Por Orville Swindoll

Todos estamos conscientes de que hay necesidad de orientación con respecto a la crianza de los hijos en la hora en que vivimos. Hay una cantidad de familias muy cristianas que sufren gravísimos problemas con sus hijos. A veces me imagino que usted se ha sentido como yo: un poco asustado, pensando si en el momento en que los hijos lleguen a la edad de la adolescencia tendre­mos que afrontar una situación parecida. Yo conozco íntimamente a misioneros y pastores cuyos hijos e hijas han sido motivo de tanta tristeza y de vergüenza, han provocado serios problemas que han quebrantado el corazón de los padres.

Y hace muchos años yo me preguntaba: ¿tenemos que estar a la deriva en estas cosas? ¿No podemos estar con los pies firmemente plantados y el cora­zón confiado y en calma en obediencia al Señor, de alguna manera, para que nuestros hijos no vivan lo que experimentan tantos? Y a veces, cuando la tristeza en este sentido embarga más el corazón, por allí encontramos a una familia que no conoce nada del Señor, no hacen ninguna pre­tensión de seguir al Señor, pero la familia está intacta, los hijos obedientes. Entonces, más senti­mos por un lado la vergüenza, por otro lado, la incertidumbre. ¿Qué significa esto?

He observado que el solo hecho de ser cristiano o de tener una familia cristiana, no es una garantía de que no va a haber problemas. Tenemos que quitar de nuestra mente esa idea de que porque yo he puesto mi fe en Cristo Jesús, él me va a guardar de toda dificultad. No debemos decir a la gente que si se entregan a Cristo ya se acaban los problemas. No es cierto. A veces, la mejor evidencia de que uno está siguiendo al Señor es que tiene problemas.

Para los hermanos pentecostales, les voy a co­municar lo que escuché hace un tiempo y me pareció, por un lado un poco jocosa, y por evidencia del bautismo en el Espíritu Santo. Y la respuesta, quizás la más acertada fue: problemas.

La Palabra de Dios tiene una orden muy senci­lla para los niños. En Colosenses 3 :20 encontramos un mandamiento sencillo, claro, escueto, y si el hijo hace caso a este mandamiento, Dios se ocupa de las demás cosas. «Hijos obedeced a vuestros padres en lo que les agrade». ¿Qué dice su Biblia? En todo. «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor». ¿Qué significa esto? Otra vez: Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.

Ubicación y obediencia

Mientras más estudiamos la familia, más en ten­demos que la clave para la felicidad de la familia es muy sencilla: que cada uno se ubique. No hace falta una gran inteligencia para ubicarse, ni grandes dones, si uno sabe ubicarse. Es la persona desubicada que se encuentra en ocasiones compro­metedoras y difíciles que no puede solucionar.

¿Cómo se pueden ubicar los hijos? Obedeciendo a sus padres en todo, porque agrada al Señor. Yo interpreto esto en términos de que el hijo que obedece al padre goza de la bendición de Dios. Yo crea que muchos de nosotros lo hemos com­probado en nuestras propias familias, que el hijo obediente también recibe, no sólo la bendición de los padres, sino la bendición del Altísimo. Como dice Christensen en su libro: «Cristo vive y obra en la vida de un niño obediente.» Cuando los pa­dres saben eso, entonces tienen la mejor razón de exigir obediencia a sus hijos. ¿De quién van a aprender obediencia sino de sus padres? No esperen que la maestra de Escuela Dominical, ni que el pas­tor, ni que la profesora o el profesor en la escuela, le enseñen obediencia si en el hogar no le enseñan.

