Autor Derek Prince

Un estilo de vida nuevo — la koinonia

He venido compartiendo sobre los fundamentos de las relaciones personales. Hemos visto que el fundamento bíblico de toda relación personal duradera es un pacto:  En el plano vertical, con el mismo Dios; en el plano horizontal, con el pueblo de Dios. Los que entran en un pacto con los demás están requeridos a entregar sus propias vidas y luego a encontrar una nueva vida para vivir para aquellos con los que tenemos un pacto.

Entrar en un pacto con otros de esta manera, conduce a un nuevo estilo de vida que es característico. En el griego del Nuevo Testamento, se utiliza una palabra especial para describir este nuevo estilo de vida: koinonia. En la mayoría de las versiones de la Biblia en español, esta palabra griega se traduce como «compañerismo» o «comunión.»  Una o dos versiones no la traducen con una sola palabra, sino con una frase como «compartir una vida en común». En realidad, el sustantivo griego koinonia, se deriva del adjetivo koinos, un adjetivo que significa «común». Simple y literalmente, koinonia significa «tener cosas en común».

Veamos ahora el estilo de vida que describe la koinonía. Para empezar, escudriñemos 1 Juan 1:3, donde Juan dice lo siguiente: Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión [koinonía] con nosotros; y nuestra comunión [koinonía] es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Cuando Juan dice, «lo que hemos visto y oído», lo que dice en contexto es: «el historial que nosotros los apóstoles les hemos dejado». La reseña del Nuevo Testamento es de lo que él está hablando. Y aquí tenemos una declaración muy importante, y el propósito final por el cual Dios puso a nuestra disposición el historial del Nuevo Testamento, es decir, el testimonio de los apóstoles. ¿Cuál fue el propósito final de Dios en poner este historial a nuestra disposición? La respuesta es: «para que ustedes también tengan comunión [koinonia] con nosotros [con los apóstoles]», y luego continúa diciendo: «y ciertamente nuestra comunión [koinonia] es con el Padre y con su Hijo Jesucristo».

Creo que es correcto decir que, en última instancia, el evangelio es una invitación de la Divinidad a compartir la comunión, la koinonia, el estilo de vida, de ellos. Es tan importante ver que esto es lo que Dios realmente desea, porque en las actividades religiosas muchas veces nos ocupamos tanto en los «fines» que perdemos de vista el «propósito». Y los «medios» que no logran el fin deseado son sólo una pérdida de tiempo y esfuerzo.

Digo francamente, como predicador, que la predicación no es un «fin», es un «medio». Sólo tiene éxito si logra el fin deseado. ¿Cuál es el fin deseado? La koinonía, la comunión, el compartir la vida con Dios y con los demás. Tengo la impresión de que en muchos grupos religiosos, si se preguntaran ¿qué es lo que perseguimos realmente? Y luego se preguntaran si los medios que están usando realmente alcanzan lo que pretenden. Es posible que cambien por completo su forma de proceder.

Recuerdo una vez que estaba predicando en una iglesia, un domingo por la mañana y había un atmósfera hermosa y acogedora, al final del mensaje el pastor se levantó y dijo: «Hermanos, hay una preciosa expresión de la presencia de Dios aquí. No se vayan a casa tan rápido. Quédense y tengan comunión unos con otros. Denle la mano a media docena de personas». Y pensé: «Querido Dios, ¿acaso es eso comunión? ¿Dar la mano a media docena de personas? ¿Es esa la ración de compañerismo de la que tiene que vivir tu pueblo?» Estoy seguro que ese no es el ejemplo de relación que hay entre el Padre y el Hijo en la Divinidad. Va mucho más allá que simplemente darse la mano el domingo por la mañana.

