Por Terry Law

De la misma manera en que David mató a Goliat, nosotros también podemos vencer

a los «gigantes» que nos retan.

Este artículo de Terry Law, es el último de una serie sobre el papel de la alabanza y la adoración en la guerra espiritual. En el primer artículo se presentaron tres armas espirituales que Dios ha dado a sus hijos (la palabra de Dios, el nombre de Jesús y la sangre de Jesús) y los cuatro «cohetes» que los impulsan (la oración, el testimonio, la proclamación o pre­dicación, y la alabanza juntamente con la oración). En el segundo artículo conocimos cómo llegan estas armas hasta los cielos, desde donde recibimos ayuda sobrenatural para pe­lear nuestra batalla espiritual. En este articulo conoceremos la manera de poner estos princi­pios a funcionar para que nos ayuden a con­quistar los «gigantes» que cada uno de noso­tros tenemos que enfrentar.

La batalla de David y Goliat en 1 Samuel capítulo 17, ha sido siempre uno de mis mensajes favoritos. Es emocionante percibir, en el corazón de este muchacho, la fe que le ayudó a derrotar al más formidable campeón militar de su época. Pero siempre hubo una pequeña pregunta que me quedaba de este mensaje: ¿De dónde sacó este adolescente semejante fe? Y si él pudo hacer­lo en tiempos del Antiguo Testamento, ¿podemos hacerlo también nosotros hoy? ¿Podemos descu­brir los principios que operaron en su vida y apli­carlos a la nuestra, para que nos traiga la misma clase de victoria en la confrontación de nuestros gigantes hoy?

Creo que podemos; es más, pienso que la ra­zón que tuvo Dios para incluir la historia de David en el Antiguo Testamento, fue enseñarnos algunos principios de la guerra espiritual en nuestra lucha de hoy.

Preparado por Dios

Un día en que estaba leyendo el capítulo ante­rior a la historia de David y Goliat, encontré la respuesta a esa inquietante pregunta. Comprendí de dónde venía la fe de David. La respuesta tiene que ver con el lugar donde David estaba cuando Dios lo levantó. Cuando Samuel vino para ungir a David como rey, él estaba en el campo cuidando ovejas; no era exactamente el lugar donde la gente buscaría a un rey. Pero veamos lo que acontecía mientras David estaba con las ovejas, y la manera como Dios lo preparaba para lo que se avecinaba.

Creo saber cómo se debió sentir David. Cuan­do yo era un joven pastor en Canadá, tenía que viajar ochenta kilómetros todas las semanas para ministrar a una pequeña congregación de veinti­cinco personas. Me pasaba días orando y ayunan­do, buscando el rostro de Dios, diciéndole cuánto anhelaba llevar su mensaje a las multitudes y ver­los liberados por su gran poder. Pero tenía que ser fiel en el lugar donde Dios me había puesto y continué sirviéndole en esa pequeña congregación. Esa era la manera como Dios quería prepararme.

Igualmente, David, a quien Samuel ya había ungido para que fuese el futuro rey de Israel, continuó cuidando las ovejas, obedeciendo a Dios en todo, esperando el tiempo cuando sería rey de Israel. Debió serle muy difícil emocionarse cuando pensaba en su unción real; no hay nada más exasperante que cuidar ovejas sin sentido. No obstante, David estaba haciendo algo allí: se estaba preparando para ser usado por Dios.

El compromiso de David en la alabanza

Mientras David estaba en los pastizales, se entretenía tocando el arpa. Es posible que escribiera sus mejores salmos mientras pastoreaba las ovejas. Pienso que, sobre toda otra cosa, en su tiempo de preparación, Dios estaba revelando a su corazón de muchacho, los principios de la alaban­za y la adoración y la prioridad que debía darles en su vida.

Si se quiere descubrir de qué está hecho un hombre, escudriñe lo que escribe, porque allí están presentes los elementos que lo componen. En el Salmo 61: 8, David escribió el secreto de su gran fe y valor: «Así cantaré tu nombre para siempre, pagando mis votos cada día». David es­taba descubriendo los principios que rigen en la guerra espiritual y que nosotros mencionamos en los primeros dos artículos. El arma de David era el nombre de Dios, y la lanzaba con el canto o la alabanza. Donde dice «pagando mis votos cada día», indica su compromiso de alabar a Dios to­dos los días de su vida, haciendo de la alabanza una disciplina espiritual.

