposible. Si pasamos la vida de escape en escape, evitando el sufrimiento, llegaremos al final sin profundidad y como un grano de trigo estéril. Quien busca salvar su vida continuamente, termina solo. Si queremos tener una vida productiva en la comunidad del pueblo de Dios, como está descrita en el Nuevo Testamento, nuestra oración deberá ser: «Padre, cualquiera que sea el precio, glorifica tu nombre.»

Cuando el nombre de Dios es glorificado, él sabrá cuidarnos, pero no para que nos traiga ventaja personal. Más bien es para su ventaja y la de su reino. Lo que más me anima en esta historia es la respuesta del Padre al Hijo: Después de su oración, «glorifica tu nombre», los cielos se abrieron y la voz del Padre se oyó: «Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez» (Jn. 12:28). Yo no sé si Dios nos respondería así, directamente a nosotros, pero mi deseo es tener esa confirmación. Si el pueblo de Dios orase desde lo profundo de su corazón:

«Padre, glorifica tu nombre,» yo creo que de alguna forma el cielo se abriría y el Padre nos diría lo que está en su corazón para que nosotros le traigamos gloria en la tierra.

El Señor nos ayuda de cinco maneras para hacer esta oración. Primero nos envía su Espíritu para que oremos como debemos. Pablo dice en Romanos 8: 26: «De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos.»

Segundo, Dios nos ha dado su palabra escrita.

Por ella vemos lo que es sólo ventaja personal y lo que es la voluntad de Dios. Doy gracias a él que Jesús se quedço en Jerusalénpara enfrentarse al juicio y a la cruz, aunque pudo haberse ido cómodamente para Atenas.

Tercero, tenemos la comunidad de los redimidos donde nuestras debilidades y fortalezas son compartidas con los otros miembros del Cuerpo de Cristo. El apoyo que recibimos allí, es más eficiente que nuestra fuerza humana e independencia.

Cuarto, el Señor nos ha dado la Santa Cena. El pan y el vino nos fortalecen espiritualmente y

nos capacitan para orar debidamente como lo hizo Jesús.

Finalmente, el Señor nos ha dado a sus siervos. En Juan 13 :20, Jesús dijo a sus discípulos:

«El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí.» Dios nos envía su gracia a través del liderazgo de la iglesia. Debemos abrirnos a los que velan por nosotros en el Señor y estar dispuestos a caminar juntos con el pueblo de Dios.

Llevando la cruz

Si estamos caminando con el Señor, la invitación de irnos por donde saquemos ventaja personal se nos presentará. El camino será más fácil. Siempre hay un camino más fácil, pero no esperemos obedecer la voluntad de Dios por un camino donde no haya cruz.

Cuando Cristo vino a mí, llevaba una cruz. Cuando yo decidí seguirlo tuve que tomar la cruz. Debemos desear la cruz de Cristo para que cuando venga la prueba podamos entregar nuestra ventaja personal prefiriendo la ventaja del Señor y de su pueblo. La fuerza para lograrlo es sobrenatural, sólo el Espíritu de Dios lo puede hacer en nosotros.

La gran desgracia del hombre es que está solo y aislado por su individualismo. Prácticamente todos buscan su ventaja personal. Si no nos rendimos, si no caemos en la tierra y morimos, la soledad continuará. Debemos aprender a tomar la cruz de Cristo para morir a nuestros propios deseos y hacer a un lado la ventaja personal. Si hacemos eso y oramos «Padre, glorifica tu nombre,» la afirmación del Padre será nuestra recompensa.

Si el pueblo de Dios orase desde lo profundo de su corazón: «Padre, glorifica tu nombre,» yo creo que de alguna forma el cielo se abriría y el Padre nos diría lo que está en su corazón.

Dos veredas divergían en el bosque, y yo tomé la menos transitada, y es la que ha hecho toda la diferencia.

Robert Frost,

Bob Munford se graduó del Seminario Episcopal Reformada de Filadelfia, E.U.A. Sirvió como decano del Instituto Bíblico Elim y como pastor evangelista y conferenciante. Fue miembro de la Junta Editorial de New Wine.