Presentaré algunas cosas que dijo Jesús sobre su relación con el Padre, teniendo en cuenta que todo esto es koinonía. En Juan 10:30 Jesús dijo: “El Padre y yo somos uno.” En otras palabras, hay unidad o unión entre el Padre y yo. Luego, hablando de la venida del Espíritu Santo, Él dijo en Juan 16:14-15: “Él [el Espíritu Santo] me glorificará porque tomará de lo mío y se lo dará a conocer a ustedes. [Pero inmediatamente dice:] Todo cuanto tiene el Padre es mío.”

¿Entiende usted por qué dijo eso? Porque él no estaba reclamando tener nada por derecho propio. Dijo que todo lo que tengo viene del Padre. Es sólo mío porque el Padre me lo ha dado. En otras palabras, Jesús no reclamaba tener nada por derecho propio, independientemente de su relación con el Padre. Todo lo que tenía dependía de su relación con el Padre. Eso es koinonia. Y luego, de nuevo, en Juan 17:10, Jesús está orando al Padre y dice “Todo lo que yo tengo es tuyo, y todo lo que tú tienes es mío”. Eso es koinonia

Esto define la perfecta koinonía, el perfecto «tener en común». Todo lo que tengo es tuyo y todo lo que tienes es mío. Ese es el nivel divino de koinonía, el estilo de vida de la Divinidad. Y le aseguro: Dios no va a rebajar la koinonia al nivel de la humanidad, sino que está dispuesto a elevar a la humanidad a su nivel de koinonia, el estilo de vida divino.

Un poco más adelante, en el mismo primer capítulo de la primera epístola de Juan, éste vuelve a tomar el tema de la koinonía. De hecho, la koinonía es uno de los temas principales de esta epístola de Juan. En el versículo 7 dice: «pero si vivimos en la luz, como él está en luz, [eso dice que Cristo está en la luz y fíjese que esa es la norma de la koinonía, siempre es la norma de Dios y no la del hombre]. Repito: “pero si vivimos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión [koinonía] unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.”

Es importante ver que al principio de ese versículo tenemos esa pequeña palabra «si». «Si» establece una condición. «Si» hacemos algo, entonces siguen ciertos resultados. «Si vivimos en la luz, entonces vienen dos resultados: En primer lugar, tenemos comunión (koinonia) unos con otros. En segundo lugar, la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. La limpieza de la sangre de Jesús no está bajo nuestro control. Sólo está disponible cuando cumplimos la condición de vivir en la luz, entonces tendremos dos resultados: Tenemos comunión (koinonia) unos con otros, y somos limpiados por la sangre de Jesús.

Esto también es aplicable si lo vemos a la inversa. Si no vivimos en la luz, no tenemos koinonía, no somos limpiados por la sangre de Jesús. Así que una condición esencial para recibir limpieza de la sangre de Jesús, continua y permanente, es vivir en la luz. Y si estamos viviendo en la luz, tenemos koinonía unos con otros. Si no tenemos koinonia, y estamos fuera de la comunión, entonces estamos fuera de la luz. Y si estamos fuera de la luz, ya no estamos siendo limpiados por la sangre de Jesús. De manera que usted puede ver lo central y esencial que es esta coyuntura de la koinonia.
¿Cuáles son las condiciones de la koinonía? Hay dos. La primera es un compromiso de pacto. Sólo quienes están dispuestos a comprometerse en un pacto entre ellos, pueden estar en koinonía. El compromiso de pacto es la puerta a la koinonía. No hay otra forma de entrar. Es el requisito inicial.

Y luego hay una demanda continua de la koinonía. El requisito continuo es vivir en la luz. ¿Qué significa «vivir en la luz»? En primer lugar, obediencia a Dios. La desobediencia es lo mismo que vivir en tinieblas. En el momento en que nos salimos de la obediencia, salimos de la luz y entramos en las tinieblas. En el momento en que incumplimos la ley divina, ya no estamos en la luz. Pero el segundo aspecto de vivir en la luz es que tenemos que ser completamente abiertos y honestos unos con otros. Sin secretos, sin reservas, sin críticas o malos pensamientos en nuestros corazones o mentes, sino en total apertura y honestidad unos con otros.

