
Por Des Evans
Calidad y consistencia en la comunicación con Dios
Durante los últimos veinte años, Dios me ha estado enseñando ciertos patrones bíblicos muy saludables para la oración. He visto, con creciente claridad, que el Señor desea consistencia y calidad en la vida de oración de los cristianos. Un incidente que acaba de ocurrir en nuestro hogar hizo salir a la luz este principio. En el cielo raso del pasillo tenemos un cordón colgando de la compuerta que va al desván. Cuando camino por el pasillo, puedo tocar el cordón con mi cabeza, pero mi hijo menor tiene que tomar impulso y saltar para alcanzarlo. A veces tiene éxito y a veces no. Un día, saltando, logró tocarlo tres veces seguidas y me volvió a ver diciéndome: » ¡Lo puedo hacer igual que tú, papá! Puedo tocarlo cada vez que lo intento».
No quise desilusionarlo, pero le dije: «Hijo, hay una gran diferencia entre tocarlo con la cabeza cuando pasas por debajo y tocarlo sólo porque saltaste.»
Lo mismo sucede con la oración. La calidad de mi vida de oración no se mide por las veces que yo, por la fe, salto más arriba de lo usual; aunque sí estoy agradecido por las ocasiones en que logro tocar algo más allá de mí. Mi vida de oración debe ser evaluada de acuerdo con mi disposición cotidiana; si estoy o no, por su gracia, tocando a Dios en forma consistente.
El Nuevo Testamento menciona varios niveles en la oración. Quiero compartir siete categorías que significan mucho en nuestro andar con el Señor.
La oración común
Al primer nivel lo llamo la oración común, particularmente porque soy de las Islas Británicas, donde tenemos, en nuestra iglesia estatal, un sistema de liturgia que se llama la oración común. Citar las oraciones de los santos es hermoso y bíblico. Cuando el pueblo de Israel se reunía para dar gracias al Señor, recordaba su fidelidad citando salmos y otros pasajes tradicionales. Pedro y Juan iban al templo a la hora de la oración común. Los discípulos pidieron a Jesús que les diera una oración común y él les dio lo que nosotros llamamos el Padre Nuestro.
Los padres devotos todavía enseñan a sus hijos a orar. Los enseñamos a dar gracias antes de las comidas y a hacer una oración devocional antes de acostarse. No hay nada malo en eso. La tragedia es que para mucha gente este es su único modo de orar. Es necesario que la Iglesia entre en otros niveles de oración, además de la oración común.
La oración conversativa
Llamo al segundo nivel de oración, conversativo. Tiene que ver con la palabra griega que significa «rogar.» Juan 4:31 dice: » … los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, ¡come!» El Señor mismo usó la oración conversativa, en Juan 14: 16, cuando les dijo: » … yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador … «
La oración conversativa es simplemente dialogar con Dios, con naturalidad en las palabras y en el tono. El Señor no se impresiona con la «vibración religiosa» de nuestra voz. Él nos invita a venir ante él como niños a su padre. Cuando mi hijo habla conmigo, no cambia su voz y dice algo así como: «¡Oh, poderoso papá!» El usa su lenguaje cotidiano. En nuestra vida de oración, es importante hablar con Dios como con un amigo, compartiendo con él nuestros temores, nuestras esperanzas y nuestras frustraciones.
La oración comunicante
La tercera clase de oración se representa por la palabra griega usualmente traducida como “deseo» o «querer». El ejemplo clásico se encuentra en III de Juan 2, donde el apóstol escribe a Gayo, su hermano amado en el Señor: «Yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.» Debemos recordar que aquí Juan no está haciendo una promesa; simplemente está mostrando su interés hacia su hermano querido. Literalmente, lo que Juan está diciendo es: «Te deseo bien, amado hermano.»
Cuando un padre dice a su hijo: «Que pases un buen día», no está garantizando que todo irá bien, porque sólo Dios tiene esa prerrogativa. Está expresando su deseo de esta manera: «Mis oraciones están contigo hoy, para que te vaya bien.» Este tipo de oración es una expresión viviente del amor cristiano.