La obediencia, como dice Pablo, no es opcional, ni se limita a lo que el niño juzga como justo: se refiere a todo. Y quizás vale decir aquel dicho co­nocido de un padre a su hijo: No tengo siempre la razón, pero siempre soy papá. Por lo tanto, el pa­dre, o la madre, no deberían tener temor en admi­tir errores. Ellos lo saben muy bien; quizás lo su­pieron antes que usted. A veces yo he tenido que decir: Queridos, me equivoqué. Y ¿saben cuál ha sido una de las cosas más gratas que he descubierto? que el hijo se vuelve muy perdonador y yo soy muy sincero cuando digo que algunos de los mo­mentos más dulces que he vivido con mis hijos han sido aquellos momentos cuando después de que yo admití mi error, ellos me perdonaron. Y parece que se refuerzan más esos lazos de amor y de comprensión entre los hijos, especialmente cuando van llegando a la adolescencia.

No provoqueis

Efesios 6: 4 dice: «Vosotros padres, no provo­quéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disci­plina y amonestación del Señor.» Hay dos man­damientos muy claros aquí para los padres, Somos responsables ante Dios para cumplir tres responsa­bilidades principales con respecto a nuestros hijos.

La primera cosa por la cual somos responsables los padres para con los hijos (cuando digo padre no me limito al varón, aunque el peso principal recae sobre el varón): enseñar. Proverbios 22:6 dice: Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo no se apartará de él.» No puedo menos que creer que cuando sucede que más tarde los hijos se van apartando de los caminos del Señor, el responsable principal es el padre. No podemos culpar a la sociedad por todos los alejamientos que se producen entre los padres y los hijos. Yo estaría realmente desconcertado si creyera que no tengo mayor influencia sobre mis hijos que la que tiene la sociedad. Dios me respalda a mí y no a la sociedad, pero para que eso resulte en buena orien­tación que perdure en mis hijos, yo preciso obede­cer también la Palabra de Dios.

El trabajo

Los hijos deben aprender a trabajar en el hogar, no en el primer empleo que tengan. El padre y la madre en conjunto, son los responsables de enseñar a sus hijos a trabajar. Me llama la atención pode­rosamente cuántos hijos que tienen ya 15 ó 16 años no saben trabajar, no saben arreglar nada en la casa que se rompe, no saben ni arreglar sus pro­pios juguetes, no saben hacer nada. Hay señoritas de 15 y 16 años que no saben ni cocinar. Y eso es una vergüenza. ¿Dónde deben los niños apren­der a trabajar?

En la casa, desde temprana edad. Desde que es chico. comienza a poder coordinar sus movimientos, es tiempo de comenzar a darle responsabilidad. Desde los cuatro o cinco años ya pueden comenzar a hacer una serie de cosas. Pue­den vaciar los cestos de basura, pueden colgar su ropa; ya pronto pueden (los muchachos especial­mente) lustrar sus zapatos; pueden aprender a poner la mesa, a lavar los platos. No esperen hasta

que sean grandes para enseñarles a trabajar; será demasiado tarde y ya no querrán. Comiencen cuan­do el niño es aún pequeño.

La verdad

Otra cosa que debe ser incluida en la instruc­ción es veracidad y honestidad. Si demoramos mucho es más difícil enseñar al niño el valor de la honestidad. La primera vez que pesque al niño en una mentira es tiempo de enseñarle claramente el valor de la verdad. Pero si el niño encuentra a sus padres mintiendo o engañando, de nada vale ense­ñarle honestidad. En nuestra sociedad es muy co­rriente lo que nosotros llamamos la mentirita o la mentira blanca. Es muy importante que el niño aprenda veracidad y honestidad.

La fe

Hay que enseñarle al niño también la fe. Uste­des han visto a qué edad temprana un niño puede ejercer la fe. Cristo llamó a los niños. Los niños a muy temprana edad son capaces de confiar y creer que Dios puede ayudarles en circunstancias difíciles. Y ¿cómo vamos a enseñarles la fe? Al orar con los niños cuando hay algún problema, o en forma general, a medida que van surgiendo las dificultades, se remite todo eso a Dios, delante de la familia, en oración; cuando el niño ve la respuesta, entiende que Dios intervino. Ya comienza a aprender las lecciones.