Alguien dijo que vivir en la luz, significa «vivir sin techo y sin paredes». Bueno, tal vez a algunos de nosotros no nos importaría quitar el techo y dejar que Dios mire hacia adentro, pero cuando se trata de quitar las paredes y dejar que nuestros hermanos creyentes miren hacia adentro, ahí es donde queremos trazar la raya del límite. Y, sin embargo, si ponemos límites ahí, no estamos en koinonía. La koinonía sólo es posible cuando vivimos en la luz.

Veamos esta declaración acerca de la iglesia primitiva en Hechos 4:32: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. (RV 1960)(¿Qué es tener «todas las cosas en común»? Es koinonia. La misma palabra koinonia viene de la palabra griega «común». ¿Cuál fue el resultado? Vea el versículo 34:  Así que no había entre ellos ningún necesitado…” (RVR 1960).

Usted verá que las bendiciones de Dios están sobre su pueblo cuando estamos en koinonia. Entonces tenemos todo lo que necesitamos y más. Pero fuera de la koinonia es estar fuera de la luz y ya no es limpiado por la sangre de Jesús. Este es una de las resoluciones definitivas divinas. Dios nos invita a la koinonia, pero establece las condiciones.

La comida del pacto

Koinonia es el estilo de vida del Nuevo Pacto, una vida de compromiso mutuo entre el pueblo de Dios que vive en la luz. Hay una ordenanza o sacramento distintivo del Nuevo Testamento que simboliza y perpetúa este estilo de vida especial. Mostraré la conexión directa entre esta ordenanza y el pacto en el que se basa la fe cristiana. Se trata de la comida del pacto. Después de la cena de la Pascua, que había comido con sus discípulos, Jesús tomó dos de los elementos más comunes que estaban sobre la mesa, el pan y el vino, y usó esos dos elementos para instituir esta ordenanza o sacramento muy sagrado y solemne, como quieran llamarlo. Estas son las palabras que describen lo que hizo Jesús.

Después de la cena de la Pascua, que había comido junto con sus discípulos, tomó dos de los elementos más comunes que estaban en la mesa de la cena, el pan y el vino, y usó esos dos elementos para instituir esta ordenanza o sacramento, como quiera llamarlo, muy sagrado y solemne. Esta son las palabras que describen lo que Jesús hizo.

Mateo 26:26-28:

 Mientras comían, Jesús tomó pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciéndoles :—Tomen y coman; esto es mi cuerpo. 27 Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles: —Beban de ella todos ustedes. 28 Esto es mi sangre del pacto,[a] que es derramada por muchos para el perdón de pecados.

Lucas 22:19:

También tomó pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: —Este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de .

(Vea también 1 Corintios 11:24)

Note que, a través de ese simple intercambio de los elementos con sus discípulos, él entró en el Nuevo Pacto. Esta fue la forma en que lo instituyó. Tenga siempre presente que la palabra «pacto» y la palabra «testamento» son las mismas en el idioma original. Así que cuando hablamos del Nuevo Testamento estamos hablando del Nuevo Pacto. Así es como se inició el Nuevo Pacto entre Jesús y sus discípulos. Por lo tanto, es un evento muy solemne y significativo e importante para todos los que están comprometidos con Jesús.

¿Cuáles eran sus objetivos? Yo sugeriría que podrían expresarse en tres palabras: conmemorar, perpetuar y renovar. Jesús dijo: «Hagan esto en memoria de mí». En otras palabras, Recuerden siempre cómo se inició el pacto y dónde empezó esta relación. No lo olviden nunca.

