Autoridad fundamentada en el sacrificio y el amor

Autor Larry Christenson

Pregúntele al esposo común si ama a su esposa y él le responderá con prontitud que sí. Al decirlo, piensa en lo que siente por ella; o tal vez lo que hace por ella a modo de cuidado y consideración. Pero el amor del que habla el apóstol Pablo … «Maridos, amad a vuestra esposa, así como Cristo también amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella … esposos, amad a vuestra esposa, y no seáis ásperos con ella» (Efesios 5:25, Colosenses 3: 19) … esta clase de amor se mide no por lo que uno siente ni aún por lo que uno hace. Antes bien, se mide por el sacrificio de uno mismo.

Esposo, ama a tu esposa

SACRIFICATE POR ELLA

El idioma en que se escribió originalmente el Nuevo Testamento fue el griego. Hay tres palabras diferentes en el griego que el castellano traduce en una sola, «amor». Eros significa amor en el sentido de pasión, sentimiento, deseo; nuestra palabra «eró­ tico» viene de allí. ¡Esta palabra nunca aparece en el Nuevo Testamento. Sin embargo, es el significado principal que se le da a la palabra «amor» en el uso común! Philos significa amor en el sentido del efecto y la solicitud humana; ‘la palabra «filantropía» viene de allí. Esta se usa rara vez en el Nuevo Testamento. Ágape significa amor que se mide por el sacrificio. Esta es la palabra que se usa abundantemente en el Nuevo Testamento para describir el amor de Dios y el que Él engendra en los hombres. Este es el «amor» de Juan 3:16, R manos 5:5 y 1 Corintios 13. Ágape es la palabra que el apóstol Pablo usa para decir: «Maridos, amad a vuestra esposa». Y claramente da a entender un amor dispuesto al sacrificio, pues continúa diciendo: «Así como Cristo también amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Efesios 5:26).

Aquí tocamos el fundamento espiritual del orden de Dios para la familia. A primera vista uno ve al esposo y padre colocado como autoridad sobre su esposa y sus hijos, y éste parece ser un lugar privilegiado para el hombre: «Amo y señor de su castillo». Pero uno debe ver más profundamente, pues la autoridad divina investida en el esposo y padre tiene su modelo en Cristo, y la autoridad de Cristo estaba fundamentada en el sacrificio de Sí Mismo. Fue hasta después del Calvario cuando El vino a Sus discípulos y les dijo: «Toda autoridad me ha sido dada en los cielos y sobre la tierra» (Mateo 28: 18). La autoridad de Cristo y por ende la del esposo y padre no es del tipo humano y «carnal». No es para que una persona se enseñoree sobre otros. Es una autoridad divina y espiritual que está arraigada en el sacrificio de uno mismo.

La expresión básica y más obvia de esto se ve en el sustento que el esposo brinda a la familia. Una señal del desmoronamiento moral de nuestros tiempos es la facilidad con la que los esposos comparten esta responsabilidad con sus esposas. Las esposas y las madres con empleos fuera del hogar han llegado a ser de tal modo una parte de nuestra cultura que con costo nos detenemos para considerar lo lejos que esto se ha apartado del Orden Divino, o el efecto pernicioso que tiene sobre la vida familiar.

La carga de preocuparse por el sustento de la familia descansa sobre el hombre. La mujer se alegra de atraer esta carga para ella, pues su carácter tiende siempre a ser muy cuidadosa en las cosas materiales. Pero la carga es demasiado pesada para, ella. El hombre está dotado de hombros más fuertes; posee una fuerza natural de mente mayor que lo capacita para afrontar con éxito la presión de estas preocupaciones. El corazón de una mujer se desanima y se acongoja más fácilmente. Dios la hizo de esa manera y por lo tanto, El le ha ahorrado la responsabilidad de sostener a la familia.

