Por Bob Munford

Como introducción a este artículo sobre lo que Dios está diciendo proféticamente en la tierra, quiero enfatizar mi profunda convicción que Dios no tiene otro plan como alternativa para establecer su propósito. Y que lo que él ha decidido hacer en la tierra, será cumplido por medio de la Iglesia, el Cuerpo de creyentes. No importa lo insignificante, esparcida y débil que parezca ser la Iglesia, el pueblo de Dios es la esperanza del mundo. Como tal, tenemos que comprender y aceptar el impacto que debemos de hacer en la tierra.

Esta influencia importante de la que estoy ha­blando, cobró vida dentro de mí en una ocasión que hablaba a una gran concurrencia. El Señor me trajo a la mente el pasaje de la función del ti­món en una nave. «Aunque (las naves) son tan grandes e impulsadas por fuertes vientos, son, sin embargo, dirigidas mediante un timón pequeño por donde la voluntad del piloto quiere» (Stg. 3:4). Inmediatamente comenzó a saltar la fe den­tro de mí.

Dios me decía que la palabra profética, como un timón, puede dirigir a toda la Iglesia en la voluntad de Dios. Tengo la suficiente fe para creer que es realmente posible. Una palabra profé­tica, clara y fuerte, aunque parezca pequeña co­mo un timón, es lo suficientemente poderosa para hacernos volver de nuestros propios caminos a los de Dios. Una palabra profética del Señor nos prepara para aceptar sus propósitos, aunque eso signifique persecución, la incomprensión de otros, o dejar casas y posesiones personales.

Desafortunadamente, el ministerio profético de la Iglesia es un llamamiento bien difícil. La impre­sión que se recibe cuando uno lee el Antiguo Tes­tamento es que la tarea del profeta era decir qué terrible eran las cosas cuando en apariencia estaban bien y asegurar qué maravilloso era todo cuando parecían terribles. Por lo general, la reacción de la gente al profeta era: «¿Quién necesita a este tipo?» Aunque esa es la misma reacción que recibe la Iglesia cuando cumple con su papel profético en la tierra, la palabra sigue siendo esencial.

La siguiente cita es del párrafo final del libro All Things Are Possible (Todo es posible), relatan­do la historia del movimiento carismático en los años 1940 a 1975.

Dividido, desorganizado, perseguido por su pasado, asombrado por su éxito, amenazado por la respetabilidad, el movimiento carismá­tico se lanzó adelante. El desaparecido editor de Lagos Joumal, Alden West, preguntaba: «¿Adónde nos está llevando el Espíritu Santo?» Las voces de los profetas no daban una respuesta segura. Pero los carismáticos moder­nos permanecieron impávidos en su fe de que algo mayor estaba por aparecer, algo que sobrepasaría las obras poderosas que las genera­ciones pasadas habían presenciado. Si uno pu­diese creer, todas las cosas serían posible.

Lo que el autor quería decir es que, en 1975, cuando se publicó el libro, el movimiento caris­mático estaba dividido y desorganizado, buscando claridad y dirección. Seis años después, no parece que estemos mejor. Hay un grito en la tierra que pide a Dios claridad. Su respuesta es una y muy sencilla: «No hay esperanza aparte de la Iglesia de Jesucristo «.

Dios es soberano

El tema profético del Antiguo Testamento se puede resumir en un pasaje de la Escritura:

Entonces hablaste en visión a tu santo, y dijiste: He puesto el socorro sobre uno que es poderoso; he exaltado a un escogido de mi pueblo.

Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi san­ta devoción. Mi mano estará siempre con él, mi brazo también lo fortalecerá.

No lo sorprenderá el enemigo, ni hijo de iniquidad lo quebrantará; sino que quebranta­ré delante de él a sus enemigos, y heriré a los que le aborrecen.

Mi verdad y mi misericordia estarán con él, y en mi nombre será exaltado su poder.

Así mismo pondré su mano sobre el mar, y sobre los ríos su diestra.

El me clamará: Mi padre eres tú, mi Dios y la roca de mi salvación.

Yo también lo pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.

Para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto será firme con él (Sal. 89: 19-28).

Todos los profetas del Antiguo Testamento te­nían las mismas convicciones. Todos sabían que había un Dios personal que reinaba sobre todo y todos; era soberano, hacía demandas y había esta­blecido ciertas normas que todos debían observar. Además, todos creían que Dios tenía un plan ma­estro inexorable para la tierra y que él lo cumpliría sin importarle la manera de responder de los hom­bres.