En segundo lugar, era para hacerlo perdurable; para tenerlo siempre presente; para convertirlo en una relación continua que nunca cesaría, tanto entre Jesús y sus discípulos como entre los mismos discípulos.
En tercer lugar, creo que tiene la función de renovarnos. Hay momentos en nuestra experiencia cristiana en que empezamos a alejarnos de las normas de Dios, de sus requisitos, y una de las formas en las que Dios nos llama a volver a sus normas es mediante esta comida del pacto en que se nos recuerda, una vez más, de qué se trata, qué cuesta, qué es lo que Jesús espera de nosotros. ¿Cuáles son las implicaciones de esta comida del pacto? Señalaré que una comida de pacto no era nada nuevo en el Oriente Medio de aquella época. Entre los pueblos de Oriente Medio, durante muchísimos siglos, se entendía que comer el pan con una persona y compartir la misma copa era hacer un compromiso muy solemne y sagrado con él.

Ilustraré esto con una historia verdadera. Se encuentra en el libro Oh, Jerusalén, que describe los acontecimientos en Jerusalén alrededor del año 1948, cuando se fundó el Estado de Israel y estalló la guerra entre los árabes que rodeaban Israel y el pueblo judío en Israel. Esta historia se encuentra en el capítulo 29 del libro Oh, Jerusalén.

Justo al sur de Jerusalén había un kibutz1 judío conocido como Kfar Etzion, que estaba aislado y las principales fuerzas judías no podían proteger. Este kibutz fue atacado por la legión árabe, la fuerza militar de Jordania, y finalmente sucumbió ante la abrumadora fuerza militar y fue prácticamente destruido. Sólo un puñado de personas judías fueron hechas prisioneras. Una de ellas era una joven judía llamada Eliza. Los soldados árabes la capturaron y, como era casi normal en esa situación, la consideraron como un legítimo botín de guerra. Dos soldados árabes se dispusieron a violarla y estaban empezando a arrancarle la ropa cuando ocurrió algo sorprendente. Un oficial árabe se acercó, mató a tiros a los dos soldados y luego sacó un trozo de pan de su bolsillo, se lo dio a esta mujer judía y le dijo: «Cómete esto». Cuando ella se comió el pan, él dijo: «Ahora estás bajo mi protección. Nadie te tocará». ¿Por qué estaba bajo su protección? Porque había comido de su pan. En otras palabras, él había establecido una relación de pacto visible con ella. E incluso en las pasiones de la guerra y la lujuria, esos soldados árabes respetaron esa relación de alianza entre su oficial y esta joven judía.

Siempre que pienso en esta historia me digo: «Esos soldados árabes, probablemente la mayoría de ellos, eran musulmanes y tenían, en muchos sentidos, una comprensión mucho más clara de lo que significa «compartir el pan » que muchos cristianos profesantes de hoy en día. Una vez partido el pan entre ese oficial y esa mujer, estaban obligados por ese símbolo sagrado de pacto a no volverse contra ella, no abusar de ella, sino respetar esa relación. Entonces, ¿qué significa esa comida de pacto en cuanto a nuestra relación con los demás? Voy a darles cuatro palabras: compromiso, unidad, amor y lealtad. Y quiero hacer hincapié en esta última palabra. Una vez que partimos el pan juntos, nos comprometemos a ser leales unos con otros.

Veamos ahora a la explicación de Pablo de esta comida del pacto en 1 Corintios 11:23–30:

            23 Yo recibí del Señor lo mismo que les transmití a ustedes: Que el Señor Jesús, la noche en que fue traicionado, tomó pan, 24 y, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este pan es mi cuerpo, que por ustedes entrego; hagan esto en memoria de mí». 25 De la misma manera, después de cenar, tomó la copa y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; hagan esto, cada vez que beban de ella, en memoria de mí». 26 Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga.

27 Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba de la copa del Señor de manera indigna será culpable de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor. 28 Así que cada uno debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa. 29 Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo[a] come y bebe su propia condena. 30 Por eso hay entre ustedes muchos débiles y enfermos, e incluso varios han muerto.