Modestia

Hay que enseñarles a los niños la modestia en el hablar, en el vestir y en el actuar. Es vergonzoso y triste cuando vernos a los padres que se ríen de los niños cuando hacen una cosa inmodesta o imprudente. No deberíamos reírnos cuando hacen esas cosas, sino en una forma adecuada, dependiendo de las circunstancias, corregirlos y enseñarles la modestia. Si no les enseñarnos cuando son niños a ser modestos en su forma de actuar yen su hablar, es muy difícil cuando ya tienen quince años. Pero si eso se va grabando en su mentalidad, en su comportamiento, luego van a saber apreciar la modestia. Y repito, el ejemplo de los padres es aún más importante que las palabras. Si hay palabras sin ejemplo, de nada valen.

Reglas

En el hogar también es necesario establecer algunas reglas en cuanto al comportamiento, pero las reglas no deben ser tan complejas, ni excesivas. Reglas muy complicadas sólo arruinan el cuadro y hacen imposible comprobar la obediencia. Tenga reglas simples y obedézcalas. Estuve escuchando una cinta de algunas reglas típicas en un hogar; por ejemplo, las reglas eran así: en la mesa los niños nunca deben reír, es la primera regla; la segunda regla era: si se ríen, no deben reírse mucho; y la tercera y la cuarta regla seguían diluyendo todo. Se ve que la regla no valía nada. Cuando estuve en la marina de los Estados Unidos, me acuerdo que había tres reglas que eran un poco costosas, pero la idea era que estas reglas valían para cualquier situación; eran para marinos rasos. La regla era esta:

Si se mueve, salúdelo; seguro tiene más rango. Si no se mueve, levántelo; debe ser basura. Si no puede levantarlo, pídalo. Y se pretendía que con esas tres reglas se arreglaran todas las situaciones. Ahora bien. Eso quizá es una sobre-simplificación, pero en el hogar, el niño precisa saber qué es lo que se quiere de él, en términos sencillos que el niño más pequeño pueda entender.

Quizá sea conveniente escribir algunas reglas y ponerlas sobre la puerta de su cuarto, o cerca de su cama, o donde se cuelga la ropa, o simplemente enseñárselas hasta que se las grabe en la mente. El niño debe entender que en el hogar hay ciertas

reglas que se cumplen siempre. Por ejemplo, se levanta a cierta hora, se acuesta a cierta hora; cuan­do se le llama a la mesa, no hay que esperar que se le llame tres veces para que venga; antes de venir se lava las manos y después de cada comida se lava los dientes; son reglas que tienen sentido, son reglas racionales. Es para bien del muchacho y no cuesta mucho enseñárselas, porque son para su bien. No son nada complicadas, pero de esa manera, el niño va aprendiendo obediencia en sentido práctico y lo que es más importante, se les van grabando nuevos hábitos, nuevos modales. Si comenzarnos bien, no tenernos que aumentar tanto las reglas, porque se van grabando y llegan a ser parte del vivir habitual.

Hay un error común en muchas familias y es que cuando el niño es chiquito le permitirnos cual­quier tipo de comportamiento y mientras va cre­ciendo vamos apretando. Eso es justo al revés de lo que debe ser. Si dejarnos al niño de 3, 4,5, y 6 años estar a sus anchas, será imposible controlarlo cuando tenga 15 años. No se puede ser flojo al principio y muy autoritario más tarde. Es al revés. Se aplica la rigidez cuando el niño es pequeño y a medida que va creciendo se va aflojando la rienda y de esta manera, el chico va aprendiendo con to­da naturalidad a asumir responsabilidad a un rit­mo que pueda captar. Entonces, si disciplinarnos y enseñarnos bien a nuestros hijos, cuando son más crecidos, va a ser normal para ellos.

Disciplina y amor

La disciplina se aplica corno consecuencia de no haber acatado la enseñanza y corno prueba de amor. La disciplina es la clave. No vale por sí sola, pero es la clave.