La administración cuidadosa y fiel de los bienes materiales le sienta bien a la mujer; el gran esfuerzo y cuidado de adquirir éstos bienes le corresponde exclusivamente al hombre. La economía, la frugalidad y la fidelidad en el cuidado de las cosas materiales son virtudes domésticas de la mujer; la tarea del hombre es la actividad incansable por el mantenimiento y el bienestar económico de la familia. La carga de los hijos y el manejo del hogar es la de la mujer, y es tarea suficiente. Que el esposo cumpla con su responsabilidad de proveer para la familia, para que la esposa no tenga excusa de cargarse con más de lo que le corresponde.

De ningún otro modo se demuestra más desvergonzadamente nuestra esclavitud a las metas materialistas que en la ingenua idea de que la esposa deba de trabajar para mantener un nivel de vida decente para la familia. .Ninguna persona sensata negará que existen casos de necesidad genuina. Pero es evidente también que en muchos, quizás en la mayoría de los casos, las entradas de la esposa se gastan en lujos innecesarios. Una esposa que trabaja tiende también a gastar con mayor liberalidad en el manejo del hogar, reduciendo así el margen real de la ventaja económica que sus entradas proporcionan. Ad más, no hay cantidad de dinero que pueda compensar la pérdida que ocasiona que la esposa y madre gaste sus energías fuera del hogar. Que sea el esposo que se preocupe de proveer adecuadamente para su familia, No es desgracia ante los ojos de Dios vivir sencillamente dentro del límite de sus ingresos si devenga un sueldo modesto en el oficio para el que está capacitado. La desgracia es permitir que la codicia por lo material haga a un lado el Orden Divino establecido para el bienestar de la familia. Así como la Iglesia debe esperar en Cristo únicamente para su provecho y prosperidad, de la misma manera la esposa y los hijos deberán recibir sus necesidades materiales como consecuencia del servicio fiel del esposo. Si el marido tuviese que renunciar un poco a su comodidad o a su prestigio personal limitando su nivel de vida según su capacidad para proveer para su familia, eso no es menos de lo que Dios le pide que haga. Esta es solamente una ilustración del papel del esposo de negarse a sí mismo – es decir, de expresar su amor en el rendimiento de su ego, su orgullo, su comodidad, para servir a su familia.

Un esposo y padre que toma en serio su función en el orden de Dios para la familia, debe llevar a la realidad las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame» (Mateo 16:24). Dios dice que el esposo debe amar a su esposa. Pero este amor es ágape, que es superior aún al amor natural más hermoso que un hombre sienta por una mujer; es la flor singular y divina que crece únicamente donde se niega, se sacrifica y se deja morir el «yo». Así que la Palabra de Dios para los esposos – «amad a vuestra esposa» – involucra una participación radical en los sufrimientos de Cristo, la comunión de la Cruz .

Esto empieza a tener la apariencia de un «amor» tan enrarecido y espiritual que a duras penas podría ofrecer a la mujer el calor, el consuelo, la seguridad y el aliento que ella necesita en los encuentros de la vida y del matrimonio. Pero veamos qué sensato y práctico es en realidad.

Esposo, ama a tu esposa

OCUPATE DE SU BIENESTAR ESPIRITUAL

Un esposo que ama a su esposa de acuerdo a esta palabra de la Escritura, pone en el primer lugar de importancia la necesidad espiritual de ella. Su interés primordial es que ella esté debidamente relacionada con el Señor. El reconoce que su verdadera felicidad y realización como mujer, esposa y madre debe estar edificada sobre el fundamento sólido de su relación con Jesús. Esta no es mera reverencia piadosa a la «necesidad de religión» en uno, o una «perspectiva espiritual». Es un reconocimiento práctico y esmerado del significado primordial y absoluto del Señorío de Jesucristo. Si el Señor permite que el esposo lleve a cabo y realce la relación de su esposa con Jesús, ¿no es ese motivo para que ambos se regocijen? ¿De qué otra manera mejor podría él demostrar su amor hacia ella?