Debemos llegar a un punto en nuestra vida, donde hagamos un compromiso de alabar. La ala­banza es tan importante como el estudio de la Biblia, como memorizar las Escrituras y como la oración. La verdad es que no podemos orar bien sin entender primero la alabanza. Cuando esta­mos alabando a Dios, entramos en su presencia, el lugar donde él nos quiere. Y allí es donde suce­den inevitablemente los milagros. La clave para alcanzar la fe que hace milagros, como la de David, descansa en la alabanza, porque la alabanza es el máximo acto de fe.

La fe más grande que yo haya ejercido jamás vino después de la muerte de mi esposa, cuando estaba enojado con Dios, herido, con el corazón deshecho. En medio del dolor me esforcé por de­cir: «Bendeciré al Señor, y le alabaré». No sé de ningún otro momento en mi vida en el que una fe tan pura me trajese al punto de la obediencia, sin sentir nada. Así es la fe. Después de esto fue cuando Dios comenzó a llevarme a un ministerio mundial.

Goliat reta a Israel

Alabando a Dios, David se estaba preparando, mientras estaba en el campo, hasta que llegó el día en que estuvo listo para entrar en acción, pre­cisamente cuando Israel estaba sumida totalmen­te en guerra con los filisteos. Los hermanos mayo­res de David, Eliab, Abinadab y Sama habían esta­do ausentes de la casa por cuarenta días, peleando con los ejércitos de Saúl, y su padre Isaí, envió a David para que les llevara un poco de queso y otras provisiones. En el preciso momento en que encontró a uno de sus hermanos en el campo de batalla, se escuchó uno de los gritos más pavoro­sos que jamás habían oído en sus vidas, dejando a todos congelados de miedo.

El hombre que profería el ensordecedor grito de batalla era el orgullo del ejército filisteo, Goliat de Gat, un gigante, no cualquier guerrero ordina­rio. Goliat lanzó su reto mientras Israel escuchaba:

Escoged de entre vosotros un hombre que ven­ga contra mí. Si él pudiera pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros sier­vos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos servi­réis … Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmi­go (1 Sam. 17:8-10).

Una respuesta sorprendente

Saúl y sus hombres vieron el tamaño gigantes­co de Goliat, con sus ojos naturales y «se turba­ron y tuvieron gran miedo», como dice la Biblia (v. 11). Pero recuerde los principios de la guerra espiritual que mencionamos en los primeros ar­tículos. De acuerdo con 2 Corintios 10:4: «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino podero­sas en Dios para la destrucción de fortalezas».

David entendía ese principio. Cuando él y su hermano vieron desde la colina la enorme mole de Goliat, David hizo una pregunta que sorprendió a su hermano: «¿Quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios vi­viente?» (1 Sam. 17:26).

David podía hablar así porque algo había su­cedido en su espíritu. Había hecho un compromi­so de alabanza que lo había acercado a Dios en una relación íntima. Él había metido la alabanza en su espíritu mientras estaba con Dios y cuidaba las ovejas, y la alabanza había hecho algo en su espíritu. La persona que se acerca a Dios de esa manera habla diferente.

¡Pero Eliab estaba incómodo! No hay nadie que pueda romper nuestra pompa de fe más rápidamente que alguien de nuestra propia familia. «¿Y quién te crees que eres tú, jovencito? Ya sa­bemos cómo fallaste la semana pasada. ¡No nos vengas ahora con este alarde de fe!»

David no se amedrenta

Pero a pesar del enojo de Eliab, David no se­ echó atrás. Se volvió a los otros y les hizo la misma pregunta: «¿Y quién se cree que es este filisteo incircunciso?»