Hay una cosa sobre disciplina que nosotros los padres debernos entender y se halla en 1 Samuel 3, versículos 13 y 14: (con respecto a la desobe­diencia de los hijos de Leví Dios dice al niño Sa­muel) «Le mostraré a Elí que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios y él no los ha es­torbado. Por lo tanto, yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad de la casa de Elí no será expiada, ni con sacrificios ni con ofrendas.»

¿Cuál era el mal de Elí que trajo sobre él el juicio de Dios? No tanto que los hijos blasfemaron, sino que él no los estorbó cuando blasfemaron. No se pueden controlar todos los pensamientos ni todas las acciones de sus hijos, pero sí tiene que estorbarles cuando esas acciones desagradan a Dios. Elí no los estorbó. ¿Qué significa estorbar? Qui­tarle la paz, no admitir, intervenir, reprender, co­rregir.

Elí tal vez decía: «¿Y qué puedo decir yo? Ya están grandes los muchachos. Yo sé que cuando hacen mal, a mí me da vergüenza, pero yo pi­do a Dios: Dios, cámbialos.» ¿Ha escuchado esto alguna vez? Esto es un lamento muy tardío y des­ubicado de parte de los padres. Hay una cosa que debemos entender y es que Dios no corrige a nuestros hijos. Nosotros somos los responsables de corregirlos. Es un error enseñar a los de tem­prana edad que Dios les va a juzgar por actuar in­correctamente. Usted tiene que juzgarles.

Hace tiempo un colega mío dijo que él pensaba que, si él como pastor o como ministro se ocupaba de la obra de Dios y viajaba por todos lados, Dios se ocuparía de la disciplina de sus hijos, hasta que aprendió que Dios no cría hijos. Dios no se ocu­pa de la crianza de niños. Hay una sola excepción y esa se presenta en la Palabra de Dios: cuando se trata de huérfanos. Dios es padre de huérfanos y esposo de viudas, pero Dios no es padre de mis hi­jos, ni marido de mi mujer. El me puso a mí y cuando Dios nos ubica en una posición no pode­mos lavarnos las manos por más santos que pa­rezcamos.

En cuanto a la corrección y a la disciplina de los hijos, no debe haber amenazas repetidas ni expresiones de enojo, sino una sentencia ejecuta­da sin demora; Eclesiastés 11:8 nos da la pauta:

«Por cuanto no se ejecuta luego la sentencia so­bre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.» Cuando yo era niño vivía al lado de una familia que tenía una niña de quizás 4 o 5 años. Recuerdo que todos los días oía decir a la madre:

«María, no hagas eso más, te voy a pegar. María, no hagas eso, no te dije. María, ¿cuántas veces tengo que decirte que no hagas eso? María, ven acá. ¿No me escuchaste que dije que vinieras?» Todo el día, pero nunca le pegaba. Amenazas repetidas. Yo sé muy bien lo que pasaba en la mente de esa niña: Mi mamá sólo grita; nunca hace nada. Ladra, pero no muerde. Esa discipli­na no vale. No pesa. Lo que pasa es que muchas veces los padres creemos que los niños son me­dio tontitos. No son nada tontitos. Son bien alertas e inteligentes y saben muy temprano es­pecular con cualquier punto flojo que encuen­tren en sus padres. Y creo que toda madre reco­noce también cuán pronto el niño aprende donde está el punto flojo de la madre.

Cuando yo era niño aprendí, junto con mis otros hermanos muy bien cuál era el punto flojo de nuestra mamá. Sa­bía que, si le rogaba lo suficiente, al fin iba a ceder. Le insistía por la derecha, la izquierda, atrás, adelante, hasta que al fin cedía. Pero de igual ma­nera sabía que con papá no valía nada. Porque cuando papá me decía no, era no; aunque yo le dijera 100 veces lo mismo. Mamá comenzaba a decirme «no, ahora no; no, no me parece; no, cá­llese. No. Y bueno, veremos; y, bueno, si insistes.» El no era así. Con mi papá la paciencia no cambia­ba nada la cosa porque era determinado.