El deber más alto del esposo cristiano es ocuparse de la santificación de su esposa. Su modelo es Cristo, quien se sacrificó a Sí mismo por Su Iglesia para santificarla. No sólo debiera guiarla en la vida y el camino cristiano, sino que también debiera hacer todo lo que esté a su alcance para que ella obtenga la bendición plena de Dios en la Iglesia. En el hogar, por medio de la oración y la palabra, él debe sustentarla en espíritu, fortalecer su sentimiento por las cosas elevadas y celestiales y encaminarla en el conocimiento cristiano. Ningún ministro tiene derecho alguno de aconsejar espiritualmente o de ejercer autoridad sobre una mujer en contra de la voluntad de su esposo. Aún el pastor de la familia – a quien reconoce la cabeza del hogar – debe estar alerta para no arrogarse la supervisión y el cuidado de la salud espiritual de la esposa que es el deber del esposo. Si se llegara a entrometer, el esposo tiene el derecho de resistirlo. El debiera dejarle al esposo su porción de responsabilidad por la salud espiritual de todos los miembros de la familia. Pero que en verdad sienta el esposo la pesada carga de la responsabilidad. De la misma manera que el pastor de una congregaci6n tiene que rendir cuentas por todos los que están bajo su cargo, así también la cabeza de una familia tiene que responder por la condición de su hogar. Eso es lo que los hombres y Dios esperan de él. La alabanza o el reproche que recaen sobre su esposa – sus virtudes o sus faltas – le tocan a él directamente.

No es posible ni correcto que cualquiera otro en la tierra ejerza una influencia más decisiva sobre la condición espiritual de una esposa que la de su propio marido. Se dé cuenta o no, las consecuencias de su conducta hacia ella son inmensurables, para bien o para mal. El efecto se dejará sentir en lo más íntimo de su ser. Un clérigo hipócrita podría ser la causa de bien por algún tiempo; pero para el esposo esto es imposible. El no puede esconder de su esposa lo que él es en realidad. La hipocresía no puede mantener su terreno en el propio hogar de un hombre. No hay nada en el mundo que pueda contrarrestar esta influencia desmoralizadora si en secreto su conducta hacia su esposa es injusta. Que no se cargue él con la culpa de causarle una pena secreta, que pudiese durar una vida entera, y que ella no pueda compartir con nadie en la tierra. Que no permita él que su corazón se endurezca en contra del ser tierno que se le ha confiado completamente. Que se niegue a si mismo con el fin de ahorrarle dolor y de tratarla con afecto.

El esposo debiera ocuparse de la santificación de su esposa. Lo hará debidamente si él cree que ella es santa. Y lo es pues es cristiana. Ella le ha sido confiada como algo santo. Su deber es hacer todo lo posible para que ella no sólo permanezca santa, sino que sea confirmada y perfeccionada en santidad. Nadie, como su marido, puede ser un impedimento más grande en la vida espiritual de una mujer. Pero de igual manera nadie, como él, puede fomentar su progreso en todo lo que es bueno. Dios lo ha puesto para que sea para ella un canal de bendiciones que fluyen desde arriba. Ella debiera aprender de su boca lo que él ha recibido en la Iglesia para el bienestar de ambos. (Vea I Corintios 14:35). Tal vez ella no esté a su nivel en el conocimiento cristiano. Pudiera haber aún una resistencia en el camino de la salvación. El esposo ya ha pasado por esto en su propia experiencia. Que no se desanime, ni pierda su valor, ni sospeche de su esposa. Que se agarre con mayor firmeza y dulzura de todo lo que es bueno. Dios iluminará a su esposa a través de él, madurará su parecer y la guiará debidamente. El diablo es la causa de, que surjan diferencias entre cristianos. Que el esposo esté alerta para que estas diferencias no traigan un alejamiento entre él y su esposa. El no debe considerar que ella está separada de él por una gran distancia en el asunto principal de la fe. Debiera reconocer el lazo divino de unidad que hay en el bautismo. Además, todo lo que pudiera interponerse entre ellos no es lo de mayor importancia. Que él mire a su esposa con este pensamiento feliz: «Yo he sido destinado para bendecirla. No solo para hacerla feliz aquí en la tierra. Debo sacrificarme por su bienestar eterno, y amarla como Cristo amó a Su iglesia».