El plan de Dios en la tierra es como un enorme tractor oruga, que sigue su marcha, triturando, penetrando con fuerza, desarraigando, y avanzando hasta que cumpla con su deseo. ¿Lo cree usted? Lo que cree usted afectará su manera de actuar, pues decidirá si subirse al tractor o ser arrollado por él. Cualquiera que sea su decisión, nada impe­dirá que Dios cumpla con su voluntad. Leemos en el Antiguo Testamento cómo trata Dios con las naciones, poniendo y quitando líderes. Avanzando como un tractor hasta que sus últimas metas y planes sean establecidos en la tierra.

Los profetas creían que cuando Dios cumplía con sus planes había tres cosas incluidas. Primero, que, el dominio de Dios era extendido de costa a costa. Segundo, que Dios sería reconocido por lo que era: el Rey de reyes y el Señor de señores y su nombre sería glorificado en toda la tierra. Tercero, que la influencia de Dios se haría sentir en toda la tierra y que «de Sion saldría la ley». En nuestros días creemos que todas estas cosas serán cumplidas en una persona: nuestro Señor Jesucris­to. Si queremos entenderlo, solo tenemos que leer 1 Corintios 15 que nos dice del destino de Jesús:

Entonces vendrá el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, después de que haya abolido todo dominio y toda autoridad y po­der.

Pues El debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

Y el último enemigo que será abolido es la muerte.

Porque: El ha puesto todo en sujeción bajo sus pies. Pero cuando dice: Todas las cosas le están sujetas, es evidente que se exceptúa a Aquel que sujetó todas las cosas a El.

Y cuando todo le sea sujeto a El, entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquel que sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (vs. 24-28).

El apóstol Pablo dice con claridad que todas las cosas en la historia se mueven inexorablemente hacia el día cuando Jesús haya conquistado todo y a todos. Entonces el destino de nuestro Señor Jesús es tomar lo que ha conquistado y presen­tarlo a su Padre para que nuevamente él sea todo en todos. Es como una montaña de tierra frente a un tractor gigante que firmemente avanza; todo lo que está por delante es conquistado y entregado en las manos de nuestro Señor Jesucristo, cuyo derecho es el de reinar. Pero él entonces entregará todo al Padre.

Si entendemos con claridad el destino de la tie­rra como lo hemos descrito, entonces tendrá sen­tido lo que hacemos, porque querremos descubrir el gobierno de Dios para sujetarnos a él. Entre más rápidamente nos sujetamos a su señorío, más pron­to veremos el cumplimiento de la historia. Mien­tras más y más personas se sometan genuinamente al gobierno de Dios, más será su intensidad, volu­men y naturaleza hasta que se extienda por todos los extremos de la tierra.

Guardando el Pacto

¿Qué dice entonces su voz profética? Que nues­tro destino y propósito se encuentran en una relación de compromiso con Jesucristo, el Rey, reco­nociéndole como Cristo y Señor; doblando nues­tras rodillas ante él y aceptando su gobierno para ordenar nuestras vidas de acuerdo con su palabra y hacernos caminar en un pacto con él y con su pueblo. Así comenzamos a cumplir con su propó­sito en nosotros.

Pero una vez que aceptamos esta relación de pacto, hay ciertos problemas que empiezan a apa­recer. Los descubrimos en el Salmo 89:

Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquida­des.

Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsea­ré mi verdad (Vs. 30-33).

El problema no está en hacer pacto con Dios. La dificultad está en guardarlo y en aprender a ser fiel. A menudo, los cristianos que se comprometen no guardan su palabra. En el libro de Oseas encon­tramos que el pueblo de su pacto rompió cada uno de los mandamientos de Dios. Y aunque la Iglesia profesa ser el pueblo del pacto de Dios, ella también ha quebrantado su compromiso y violado los estatutos de Dios.

Cuando su pueblo desobedece, Dios lo visita con la vara en la mano. Promete no olvidar su pac­to cuando lo disciplina. Es importante que nos demos cuenta que el castigo no siempre viene cuando uno lo espera. Eclesiastés 8: 11 dice: «Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal».