Y cuando Pablo dice «que varios han muerto” significa antes de tiempo. Esa es una imagen muy solemne de lo que es esta comida del pacto. Es un memorial del pacto que Jesús inició. Es un recordatorio de nuestras obligaciones del pacto para con él, pero también para con los demás. Y Pablo nos recuerda que, al participar de esta comida, tenemos que juzgar o discernir el cuerpo correctamente. Eso no significa simplemente discernir el pan como el cuerpo del Señor, sino que también significa discernir a nuestros hermanos creyentes que participan con nosotros de la misma comida del pacto como miembros del mismo cuerpo.

En 1 Corintios 10, Pablo dice que “hay un solo pan del cual todos participamos,” significa que formamos un solo cuerpo.” Así que discernir el cuerpo es discernir la unidad de todos los que participan. Es discernir que todos somos miembros de un solo cuerpo, que todos tenemos una relación de pacto entre nosotros, que desde el momento en que entramos en esa relación y la renovamos al participar en esta comida del pacto, nos comprometemos a ser leales unos con otros.

Es similar a esos soldados árabes que a pesar de sus propios sentimientos personales, tenían que respetar a esa mujer judía porque su oficial había partido el pan con ella, así, independientemente de nuestras actitudes personales, emociones o sentimientos, cuando partimos el pan, cuando participamos en la comida del pacto, estamos obligados por ese mismo acto a ser leales unos con otros. No podemos permitir ser desleales. El gran pecado de Judas está resumido proféticamente en el Salmo 41:9 donde dice: «El que comió de mi pan, levantó su calcañar contra mí». Es lo que hizo Judas con su traición tan particularmente terrible. Primero comió el pan y luego traicionó a Aquel con quien había comido pan.

Ahora les pregunto, francamente, ¿acaso los cristianos no somos a menudo culpables de eso? Comemos el pan juntos y después levantamos el pie y damos puntapiés contra ellos, criticamos, juzgamos, procedemos de manera poco amable y poco caritativa. Pablo dice que sólo hay dos alternativas cuando comemos la comida del pacto. Si la tomamos con relaciones íntegras, nos traerá bendición y salud, pero si nuestras relaciones son incorrectas, nos traerá juicio, enfermedad y muerte. Es un concepto muy solemne. Por eso las relaciones de pacto son un asunto muy solemne y serio. Que Dios nos ayude a tomarlas con seriedad.

Conducta que menoscaba el pacto

Hemos estado meditando sobre las relaciones de pacto entre el pueblo de Dios. Primero expliqué lo que significa la comida del pacto instituida por Jesús mismo (la Eucaristía, la Comunión, la Cena del Señor, la Partición del Pan, como quiera que la llamemos.) Dije que su propósito es conmemorar, perpetuar y renovar. Dado que el pacto es tan sagrado ante los ojos de Dios, él concede bendiciones especiales al correcto cumplimiento en la participación de esta comida, pero también juicios severos a cualquier forma de conducta que constituya una traición a nuestro compromiso con el pacto.

Por ser este un tema tan solemne y serio, es necesario considerar una palabra especial de advertencia sobre la conducta que socava el pacto. Ahora bien, las exigencias de Dios en cuanto al compromiso del pacto como base en las relaciones, se exponen claramente en el Salmo 50:5 donde Dios dice: «Reúnanme a los consagrados, a los que pactaron conmigo mediante un sacrificio».

El sacrificio define a los que Dios considera consagrados y por lo tanto han hecho un pacto con él. Por supuesto, el sacrificio en el que se basa el Nuevo Pacto es la muerte de Jesús en nuestro favor. Para estar relacionados con Dios y ser incluidos entre sus consagrados, tenemos que tener una relación de pacto con Dios basada en la muerte por sacrificio de Jesús en favor nuestro. Ahora, más adelante en el Salmo 50, Dios hace una promesa a quienes cumplen con los requisitos de su pacto. Él promete Su ayuda en tiempos de necesidad. En el versículo 15, dice: “Invócame en el día de la angustia; yo te libraré y tú me honrarás».