Un esposo que toma en serio su función en el orden de Dios para la familia no da por hecha la relación de su esposa con Jesús. ni elude su responsabilidad diciendo píamente: «Eso es cosa entre ella y Dios». Reconoce el llamado ante Dios de ser una «cabeza» espiritual para su esposa. Así como Cristo es responsable por el cuidado y crecimiento de la Iglesia, el esposo lo es con respecto a su esposa y su familia. Este paralelo está inequívocamente señalado en Efesios 5:25- 33.

Esposo, ama a tu esposa

RECORRE EL CAMINO DE LA CRUZ DELANTE DE ELLA

¿Cómo ejerce el esposo esta responsabilidad ? ¿Enseñoreándose sobre su esposa? ¿Dándole órdenes y viendo que ella las cumpla? ¿Sermoneándola sobre la vida espiritual y sus principios? No, él se da por ella. Es decir, él va por el camino de la Cruz delante de ella. Muestra con el ejemplo lo que significa morir al yo. Lo hace no sólo para su propia santificación, sino en favor de ella. En resumen, no la «empuja», ni siquiera la «conduce» en el sentido convencional. Más bien la atrae a Cristo conforme él vaya permitiendo que la Cruz haga su obra en su vida.

¿ Cómo resulta esto en la práctica? Consideremos un ejemplo cotidiano: Cuando se inicia una discusión en un matrimonio, es al esposo primero que le corresponde humillarse y pedir perdón por cualquier cosa incorrecta en su conducta. Esto es muerte para el ego. Pudiera ser que la culpa de la esposa fuera tan grande o mayor que la de él. No importa. Su llamado es «amar a su esposa así como Cristo también amó a la Iglesia». Jesús se humilló bajo la culpa del pecado» siendo (nosotros) aún pecadores» (Romanos 5:8).

En esta situacíón un esposo no juzga el pecado de su esposa, ni tampoco calcula el efecto que su arrepentimiento pudiera tener sobre ella. El sencillamente recorre el camino de la cruz, negándose y renunciando a sus derechos porque así es el llamado de Dios para él como esposo. El arrepentimiento es la puerta de acceso a toda vida y bendición espiritual. Como cabeza espiritual de la familia, el esposo y padre debe ser el primero en arrepentirse.

Pudiera suceder, en la situación anterior, que la esposa tomara las disculpas de su esposo como una justificaci6n de su propia bondad. En este punto él podría verse tentado a tomar las armas y decir: «¡Ya yo confesé mi pecado y tú debieras confesar el tuyo!» No, un esposo no puede ir por el camino de la Cruz con otros motivos. El lo recorre – y va primero, a la cabeza de su familia­ porque Dios se lo requiere, porque el Espíritu Santo le ha dado un remordimiento genuino por su propio pecado y sabe que el arrepentimiento y el perdón son la única respuesta.

Un esposo que cae en la falta de sermonear a su esposa sobre su deber de someterse, ya ha cedido el fundamento de su autoridad. Su llamado ante Dios es cumplir con su función dentro de la familia, no hacer discursos para que la esposa cumpla con los de ella.

Moisés fue uno de los líderes más sobresalientes de todos los tiempos. Dios lo invistió con gran autoridad. Sin embargo, de acuerdo a la Biblia, era «muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra». (Números 12:3). Cuando el pueblo de Israel se rebelaba contra él, Moisés desaparecía en el Tabernáculo y hacía su súplica con Dios. Entonces Dios trataba con los rebeldes (Números 12:10; 16:33). Pero cuando Moisés trató con el pueblo confiando en su propia fortaleza, descargando su enojo sobre ellos, Dios trató con él con la mayor severidad – hasta el punto de negarle el privilegio de meter a Israel en la Tierra Prometida (Números 20:2-12).

La autoridad que un esposo ejerce sobre su esposa y sus hijos no es suya propia. Es una autoridad con la cual Dios lo ha investido. El debe ejercerla con firmeza y sabiduría, pero es Dios quien la establece y la mantiene.

