Por Bruce Longstreth

Somos producto del diseño creativo del Dios del universo y tenemos la oportunidad de hablar con el diseñador.

Saber quiénes somos ante Dios nos da confianza en la oración.

La hora final se acercaba. Jesús reunió a sus discípulos para su última cena con ellos, consciente de que estaba a punto de ser traicionado por uno de sus asociados, negado por un amigo íntimo y crucificado por algunos que habían estado en la multitud que él había alimentado la semana anterior. Veamos có­mo respondió el Señor ante se­mejante crisis. Con mucha calma tomó una toalla, se la ciñó y lavó los pies de los discípulos.

¿En qué descansaba Jesús pa­ra mantenerse en una actitud hu­milde y ecuánime, en este mo­mento de presión tan tremenda? La respuesta se encuentra en dos palabras: «Sabiendo Jesús». Las Escrituras dicen:

… sabiendo Jesús que su ho­ra había llegado … que el Pa­dre le había dado todas las cosas en las manos, y que ha­bía salido de Dios, y a Dios iba … (Juan 13: 1,3).

Saber quiénes somos ante Dios es la clave para nuestra con­fianza y para tener con él una comunión valiosa en la oración. Si constantemente nos estamos viendo como seres despreciables, miserables y sin valor, entonces nuestros intentos de acercarnos a Dios, el Padre, serán tímidos e inseguros. Pero si conocemos nuestro origen y nuestro destino en Dios, la oración para nosotros se convertirá en una oportunidad para tener comunión, en vez de ser una tarea monótona. Saber quiénes somos nos anima a res­ponder a la invitación de orar con un sentido renovado de expectación y de confianza.

¿Quiénes somos?

Isaías nos ayudará a vernos con los ojos de Dios, en el capítu­lo 43, los primeros dos versículos: Ahora así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y formador tuyo oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.

Este pasaje nos da cierta idea de lo importante que somos ante Dios. Hemos sido creados, forma­dos, redimidos, nombrados, acep­tados y unidos por Dios. Por to­do esto tenemos una gran opor­tunidad de tener comunión con él en oración. Somos producto del diseño creativo del Dios del universo y tenemos la oportuni­dad de hablar con el diseñador. Podemos tener mayor conoci­miento de quiénes somos exami­nando brevemente estas seis ex­presiones de Isaías.

Primero, Dios nos creó a cada uno de nosotros. Dios dijo: «Sea la luz» y fue la luz. También creó a cada individuo en el cuerpo de creyentes que forman la Iglesia. Cuando me acerco a Dios, lo hago consciente de que jamás habrá, como no hay, ni hubo antes, otra persona exactamente como yo. Soy único en mis ex­presiones delante de mi Hacedor, y el Padre se deleita con su crea­ción única. Por eso no intento fingir que soy otra persona. Me acerco a él tal y cual soy y él se deleita en mí.

Formados con propósito

Lo que Dios creó con su pala­bra, también lo formó para que cumpliera con su propósito. En Filipenses capítulo 3, Pablo ha­bla de olvidar las cosas que están atrás para extenderse hacia ade­lante en cumplimiento del pro­pósito pleno de Dios para su vida. Pero la realidad es que todo lo que quedaba atrás ha­bía colaborado para formarlo en la persona que Dios usaría en su reino.

El testimonio de cada uno de nosotros es diferente. Cada criatura de Dios ha sido forma­da individualmente por el Señor, para un propósito especí­fico. Cuando me dirijo al Padre en oración, reconozco que él me ha creado y acepto las influen­cias que han dado forma a mi vida como parte de su plan para mí. Estoy consciente de que Dios se ha tomado el trabajo de en­causarme en sus caminos.

Un tercer aspecto de quién soy en Dios, que aumenta el valor de mi vida de oración, es que, al descarriarme, él me com­pró de nuevo. La redención no es sólo un acto de Dios en favor mío, que ocurrió una vez y para siempre. La redención es la actitud de Dios hacia mí durante toda mi vida.

Muchas han sido las veces que el Señor ha tenido que redi­mirme, como lo hizo con Jonás cuando estaba en el vientre de la ballena; porque siendo hijo suyo, quise irme por mi propio camino. De la misma manera que Israel estuvo cautiva en Babilonia y fue redimida y  llevada de regreso, yo he sido comprado de nuevo y sacado de situaciones de cautivrio, que habían sido el resultado de mi propia rebelión contra su propósito para mi vida.