Este es un aspecto de la disciplina de Dios que necesitamos comprender. Quien se quiera robar una galleta encontrará que puede salirse con la suya. No oirá una voz que le diga: «¡No hagas eso!» Si así fuera, sería muy fácil obedecer. Pero el juicio de Dios no se ejecuta luego. El que roba una galleta, robará seis, el recipiente entero, sa­queará la cocina, se llevará el refrigerador y se dirá con afectación: «Lo hice sin recibir castigo. Seguro que Dios no me vio». Porque el juicio no viene prontamente, creemos haber burlado a Dios.

Esta característica en el pueblo de Dios hacía doler a los profetas, que se preguntaban por qué no los castigaba el Señor. Pero Dios les respondía que amaba a su pueblo y quería ser paciente con ellos y darles otra oportunidad, pero que no había ninguna garantía de que extendería su misericordia para siempre.

Este principio debería poner el temor de Dios en nosotros. Tenemos que saber que Dios nos está viendo cuando tomamos esa galleta. Tal vez no nos castigue esta semana, pero su juicio vendrá con seguridad.

La Escritura dice que Dios vela por su palabra para cumplirla y su disciplina es parte de ella tam­bién. Sabiendo esto debiera hacernos devolver la galleta, porque el juicio de Dios es inevitable. Za­carías lo dice de esta manera:

No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron ni me escucharon, dice Jehová.

Vuestros padres, ¿dónde están? y los profetas, ¿han de vivir para siempre?

Pero mis palabras y mis ordenanzas que mandé a mis siervos los profetas, ¿no alcanzaron a vuestros padres? Por eso volvieron ellos y dije­ron: Como Jehová de los ejércitos pensó tratar­nos conforme a nuestros caminos, y conforme a nuestras obras, así lo hizo con nosotros (Zac. 1 :4-6).

Alcanzados

La palabra alcanzar es la que enfatiza este pun­to. Si usted ha sido alcanzado por un patrullero, usted sabe ya lo que eso significa. Una vez pasé frente a uno, a una velocidad de 120 kpm, y cuando lo vi dije: «Señor, que se quede ciego por un momento». Cuando pasaron unos minutos y vi que no me seguía, creí que me había salido con la mía y me sentí muy satisfecho. Lo que no sabía era que él había llamado por radio a otro patrulle­ro adelante.

No es difícil entender lo que significa ser alcan­zado. Algo se acerca por el lado ciego y cuando los juicios de Dios nos alcanzan no hay escape po­sible. Las Escrituras dejan bien claro que los juicios de Dios muy rara vez vienen de repente. Casi siem­pre son alargados a través de un largo período.

La palabra que Dios está hablando a nuestra nación y a la Iglesia es esta: «No pienses que no conozco tus transgresiones, porque mi juicio no es ejecutado rápidamente». La verdad es que el hombre o la mujer que rompa el pacto del Señor, será alcanzado por la justicia de Dios.

También hay un lado positivo en ser alcanzado por Dios y es bueno que lo recordemos. Los que han sido fieles al pacto del Señor serán alcanzados por las bendiciones de Dios. Amos 9: 13 dice que «vienen días … en que el que ara alcanzará al se­gador». Pero así como el juicio no viene de repen­te, tampoco las bendiciones. Hay personas que cuando hablan de darle al Señor dicen que si uno pone cincuenta pesos en la ofrenda, van a salir quinientos. La verdad es que no sucede así. Si usted es fiel en dar sus diezmos, eso inicia el proceso extendido para que lo alcancen las ben­diciones de Dios.

Por ejemplo, la persona que prepara mi decla­ración de impuestos sobre la renta se queda sor­prendida porque gastamos tan poco en médicos y dentistas. Mi respuesta es que hemos sido al­canzados por las bendiciones de Dios. Si bien es un proceso extendido, sus bendiciones son muy reales.

Dios ha establecido su pacto con nosotros por medio de su Hijo Jesucristo, quien es el Rey de toda la creación y quien gobierna desde su monte santo. Dios ha prometido ser fiel a su pacto hecho con nosotros. Por eso no nos rechaza si somos in­fieles, pero usará la vara de su disciplina para ha­cernos obedecer. La meta de Dios no es romper el pacto con su pueblo. Usa la vara de la discipli­na para hacernos obedecer como lo hicieron nuestros padres terrenales. ¿No se alegra usted de que sus padres no lo echaran de la casa, sino que lo corrigieran y lo disciplinaran para que obede­ciera? Dios tampoco nos rechaza, sino que nos disciplina para que aprendamos a obedecer. Aun­que esta sea dolorosa es, sin embargo, una mues­tra de su amor.