Si un esposo encuentra que su esposa y sus hijos se rebelan bajo su autoridad, debe recurrir primeramente a Dios, en un estado de arrepentimiento.

«¿Por qué no has podido establecer mi autoridad en esta familia? ¿Qué es lo que hay en mí que me hace un instrumento inadecuado para Tus propósitos? «

«Cristo es la cabeza de todo hombre, y el hombre es la cabeza de la mujer (1 Corintios 11:3). Si una esposa no se somete a su esposo, pudiera ser porque el hombre está secreta o abiertamente en rebelión contra Cristo. Sólo los que viven bajo autoridad están en condiciones de ejercerla. Un hombre con un hogar en rebelión debiera examinar su propia relación primero con su autoridad – Cristo. Esto bien podría resultar en una experiencia humillante. Sin embargo, de ella puede brotar un espíritu quebrantado y contrito, arrepentimiento, una ternura y mansedumbre nuevas hacia su familia y, sorprendentemente, una nueva medida de autoridad, por la cual no tendrá que luchar, pero a la que se cederá con alegría, pues él ha «muerto al yo» y por lo tanto Dios ha podido establecer su autoridad en la familia.

Si su «muerte» habrá de atraer tras sí a su familia, el cuándo y el cómo es prerrogativa del Espíritu Santo. La vida y el amor de un esposo deben ser un «holocausto», un sacrificio del ego, que el Espíritu Santo pueda usar de acuerdo a Su sabiduría infinita. Ofrecerse de este modo por su familia, le significará sufrimiento inevitable a un esposo y padre. Peto esta es la voluntad y el llamamiento de Dios. y la promesa sobre todo esto es esta: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Juan 12:24).

Así pues, cuando la Biblia dice: «Esposos amad a vuestra esposa», está expresando mucho más que sentimientos de cariño y aprecio hacia ella. Lo que dice es que él debiera morir por ella, como Cristo murió por la Iglesia. De una «muerte» tal, el Espíritu Santo pondrá en manifiesto Su fruto en toda la familia: amor, gozo. paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5:22,23).

Esposo ama a tu esposa

EJERCE AUTORIDAD EN HUMILDAD

La autoridad que le ha sido dada al esposo debe permanecer con él. Pero él la habrá de considerar no como su derecho, sino como su deber. Jamás debiera de pensar en el poder que se le ha confiado sin recordar la responsabilidad que le acompaña. Deberá reconocer que el gobierno es una carga y deberá llevar su peso como tal. Que todo lo que se haga en su casa sea hecho de acuerdo con su voluntad, pues la responsabilidad de todo descansa sobre él. Que no intente esconderse de esta responsabilidad, o de hacerla a un lado por debilidad, pues eso es imposible. Pudiera ser que motivado por una falsa bondad llegue a sacrificar lo que él sabe que es lo correcto y lo saludable. Esto no lo exime a dar cuenta de lo que se hace, con su conocimiento, en la familia. Si él tolera lo necio, lo injurioso y lo ofensivo en los suyos, se queda sin excusa. En vano alegará que permitió que el gobierno se deslizara de sus manos para mantener la paz; que no se atreva a ceder su responsabilidad bajo la excusa de que está tratando de evitar el mal de la discordia familiar. Porque esta responsabilidad no fue puesta en sus manos por los hombres, sino por Dios. Se debe refrenar de hacer un despliegue importuno de autoridad. Sin embargo, en todos los asuntos de importancia, debe mantener su posición como cabeza del hogar amable y prudentemente, pero con firmeza y decisión.

Una esposa escribe: «No cedan su posición de mando, eso es lo principal. No nos den las riendas. Lo consideraríamos como una abdicación de su parte. Nos confundiría, nos alarmaría y nos haría retroceder. Nublaría más rápidamente que cualquier otra cosa, la visión clara que nos hizo amarles en primer lugar. Por supuesto, trataremos de que abandonen su posición de líder en el hogar. Esa es la terrible contradicción en nosotras. Pareceremos estar peleando hasta la última trinchera para conseguir la autoridad final, pero en lo más íntimo de nuestro corazón deseamos que ustedes ganen. Tienen que ganar, pues nosotras no estamos hechas para mandar. Es sólo una fachada».