¡Qué privilegio más grande tenemos al acercarnos al Padre como seres redimidos! El recono­cimiento de su redención elimina cualquier presunción o arrogan­cia de nuestra boca, dejando sólo gratitud por sus actos redentivos y por su actitud hacia nosotros.

Nos dio su nombre

La confianza que tenemos de nuestra identidad en Dios es afir­mada aún más cuando continua­mos leyendo Isaías 43: «Te puse nombre». Dios no sólo nos cono­ce por nombre, sino que nos da su nombre. Apocalipsis 3: 12 di­ce: «Al que venciere … escribiré sobre él el nombre de mi Dios».

Israel fue el nuevo nombre que Dios le dio a Jacob después de su lucha en Peniel (vea Géne­sis 32:28). Anteriormente, Jacob se caracterizaba por ser un enga­ñador y un manipulador intri­gante, como quien contiende en la «carne» por intereses huma­nos. Su nuevo nombre significa «que lucha con Dios» y de ese día en adelante, su lucha por él y su nación sería, ya no en la car­ne, sino en el espíritu.

Dios nos ha puesto su nom­bre para que hagamos guerra en el espíritu. «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos». (Zac. 4:6). Nuestro nombre es según el Espíritu y no según la carne. Es importante que lo se­pamos cuando nos acercamos al Padre en oración. Si Dios nos ha dado su «nombre de familia», también tenemos la oportunidad de interesarnos en oración por los «asuntos de la familia» en el ámbito espiritual, donde no lu­chamos contra carne y sangre, sino contra principados espiritua­les (Ef. 6: 11).

«Mío eres tú»

Otro aspecto importante del cual debemos ser conscientes es que no podemos encontrar en ningún otro lugar de esta vida, otro punto de aceptación total como en el tiempo que pasamos en oración, porque Dios dice en Isaías 43: «Mío eres tú».

La oración es el lugar donde soy recibido tal y como soy. Es un grato oasis que contrasta con el sistema mundano, don­de la gente es clasificada en categorías de «aceptados» y «rechazados». Muchas veces, por­que Dios no ha escogido a los fuertes, poderosos o sabios, nos sentimos rechazados. Pero tan pronto entramos en ese lugar de oración, oímos al Señor decir:

«Eres mío». Es lamentable que, por alguna razón malévola, mu­chos de nosotros preferimos pa­sar más tiempo en un ambiente que nos rechaza continuamente que en el lugar donde Dios nos habla de su aceptación, el de la oración.

El aspecto final en nuestra comprensión de quiénes somos en la oración, es quizás el mejor de todos. En la oración encontra­mos la constancia del amor de pacto de Dios para nosotros. Allí nos asegura él que «no importa cuál sea nuestra situación, él está con nosotros».

El compromiso de Dios hacia nosotros se puede comparar con el del diseñador de una embarcación, quien después de crearla y construirla, pone su nombre en ella y dice: «Tengo tanta con­fianza en lo que he hecho, que cuando sea lanzada al mar, yo estaré a bordo».

A través de todo

Esta es la palabra final que oímos al salir de estar en su pre­sencia cuando oramos: «Yo esta­ré contigo donde quiera que va­yas. En las aguas, en el fuego, en la tormenta, en las pruebas, no importa lo que sea, Yo estaré contigo. Tengo confianza en lo que he hecho. Te he diseñado para este momento de la historia. Lo lograrás porque yo estaré allí contigo».

He recibido grandes bendicio­nes al saber mi lugar en el propó­sito eterno de Dios. El me formó; soy único. Me hizo para este mo­mento en la historia. Me compró a mis tiranos cuando, a causa de mi rebelión, me desvié. El me dio el nombre de su familia y dice a mi espíritu, a menudo golpeado:

«Eres mío y te amo». Y en la oración promete ir conmigo a través de toda prueba, no importa cuán severa sea ésta. Es­pero que como resultado de conocer estas maravillosas verda­des y de caminar en ellas, un día se diga de mí: «Fue un hombre que sabía quién era en Dios, y estaba a menudo en oración, aprovechando la oportunidad ma­ravillosa de tener comunión con el Padre».

Bruce Longstreth es un pastor que reside en Mobile, Alabama.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 agosto 1985