El alboroto llegó finalmente a oídos de Saúl, quien llamó a David a su tienda. Allí, frente a la plana mayor del liderazgo militar de Israel, David expuso su caso: «No desmaye el corazón de nin­guno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo» (v, 32). La fe del muchacho saltaba en todo lo que decía.

Pero Saúl no se impresionó. Se rió y le dijo a David que sólo era un muchacho y que no podría contra el gigante que había, sido guerrero desde su juventud.

Con todo esto, David no se echaba atrás y no le quedó ninguna opción a Saúl más que permitir, aunque a regañadientes, que David saliera a pelear con Goliat. Me imagino la escena del ejército de Israel, esperando que apareciera el guerrero valien­te que había sido escogido para pelear contra su más temido enemigo. Con gran expectación vie­ron abrirse los pliegues de la tienda para revelar su identidad. Imagine el desencanto cuando vieron salir a David en toda su gloria: un muchacho ru­bio, de 1,80 m. diciendo: «¡Déjenme! ¿Dónde está el gigante?»

Debieron sentir aún más temor cuando vieron a David, camino al campo de batalla, detenerse en un arroyo para recoger sus armas: cinco piedras lisas. Entonces corrió a la línea de batalla. No es­peró hasta que el enemigo viniera a él; fue a bus­carlo. Eso nos muestra quién tiene la iniciativa. Cuando tenemos fe, cuando estamos fluyendo en

alabanza y adoración, no esperamos que la adver­sidad ataque: nosotros atacamos primero.

David corrió hacia Goliat, quien lleno de ira comenzó a gritar: «¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?» (v, 43).

La contestación de David es la clave de toda estrategia de batalla: «Tú vienes a mí con es­pada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el mombre de Jehová de los ejércitos» (v. 45. El Is es mío). Esta era el arma de David, el nom­bre del Señor.

Goliat había venido a destruir al joven con las mejores armas militares, pero David había aprendido que él tenía un arma mucho más poderosa, el nombre de Dios. La alabanza le había enseñado a luchar con fortalezas y demonios, y cuando el gigante vino, lo enfrentó con el nombre del Señor.

Metió la mano en la bolsa, tomó de allí una piedra lisa, comenzó a darle vuelta a la honda, e hirió al gigante en la frente. Goliat cayó inmediatamente, David le cortó la cabeza y la trajo a la tienda de Saúl. David, un pastorcillo de ovejas, que había venido al campo de batalla a traer pro­visiones para sus hermanos, terminó matando al más temido enemigo de Israel

Proclamemos nuestra fe

Al comienzo de este artículo hice una pregun­ta que me había intrigado por muchos años: ¿De dónde sacó David su fe?; y si la usó para derribar fortalezas en el Antiguo Testamento, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros también hoy? Dios me ha mostrado que David sacó su fe de la alabanza, la cual también está a nuestra disposición hoy. Creo firmemente, porque lo he visto en mi propia vida, que, si aplicamos los principios que usó Da­vid en la guerra espiritual que nos confronta, po­dremos obtener la victoria sobre nuestros gigantes de hoy.

El primer paso que dio David en su conquista fue decirlo. Aún cuando Goliat rugió, David res­pondió en fe: «¿Quién se cree que es este filisteo incircunciso?» Y cuando Saúl le increpó porque era sólo un muchacho, David le respondió con fe:

«No desmaye tu corazón. Yo iré y pelearé». Aún cuando Goliat le dijo dándose por insultado, que él no era un perro para que viniera con palos, David respondió con fe: «Tú vienes a mí con espada y lanza, pero yo vengo en el nombre de Jehová». Podía hablar de esa manera porque ha­bía pasado tiempo con Dios en alabanza y Dios le había enseñado la manera de hacer guerra en el espíritu.

A veces decimos que no tenemos fe para algo. Pero si hacemos de la alabanza una prioridad en nuestra vida, la fe surgirá dentro de nosotros con naturalidad. Así fue para David y puede ser para nosotros también.