Aunque el esposo tiene autoridad y responsabilidad sobre todo lo que sucede en la familia, él debe respetar plenamente la esfera de deber y aptitud de su esposa. Allí él deberá proveer una supervisión comprensiva, dejando en manos de ella la responsabilidad y autoridad inmediatas. Su autoridad no disminuye si él abiertamente refiere ciertos asuntos a la opinión o decisión de ella. Sencillamente, es de sentido común, puesto que esta es el área de su especialidad – así como el presidente de una corporación referirá ciertas cosas a sus jefes de departamento para que ellos tomen las decisiones.

Todo el mundo tiene la inclinación de tratar de sobresalir más allá de su cerco, y de mostrar cuán sabios son donde no se les ha confiado responsabilidad. Cae en este error la mujer ansiosa de expresar su opinión a su marido en sus más altos deberes. Yel hombre cuando se inmiscuye en los pequeños detalles del manejo de la casa y se imagina que los entiende mejor que su esposa.

La esposa debe respetar la esfera de acción y autoridad del esposo. Y que el marido no desprecie la actividad poco pretenciosa de su esposa. Es muy injusto que él se imagine que lo que ella tiene que hacer son sólo insignificancias. Que recuerde que no sólo ha hecho votos para sostenerla; también los ha hecho para estimularla y tratar sus sentimientos con delicadeza. Si desprecia el trabajo de ella y su responsabilidad, le causa un grave daño que no puede ser enmendado fácilmente.

Una ama de casa de nuestra congregación compartió esta sabia opinión referente a la actitud de un esposo para con su esposa: Hay una «vitamina» especial que una esposa necesita para su bienestar y que hace falta a veces hasta en los hogares cristianos. Un hombre trabaja y gana dinero. El cheque de su salario y el encomio de su patrón son un reconocimiento de lo que él vale. El ama de casa no tiene una regla tal para medirse. Sin embargo, ella también necesita aprecio y estimulo. Muchos esposos no se dan cuenta de lo intenso de esta necesidad. La pasan ligeramente diciendo: «Me casé contigo, ¿no es cierto?» o, «uno no sigue corriendo después de haber tomado el ómnibus».

En Proverbios 31:10,29 se describe a una esposa como de más valor que «piedras preciosas»… Su marido también la alaba: Muchas mujeres hicieron el bien; más tú sobrepasas a todas».

Esposo, estima a tu esposa. Considérala un tesoro que te ha sido dado por un Dios generoso. Amala. Hónrala. Reconoce sus talentos. Aprecia sus esfuerzos. Sé considerado con sus sentimientos. Expresa tu amor para ella con ternura y sinceridad en alguna forma todos los días. Esta «vitamina» diaria hará que la vida matrimonial sea más provechosa para tu esposa y para ti.

«Esposos, amad a vuestra esposa, y no seáis ásperos con ella» (Colosenses 3:19). En estas palabras San Pablo menciona una falta en los esposos que sobrepasa a las otras – la aspereza. La aspereza socava el más hermoso matrimonio, aquel que parecía estar firme como una roca. El esposo se llega a confiar demasiado de la fidelidad que yace en el fondo de su corazón y no se cuida de su forma de expresarse en las «cosas pequeñas». Se descuida donde debiera mostrar la máxima ternura y respeto. Su comportamiento es respetuoso con los extraños. Para ellos muestra su mejor lado. Pero en casa es un hombre totalmente diferente. Sería preferible ofender a cualquier otra persona en el mundo antes que a esta mujer que se ha dado completamente a él. Es su deber alegrar diariamente el corazón de ella, renovar continuamente los lazos que la atan a él por medio de su tierna atención y comportamiento noble. Si tiene razones para no estar satisfecho debe expresarlas cuando estén a solas y de tal modo que no hiera los sentimientos de ella. Todo reproche en presencia de sus hijos, toda queja frente a extraños es un dolor amargo para su esposa. Es más, el esposo que lo hace rebaja su propia dignidad.