Pero mas adelante en el mismo Salmo, Dios también habla una palabra de severa represión a aquellos cuya conducta es indigna de su pacto. Estas palabras de advertencia y reprensión se encuentran en el mismo Salmo, versículos 16- 20: Pero Dios le dice al malvado: «¿Qué derecho tienes tú de recitar mis leyes o de mencionar mi pacto con tus labios?

Usted notará que Dios está enojado porque estas personas afirman tener una relación de pacto con él. Usan el lenguaje del pacto, pero su conducta no responde a lo que profesan ser. Esto deja muy claro que pretender tener una relación de pacto con Dios nos impone una norma de comportamiento muy alta hacia Dios y hacia los demás. Luego, en los siguientes versículos de este Salmo, Dios pasa a especificar las cosas que no aceptará en aquellos que afirman estar en una relación de pacto con él. Él dice esto:

1Mi instrucción, la aborreces; mis palabras, las desechas. 18 Ves a un ladrón, y lo acompañas; con los adúlteros te identificas. 19 Para lo malo, das rienda suelta a tu boca; tu lengua está siempre dispuesta al engaño. 20 Tienes por costumbre hablar contra tu prójimo, y aun calumnias a tu propio hermano.

Hay ciertas formas de conducta mencionadas aquí que descalifican a las personas de tener una relación de pacto. Las primeras formas que se mencionan podrían resumirse así: indisciplina, rechazo de la Palabra de Dios y asociación con ladrones y adúlteros. Pero el énfasis principal está en el mal que se hace con la lengua. Para lo malo, das rienda suelta a tu boca; tu lengua está siempre dispuesta al engaño. 20 Tienes por costumbre hablar contra tu prójimo, y aun calumnias a tu propio hermano. Cuatro cosas son hechas por la lengua. Los pecados de la lengua hacen más para socavar las relaciones del pacto que todos los otros pecados combinados. En Santiago 3:6, Santiago dice esto: También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno prende a su vez fuego a todo el curso de la vida.

Note que la lengua cuando se usa mal contamina todo el cuerpo. Eso es cierto no sólo individualmente en cada creyente que use mal su lengua en relación con su propio cuerpo, sino que también es cierto del cuerpo de Jesucristo colectivamente. El mal uso de la lengua por parte de los creyentes entre ellos contamina todo el cuerpo. Hace que tales personas sean indignas de reclamar una relación de pacto con Dios y con los demás.
Hay dos malos usos específicos de la lengua que dañan al cuerpo de Cristo, y son lamentablemente comunes entre el pueblo de Dios hoy día. El primero se menciona en el Salmo 15 que comienza con una pregunta: «¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede vivir en tu santo monte? pregunta, que en esencia, es: «¿Quién es digno de una estrecha relación de comunión con Dios? Y en los versículos restantes del Salmo, el salmista establece once requisitos en la vida de la persona que pretende acercarse y tener comunión con Dios. No voy a tratar los once, sólo voy a citar el tercer versículo, que contiene tres de los once requisitos para tener comunión con Dios. Hablando de esa clase de persona, el salmista dice, en el versículo 3: “Que no calumnia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo ni le acarrea desgracias a su vecino.”

Dos de esos requisitos están relacionados con la lengua. El primero es no calumniar; el segundo es que no reprochemos a un amigo. Calumniar es hacer declaraciones maliciosas, perjudiciales o dañinas acerca de otras personas. Supongo que no necesito recordarles que la misma palabra «diablo» significa literalmente «calumniador». En Apocalipsis 12, se nos dice que el diablo es el «acusador de los hermanos»; es el acusador del pueblo de Dios. Cada vez que llevamos calumnias acerca de nuestros hermanos creyentes o los acusamos, lo que estamos haciendo en realidad es el trabajo del diablo para él. Y sólo quiero suplicarles: no lo hagan. El diablo no necesita su ayuda. Ya tiene suficientes ayudantes y no necesita encontrarlas en el pueblo de Dios.