Nuestra fe en acción

El segundo paso es hacerlo. No es suficiente sólo decirlo; hay que dar un paso más y hacerlo. Sólo cuando ejercemos nuestra fe, recibimos lo que pedimos. Así opera la fe. Mucha gente, por ejemplo, espera que Dios los haga testigos del Señor, pero Hechos 1:8 dice: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos … «

En el mundo natural, el poder viene antes de la acción, pero en el mundo sobrenatural viene con la acción. Nunca recibiremos una reserva de poder almacenada para hacernos testigos; pero si salimos a testificar, tendremos el poder para ha­cerlo. El poder se da mientras lo usamos.

Cuando voy detrás de la Cortina de Hierro para compartir el Evangelio, sólo abro la boca y comienzo a hablar. Si estoy bajo interrogación de la KGB, no recibo anticipadamente un gran poder sobre mí. En mi debilidad comienzo a caminar y en mi debilidad el poder del Espíritu Santo se le­vanta dentro de mí y Dios me hace un testigo. Así dice Hechos 1 :8. La razón por la que el Espíritu Santo nos es dado no es sólo para bendecimos, si­no para hacernos testigos.

El tercer paso que dio David fue contarlo. Arrastró la cabeza de Goliat y se la llevó a Saúl para que toda la nación supiese lo que Dios había hecho. A muchas iglesias hoy les hace falta un servicio de testimonio, aunque es una de las reu­niones más necesarias en la vida de la iglesia. La iglesia debiera de ser el lugar donde la gente ven­ga, después de luchar durante la semana contra sus gigantes, para inspirar a otros a enfrentarse a los suyos. No hay nada mejor para mover la fe que un servicio de testimonios, de acción de gracias.

Un compromiso para alabar

Cada uno de nosotros tiene un gigante en su vida, sea de enfermedad, un miembro de la familia no convertido, dificultades económicas, o cual­quier otro problema que se levante, tan grande co­mo Goliat debió haber parecido a los israelitas. Con la ayuda de Dios, Ud. también puede cor­tar la cabeza de su gigante, tan efectivamente como David mató a Goliat. La clave está en seguir los principios básicos que él nos enseña para la guerra espiritual: un compromiso de alabar a Dios todos los días. Uno debe ser diligente en el ejerci­cio de esta arma poderosa. Si Ud. hace como Da­vid, podrá salir al campo de batalla y dirigirse di­rectamente a su enemigo y derrotarlo.

¿Por qué no hace ya un compromiso con Dios de alabar su nombre todos los días? Comprométa­se a esperar en Dios, a encontrar un lugar quieto o exuberante, o como sea, donde su espíritu lo mueva a alabarlo. Comprométase a alabar el nom­bre del Dios Todopoderoso diariamente, y, por medio de esa alabanza, entrar en la batalla espiri­tual contra las fortalezas enemigas. Si Ud. está dispuesto a hacer ese compromiso con el Señor, quiero que haga esta oración para concluir este artículo:

Querido Padre Celestial, vengo a ti en el nom­bre de Jesús. Vengo en la debilidad de mi carne, con mis problemas y mis pecados, pi­diéndote perdón. Hago mío el poder limpiador de la sangre de Jesús, y entrego a ti mi vi­da ahora mismo. Seré un hombre (o una mu­jer) de alabanza. Mi deseo será alabarte todos los días. Tu nombre estará en mis labios. Levantaré tu nombre entre los impíos. Te da­ré gloria a ti, mi Dios. Y lo haré en el nombre de Jesús.

Te doy gracias por la gracia y la fortaleza del Espíritu Santo al recordarme y ayudarme a cumplir con este compromiso de alabarte. Creo que veré la manifestación del poder de Dios en mi familia y en mi iglesia. Creo que impactaré mi ciudad, mi provincia y mi país; que las ondas se extenderán para afectar al mundo, debido a mi alabanza, a mi compro­miso de levantar tu nombre. Dame tu poder y tu bendición para vencer a los gigantes que se me enfrentan diariamente. Te alabo, en el nombre de Jesús, amén.

Terry Law encabeza una organización que ha evan­gelizado en docenas de países alrededor del mun­do, incluyendo Polonia, la Unión Soviética y otros países comunistas. Es graduado de la Uni­versidad de Oral Roberts.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 6-nº 2 -agosto 1985