El matrimonio está basado en la estimación mutua que sostiene la cortesía. Por supuesto que esta debe brotar de una fuente interior que sea profunda. No debe ser un ceremonial hueco. Sin embargo, las formas exteriores son de mucha importancia nadie debiera despreciar las buenas maneras en la vida diaria de los matrimonios. No son asuntos de indiferencia, molestos o ridículos. La falta de cuidado en nuestra forma de vestir y de hablar en casa colinda con la falta de respeto. Sabemos que existe una conexión entre la limpieza del cuerpo y la pureza del alma. Del mismo modo, una despreocupación de las formas externas de respeto trae consigo un desprecio por la dignidad personal en uno mismo y en los demás.

Cuando la Escritura demanda que se trate a las esposas con ternura y honor como coherederas de la gracia de la vida, añade esta advertencia para el esposo: «Para que vuestras oraciones no sean estorbadas» (1 Pedro 3:7). Una esposa puede llevar una herida secreta en sus sentimientos y en su dignidad infligida por el esposo que talvez no pueda compartir con ninguna persona sobre la tierra. Sin embargo, un Juez mayor contempla sus penas y se hace cargo de su causa. En tiempos de meditación santa y en las necesidades de la vida, el esposo mira hacia arriba en oración. Entonces es cuando Dios le hace sentir su comportamiento hacia su esposa. Si la ha maltratado e injuriado, entonces su oración no puede elevarse al cielo. Encontrará que los cielos están cerrados para él. Sus palabras regresan y mueren en sus labios. Algo se ha interpuesto entre él y Dios, que le impide acercarse hasta el trono de la bendición; es la pena de su esposa que él mismo ha causado. Dios le cierra Su corazón porque él le ha cerrado el suyo a su esposa. El ha sido duro con ella, ahora tiene que enterarse que Dios es duro con él. Talvez ha contristado el Espíritu de Dios en ella y ahora Dios con toda justicia lo hace pasar por un gran pesar. Dios lo tratará a él de la misma manera en que él trató a quien fue puesta bajo su cuidado. No puede reconciliarse con Dios hasta que se sacrifique y con gentileza se haya reconciliado con su esposa agraviada.

La autoridad espiritual está arraigada en una paradoja. Jesús dijo: «Si alguno desea ser el primero, que sea el último de todos, y el siervo de todos» (Marcos 9:35). El Mismo demostró este principio cuando lavó los pies de Sus discipulos. Es de gran significado que este acto de Jesús tenga a modo de introducción las siguientes palabras: «Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos … tomó una toalla y se la ciñó a la cintura» (Juan 13:3,4). Jesús lavó los pies de Sus discipulos plenamente conciente de Su autoridad espiritual. Este es el prototipo de la autoridad espiritual debidamente ejercida. Ni orgullo, ni poder, ni confianza en si mismo, sino humildad es la fuente de la autoridad espiritual. La autoridad de un esposo sobre su esposa y sus hijos es ordenada por Dios, una autoridad espiritual. Por lo tanto, su principio de operación tiene sus raíces en esta misma paradoja que Jesús demuestra con el ejemplo del lavamiento de pies eventualmente con la cruz. «Si alguno desea ejercer autoridad espiritual, que sea el siervo de todos… que vaya hasta la muerte en favor de aquellos por quienes es tesponsable» .

¡Esposo, amad a vuestra esposa! Renuncien a su orgullo, a su ego, a sus «derechos». ¡Sigan a su Señor Jesús hasta la Cruz y el amor transformador del Calvario florecerá en su hogar!

LARRY CHRISTENSON ha servido como pastor de una iglesia luterana el San Pedro, California desde 1960. Su influencia, sin embargo, se extiende mucho más allá de su pastorado local como conferencista nacional e internacional por su reconocido libro, La Familia Cristiana.

Reproducido con permiso a New Wir del libro The Christian Family por Lar Christenson, publicadO por Bethar Fellowship, Inc. Minneapolis, Minesota 55438, copyright 1970.