Yo apren­dí y mi señora también que, con nuestros hijos, nuestros sí tenían que ser «sí», y nuestros no, «no». Y no hace falta gritar, alzar la voz, solamente estar firmes, porque si usted comienza a aflojar, el chico sabe que la próxima vez también va a aflojar.

Según la ofensa

Cuando el niño hace mal tiene que disciplinarlo, de acuerdo a la ofensa. Dice aquí: «Tiene que eje­cutar la sentencia sin demora.» Por ejemplo, dijo al niño: «no hagas esto, o ven acá. Si no me obe­deces la próxima vez vas a pagar.» Y si me deso­bedece, paga. No hay vueltas, no me enojo, cumplo mi palabra, nada más. Y el chico aprende que soy fiel a mi palabra. Los niños no son buenos por naturaleza; durante toda una generación, si no dos, hemos oído y muchos han tragado esa filosofía anti-bíblica de que el niño es realmente bueno en su corazón.

Ahora, escuchen lo que dice la Palabra de Dios. Proverbios 22: 15: «La necedad está ligada en el corazón del muchacho, mas la vara de la co­rrección la alejará de él.» Como padre que con­templo a mi hijo, yo sé, por lo que dice la Palabra de Dios, por lo que dice mi naturaleza, la necedad está ligada, unida, pegada, cementada, juntada, con firmeza en su corazón; pero yo sé también cómo separarla de su corazón. Hay solución. A ve­ces nos hacemos super espirituales, creyendo que todo se arregla con oración, cuando hay claro mandamiento de Dios.

¿Cuál es la manera de qui­tar la necedad’ del corazón del muchacho? La vara de la corrección tiene distintas formas, pero el principio consiste en que es una vara. Proverbios 3: 12 dice: «Porque Jehová al que ama castiga, co­mo el padre al hijo, a quien quiere.» Proverbios 23:13-14: «No rehúses corregir al muchacho, por­que si lo castigas con vara no morirá. Lo castigarás con vara y librarás su alma del Seol.» Proverbios 9: 15: «La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su ma­dre.» ¿Cuántas funciones válidas cumple la vara? Le desliga la necedad del corazón, le libra el alma del Seol y le da sabiduría.

Ni la escuela consigue tanto. Proverbios 13:24: «El que detiene el casti­go a su hijo aborrece, mas el que lo ama desde temprano lo corrige.» No quiere decir que lo saca de la cama para corregirle, quiere decir desde tem­prana edad. Proverbios 19: 18: «Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza, mas no se apresure tu alma para destruirlo.» Proverbios 20: 30: «Los azotes que lleven son medicina para el malo, y el castigo purifica el corazón.» Así que vemos enton­ces el resumen que la vara es el método que Dios ha establecido para la disciplina.

El propósito de la vara es quizá doble: primero, pica al muchacho y segundo, no le daña. La idea es hacerle doler sin dañarlo; nunca debes proceder contra tus hijos en forma que les dañes. Es muy importante. La brutalidad no tiene jamás lugar en la disciplina. Nunca hay que faltarle respeto a la dignidad humana. La disciplina en el plan de Dios es siempre expresión de amor, para darles sabiduría, para sacar su alma del Seol y para qui­tar la necedad de su corazón. No debemos disci­plinar nunca a nuestros hijos cuando estamos eno­jados. Dicen algunos que es imposible disciplinar si no están enojados: ¡Ay, mi hijo me saca de quicio! y ya comienza a hervir la caldera. Si es así, si tú no puedes controlar tus emociones, no le cas­tigues aún.