La oración compulsiva
El cuarto modo de oración es la compulsiva. Literalmente, es el derramamiento ferviente de nuestros deseos. Es casi siempre mucho más intenso que el nivel anterior. En Marcos capítulo 9, Jesús subió al monte con tres de sus discípulos. El ascenso debió ser bastante difícil, porque cuando llegaron a la cumbre, los discípulos se durmieron. Sin embargo, Jesús empezó a orar, a pesar de su agotamiento: una indicación de la prioridad que él daba a la oración. Después, en Getsemaní, cuando Jesús oraba, ellos se durmieron otra vez. ¿Qué tipo de oración esperaba el Señor de ellos, en estas ocasiones?
El Señor no esperaba que recitaran algún lindo poema. Tampoco que se enfrascaran en una conversación o que le desearan bien. Cuando el Señor despertó a Pedro, a Jacobo y a Juan de su sueño y les preguntó: «¿No habéis podido velar conmigo?» Realmente les preguntaba: «¿No pudieron ‘derramarse’ por mí por lo menos durante una hora?» Él quería que de lo profundo de su interior algo se elevara en favor suyo. Pero ellos nunca aprovecharon la oportunidad.
Esa es la clase de oración que Jesús espera de sus seguidores. Sin embargo, es una denuncia trágica contra la Iglesia: que a menudo hemos dormido cuando la seriedad de la situación demandaba que estuviésemos alertas en oración.
La oración creativa
La oración compulsiva eventualmente nos conduce a la quinta forma, la oración creativa. Jesús fue transformado y transfigurado cuando oraba en el monte. Así será con nosotros cuando entremos plenamente en la oración. En nuestro interior algo sucede para su gloria. La oración creativa es el proceso de dar a luz, que Pablo describe en Romanos 8:26: «el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» Doy gracias por todas las otras formas de oración, pero tiene que llegar el momento dentro de nosotros cuando ocurra una liberación dinámica del Espíritu, un fluir de un lenguaje nuevo en la oración, que tenga la energía para producir obras creativas a través de nosotros y más allá de nuestro entendimiento.
Pablo dijo: «Oraré con el espíritu» (l Cor. 14:15). Encarando circunstancias adversas como lo hizo, seguramente no siempre sintió ganas de orar. Pero oró, porque era necesario; porque la oración tenía el poder de cambiarlo a él, aunque el Señor no cambiara sus circunstancias. Estamos ante un mundo que desesperadamente necesita cambiar. Por eso es preciso orar. Si hay un tiempo en que la Iglesia debe estar orando creativamente, ese tiempo es hoy.
La oración correctiva
La oración correctiva, la sexta forma, es a la que generalmente llamamos intercesión. Intercesión significa «intervenir», «mediar por otro,» como un subordinado ante su superior; como cuando uno se presenta ante el rey.
La palabra hebrea traducida por intercesión tiene varios matices en su significado. Uno de los más pertinentes es el que se aplica para establecer un lindero. Esta palabra se usa seis veces en Josué capítulo 19. En el verso 11, por ejemplo, dice: «su límite sube hacia el occidente a Marala y llega hasta Dabeset, y de allí hasta el arroyo que está delante de Jocneam.» La intercesión se relaciona directamente con «límites» o «demarcaciones».
En los últimos años hemos visto al mundo invadir el territorio de Dios, y lo hemos aceptado como cosas de la vida. Pero debemos reconocer que tenemos el privilegio, el derecho, la responsabilidad de fortalecer y extender los límites del reino de Dios. Como Sansón, podemos echar nuestro peso sobre las dos columnas y decir: «Señor, una vez más, déjame extender estos límites. Déjame sacudir estas columnas, y si eso significa que la casa me caiga encima, que así sea para tu gloria.» (Vea Jueces 16:28-30).