Pero la segunda cosa de ese versículo 3 del Salmo 15 es que no debemos recibir reproches de nadie. Cuando alguien viene a nosotros con una declaración maliciosa o poco amable sobre un hermano creyente, no debemos aceptarlo. ¿Qué debemos hacer? En la mayoría de los casos debemos decir: «Si usted tiene algo contra ese hermano o esa hermana, vaya y dígales directamente. Vaya a ellos. Yo no soy la persona a la que usted debe acudir».

Supongamos que usted es un ama de casa y que acaba de limpiar perfectamente su casa y de pasar la aspiradora por el salón, de quitar el polvo de las mesas y de las sillas y todo está como usted quiere y que una de sus vecinas entra con una bolsa escurriendo basura podrida y ella empieza a vaciar la basura en el suelo de la sala. ¿Soportaría usted eso? Por supuesto que no. Usted le reclamaría: «Saque su basura de aquí. No la quiero en mi sala». Eso es exactamente lo que debe decir cuando alguien viene a usted con una acusación o una calumnia contra un hermano creyente. Dígale: «Saque su basura de aquí. No la quiero en mi casa. Mi casa está limpia. No quiero que la ensucie». Así que por favor recuerde, no haga usted el trabajo del diablo.

El otro problema que es muy común entre los cristianos que mencionaré de pasada es el de juzgarse los unos a los otros. Santiago 4:11-12 dice esto: “11 Hermanos, no hablen mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y, si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez. 12 No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?”

Me parece que la mayoría de los cristianos piensan que, de alguna manera, han sido nombrados extraoficialmente jueces de sus hermanos creyentes. Esto es un terrible error. Imagínense un tribunal de justicia por un momento. Estoy seguro de que usted ha estado en uno; yo sí. Cuando uno entra en el tribunal, hay bancas en las que uno se sienta o sillas de algún tipo y luego hay un espacio y generalmente hay algún tipo de baranda o alguna cosa para separar a los espectadores, y luego está la silla del juez. Normalmente el juez es la última persona que entra en el tribunal. Y cuando entra, hay una cierta ceremonia que requiere que la gente se ponga de pie.

Ahora bien, supongamos que un día usted va a ese tribunal y se sienta en la gradería y espera que comience el juicio y como el juez tarda en entrar, y usted de repente dice: «¿Por qué no debería ser yo el juez de este tribunal?». Se levanta de su asiento y se abre paso a través de cualquier tipo de barrera o división que haya y se sienta en la silla del juez. Usted sabe bien lo que le pasaría. Sería un transgresor de la ley. Sería juzgado como tal, expulsado o probablemente acusado, sentenciado y tal vez encarcelado. ¿Por qué? Porque usted estaría tomando la función de juez que no es suya por derecho legal. Por eso Santiago dice que cuando usted juzga a su hermano creyente usted ya no está guardando la ley, la está rompiendo.

Es el sistema legal es el que nombra sus jueces y si usted se hace pasar por juez sin haber sido nombrado, estará violando la ley. Creo que ese es uno de los errores más comunes entre los cristianos. Nos arrogamos el derecho de juzgarnos unos a otros cuando Dios no nos ha dado ese derecho y, en consecuencia, faltamos a nuestros compromisos de pacto de ser leales unos con otros.

Estamos por cerrar este mensaje y le aconsejamos que cuide su lengua, no apuñale a sus hermanos por la espalda. No sea un calumniador, un chismoso, o un juez cuando Dios no lo ha nombrado.

Continuará

1.Kibutz.  En Israel, colonia agrícola de producción y consumo comunitarios. Diccionario de la Real Academia Española.

  1. A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas son de la Nueva Versión Internacional.
  2. Acerca de autor: Derek Prince (1915-2003)nació en la India de padres británicos. Se educó como erudito del griego y el latín en el colegio de Eton y en la universidad de Cambridge, en Inglaterra. También tuvo una beca de investigación en filosofía antigua y moderna en King’s College. Y estudió varias lenguas modernas, incluyendo hebreo y arameo, en la universidad de Cambridge y hebreo en la universidad de Jerusalén.