La culpa

El castigo quita la culpa. Hay dolor en el alma, cuando he mentido; cuando he blasfemado, tam­bién siento dolor en el alma. ¿No lo sientes tú cuan­do procedes mal? Debates con tu señora y dices una cosa fuera de lugar y aunque ella no conteste, tú te sientes mal. ¿Por qué? Porque has blasfemado. Pues pasa lo mismo con el niño, y si ese dolor en el alma sigue, el tergiversa la personalidad. Va a crecer con complejos, con problemas sicológicos y la mejor forma de quitar ese dolor es pagar por la ofensa. Si yo he robado, devuelvo lo robado con una confesión: yo hice mal y estoy dispuesto a afrontar las consecuencias; yo no siento dolor en mi alma; ya hice lo que estaba en mi poder hacer para corregir mi mal. Pues el niño también vive sin complejos si el padre le disciplina cuando se com­porta mal. Esto es muy notable.

Una cosa que aprendí del hermano Christen­sen, autor de «La familia Cristiana», acerca de la disciplina me resultó tan provechoso que lo com­parto con ustedes. Es el orden de la disciplina de un niño. Supongamos que el hijo suyo procedió mal; la primera cosa que hay que hacer es efectuar el castigo; después oración; después perdón y final­mente reconciliación; en este orden. El hijo proce­de mal. Muy bien, de acuerdo a la ofensa tiene que pagar. Lo castiga, lo disciplina, le quita un privile­gio, lo que sea. En muchos de los casos la mejor manera es la vara, como dice la Palabra de Dios. No es la única forma, pero una de las formas más co­munes y la que más menciona la Palabra de Dios.

Después, usted ora con él porque el castigo le quita sentido de dolor; no es que le añade dolor. Realmente el dicho es cierto: «La disciplina co­rrecta duele más al padre que al hijo.» El dolor que se siente en la piel es mucho menos dañino que el dolor que se siente en el alma por su sentido de culpa. Cambias un dolor por otro y le dejas en mejor condición. Pero tú tienes el dolor en el alma porque tu hijo procedió mal, por supuesto. Enton­ces tú oras con el hijo. Ahora el corazón está que­brantado.

Es maravilloso: cuando la disciplina se aplica sin ira y sin enojo, el muchacho se vuelve tierno. Ya está sollozando y está entristecido, pero como ya pagó, no está pensando en su mal; ahora está pensando en la herida que le provocó a usted. Entonces, usted ora con el muchacho. Le enseña en una oración sencilla a confesar su mal.

La oración

La oración debe venir después del castigo y no antes, porque si viene antes del castigo el mucha­cho interpreta la oración como una manera de es­pecular con los padres a ver si escapa el castigo y la oración no puede ser sincera. Es importante que toda oración que haga con su hijo sea sincera y para que sea sincera tienes que tener un corazón sencillo. El castigo vuelve al corazón sencillo y entonces oras con el muchacho. Ya él está dispues­to, ya no ofrece resistencia, ya pagó, ya no hay amenazas contra él, ya no hay sentencia que cum­plir. Está dispuesto a orar.

Oras con el muchacho, después, tú oras y des­pués (y este es el punto importante) perdónale al muchacho. Suminístrale el perdón de nuestro Se­ñor. Asegúrale que está perdonado, asegúrale que su pecado está borrado, asegúrale que Dios le perdona y que tú le perdonas.

La reconciliación

Luego, la reconciliación. Este es un punto muy importante. Asegúrale al muchacho que está per­donado y luego olvídate del asunto. No pases el resto del día recordándole lo malo que hizo. No lo recuerdes en su contra jamás. Ya pagó; ya fue perdonado. Si tú no reconoces el perdón, pues ni el muchacho va a creerte después cuando le digas «te perdono.» Es muy común el dicho «perdono, pero no olvido.» Eso no es perdón. Cuando Dios perdona, se olvida. El Espíritu Santo te dirá lo malo que eres hasta que confieses y después no te lo va a volver a decir. Así, la reconciliación del muchacho que ofendió es muy importante.