Ya es hora de que la Iglesia se levante y diga: «¡Basta ya! Has ido demasiado lejos, Satanás. Con la ayuda del Señor vamos a invertir tu progreso en el mundo.» Hay una claridad en el horizonte, una esperanza que empieza a amanecer, porque la Iglesia se da cuenta de que la oración sí cambia las cosas. Nuestro Señor desea que su Iglesia sea la cabeza y no la cola; que produzca algunas respuestas creativas para los problemas de nuestro sistema mundial. Estoy convencido de que uno de los medios más grandes para producir esa respuesta es la intercesión.
La oración suplicante
Otra palabra que describe la oración se nos presenta como la séptima forma: la súplica. Hebreos 5: 7 describe la oración del Señor Jesucristo en el huerto así: «ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas.» Necesitamos entender, sin embargo, que, en su súplica, el Señor no estaba buscando una manera de escapar. No buscaba una salida. Más bien buscaba la entrada. En el momento preciso que encaraba el prospecto de la cruz con toda su crueldad, amargura y vergüenza, pudo ver también los propósitos eternos del Dios Todopoderoso. Miró hacia atrás en la eternidad pasada, sabiendo que él era el Cordero de Dios inmolado desde antes de la fundación del mundo, y oró así: “Si no hay otra alternativa, entonces tu voluntad sea hecha.» (Mat. 26:39).
La súplica implica mirar más de lo que se ve con la vista natural. En la carta a la iglesia de Filipos es evidente que Pablo había estado suplicando por ellos (Fi1. 1:4). Como resultado, pudo ver el propósito divino para ellos, porque dice triunfalmente: «Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1 :6). Más allá del «ahora» de las limitaciones humanas, Pablo estaba viendo la situación desde una perspectiva divina.
Sería fácil que la Iglesia se conformara con lo mediocre, que aceptara lo ordinario, que fuera como algunas de las tribus de Israel que tenían tierra al oriente del Jordán y estaban satisfechas, aunque no estaban todavía dentro de la tierra prometida. Pero hay algo grande reservado para la Iglesia, mucho más grande de lo que jamás nos hayamos imaginado en los momentos más gloriosos de nuestra inspiración.
La oración es uno de los medios para liberar la alternativa divina. No nos atrevamos a aceptar algo inferior. El enemigo nos ha retado; ha tirado su guante al suelo. Se ha infiltrado en nuestro territorio, ha saboteado la dignidad de la vida y ha sitiado nuestra tierra.
La iglesia tiene que abundar en súplicas hoy, viendo más allá de lo normal, más allá de sus deseos, más allá de sus frustraciones y temores, hasta que capte los propósitos que Dios tiene en mente y responda que «su voluntad sea hecha, no la nuestra.»
La oración trae la victoria
Hace dos años, el Señor me retó a diezmar mi tiempo para orar. Mi mente carnal respondió: «Debes estar bromeando, Señor. ¿Quieres que aparte dos horas diarias para orar?» Pero enseguida sentí que el Espíritu me preguntaba cuánto tiempo estaba dedicando para mi propio placer. Esta inquietud me vino en momento muy oportuno, pues acababa de terminar un juego de 36 hoyos de golf. El Señor me había acorralado perfectamente para que aceptara el reto de diezmar mi tiempo de oración. Consecuentemente he llegado a entender el poder de la oración y también que el tiempo pasado en oración no es tiempo perdido. De la misma manera que el Señor fue transformado y transfigurado mientras oraba, así también el Señor nos cambiará y nos transformará, al relacionarnos con él en la oración.
La victoria que Dios ha prometido viene cuando hacemos algo más que saltar ocasionalmente para «tocar el cordón» de su poder con nuestra mano extendida. La oración excelente se da cuando tocamos el corazón de Dios con calidad y consistencia, mientras clamamos a Dios desde el fondo de nuestro corazón, «Señor, enséñanos a orar.»
Des Evans nació en Galesy. Ha sido pastor por más de 30 años en Europa, Australia y los Estados Unidos.
Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol.- 6-nº 2 -agosto 1985