En cuanto a la disciplina, debe ser en proporción a la ofensa. No debe ser con enojo. Si estás enoja­do espera hasta que te calmes; por ejemplo, una de las cosas que puedes hacer es que cuando el muchacho ha sido tan malo y te hizo perder los estribos, no le castigues aunque ese enojo sea nor­mal. Puedes decirle al muchacho que se vaya al dormitorio y que cierre la puerta y espere allí. Tú no vayas hasta que estés calmado. Cuando estés calmado, ve y disciplínalo. ¿Sabes por qué? Si dis­ciplinamos a los niños cuando estamos enojados con bronca o con amargura, en vez de trasmitirle castigo, le trasmitimos nuestra amargura. Y el muchacho no es corregido, es castigado, pero no es corregido.

Es cierto. Si yo estoy enojado cuando disciplino a mis hijos, les trasmito mi enojo y ellos se enojan también. Pero si yo estoy con calma, ellos tienen que entender que es amor lo  que me mueve, firmeza, convicción, conciencia sobre la forma correcta de proceder; entonces va a recibir disciplina de ti mismo. Por eso es muy importante.

Padre y madre deben estar unidos en disciplina. Cuidado que la madre no contradiga a su marido en esto y que el marido deje de respaldar a su esposa, especialmente en presencia de los hijos. Si hay una diferencia de opinión, arréglenla cuando los hijos no estén presentes, pero delante de ellos manténganse unidos. Es muy importante porque los hijos van a aprovechar eso siempre para sacar partido.

Amor 

Ahora vamos a la tercera cosa que menciona­mos que es amar. Los hijos necesitan encontrar en el hogar placer, comodidad (no necesariamente lu­jo) y felicidad. No me preocupo cuán malo, cuán vergonzoso puede ser el ambiente en este mundo en que vivo y sobre el cual no tengo ningún con­trol, siempre que en mi hogar haya calor, amor y comprensión. Hay una manera sencilla en que tú puedes saber si tu hijo encuentra eso y es por esta evidencia: si el hijo está contento en su casa y prefiere traer a sus amigos a su casa en vez de ir a la casa de ellos, el muchacho está bien.

Vuelvo a decir, no es cuestión de que tengan muchas cosas para jugar, mucho lujo, no entra eso. Yo conozco hogares bien pobres donde los niños del barrio se juntan allí todos los días, por una sencilla razón: el padre y la madre son muy com­prensivos, son muy compasivos, abren sus corazo­nes y los niños encuentran calor allí. Sus propios hijos traen a sus amigos allí. El niño debe sentirse feliz en su hogar. El niño que ha recibido disciplina en su hogar comprenderá que su hogar es más tranquilo por la disciplina que no reciben en los hogares de sus amigos, en donde los padres se gri­tan entre sí y los niños están nerviosos y el mucha­cho dice: ¡Qué hogar! Ya a los ocho o diez años comienzan a entender eso muy bien.

La figura principal en la disciplina debe ser el padre. No dejes la disciplina con tu esposa. La fi­gura principal es el padre. Cuando digo esto com­prendo que muchísimos padres están alejados de la casa una buena parte del día. Yo no digo que necesariamente el padre es el que tiene que aplicar siempre la disciplina, sino que el niño debe enten­der que el papá da las órdenes, que la disciplina sobre él procede por orden de papá y la mamá encontrará apoyo si ella le hace saber al niño eso. Están unidos, pero la figura principal es el padre.

En el amor debe haber un contacto físico; como en la disciplina hay un contacto físico cuando se toca la piel, en el amor tiene que haber contacto físico.

Es importante ese contacto físico. El niño o niña quieren sentir la piel, quieren sentir los brazos, quieren sentir carne en la cara, quieren sentir besos. Pues, padres (no hace falta decírselo tanto a las madres) denles amor así. Denles amor, contacto, manos, brazos. Necesitamos dedicar tiempo a esta área de relación con los hijos.

Tomado de una conferencia dictada por O. Swindoll en Costa Rica en Setiembre de 1974.

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 4 nº 6 abril 1982