Volviendo de nuevo al Salmo 89, veamos cómo nos alcanza la disciplina de Dios:

Mas tú desechaste y menospreciaste a tu ungi­do, y te has airado con él.

Rompiste el pacto de tu siervo; has profanado su corona hasta la tierra.

Aportillaste todos sus vallados; has destruido sus fortalezas.

Lo saquean todos los que pasan por el camino; es oprobio a sus vecinos.

Has exaltado la diestra de sus enemigos; has alegrado a todos sus adversarios.

Embotaste asimismo el filo de su espada, y no lo levantaste en la batalla.

Hiciste cesar su gloria, y echaste su trono por tierra.

Has acortado los días de su juventud; le has cubierto de afrenta (Vs. 38-45).

El salmista describe la manera en que la disci­plina de Dios lo ha alcanzado y hace la siguiente oración:

¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Te esconderás ‘para siempre? ¿Arderá tu ira como el fuego?

Recuerda cuán breve es mi tiempo: ¿Por qué habrás creado en vano a todo hijo de hombre?

¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará su vida del poder del Seol?

Señor, ¿dónde están tus antiguas misericor­dias, que juraste a David por tu verdad?

Señor, acuérdate del oprobio de tus siervos; oprobio de muchos pueblos, que llevo en mi seno (Vs. 46-50).

Cuando la disciplina de Dios alcanzó a David, éste se acercó más a Dios y a sus propósitos.

Yo creo que nuestra nación está entrando en este proceso. Estamos al inicio de un gran desperta­r espiritual. Dios está por alcanzar a nuestra nación. La situación que tenemos podría con faci­lidad precipitar un avivamiento espiritual superior a cualquier otro en la historia. Más que nada, si queremos verlo, Dios requiere que seamos un pue­blo profético con visión clara de lo que ha de venir y adónde nos ha de llevar.

Pero aún delante de un prospecto de avivamiento espiritual en esta década, que se extendiera a través de toda nuestra nación con un gran derramamiento del Espíritu Santo, no podemos menos que ver el aspecto negativo que nos confronta: una decaden­cia económica y una situación militar precaria. Lo más crucial en medio de todo esto no es lo bien que podamos negociar con la diplomacia, sino has­ta dónde brindará Dios su favor a nuestra nación.

Nosotros, como pueblo de Dios, tenemos que responder con fidelidad a lo que Dios requiera para que entremos en sus propósitos y conduzca­mos nuestras vidas con humildad y santidad.

Esta será una década de proclamación y decla­ración de los propósitos de Dios. Ya se comienza a oír con claridad la voz profética y muchos están respondiendo a ella. Si Dios en su misericordia no nos alcanza con un colapso en la economía o con un cataclismo militar, entonces, estoy convencido, tendremos la oportunidad de decir a las naciones:

«Jesucristo es el Señor y existe otra manera de vi­vir». Pero, si alcanza a nuestra nación con su casti­go, eso significa simplemente que él nos ama y quiere limpiarnos y purificarnos y llevarnos a una vida de santidad y de humildad.

No importa la manera en que él trate con este país, el tractor de Dios avanzará y su plan eterno se cumplirá. Nos toca entonces, subirnos para lle­gar adonde él va y no cometer la torpeza de resis­tirlo o ponernos en su camino. La palabra de Dios para nosotros es: «Sean fieles y guarden el pacto; caminen en santidad y busquen el rostro del Se­ñor». El por qué de esta palabra es que al final del tiempo, Dios limpiará la tierra de todo lo que no pueda ser redimido. Sea una civilización, o una nación, o un grupo que se haya deteriorado hasta tal extremo que sea irredimible. El juicio de Dios es real y severo, pero no es lo que él quiere para su pueblo.

Dios dice que somos el pueblo de su pacto. No los únicos, sino parte de ese pueblo. Como tal, él quiere que abramos nuestros corazones para rea­lizar su propósito que avanza inexorablemente hacia la consumación de este siglo. Que Dios nos dé una visión profética para ver con claridad el final de las cosas, para que sin importarnos lo que suceda, dispongamos nuestros corazones para mo­vernos con él.

Bob Mumford recibió su Bachillerato en Divinidad del Seminario de la Iglesia Epis­copal Reformada en Filadel­fia, Pennsylvania, EE. Ull. Ha servido como pastor, evangelista, maestro y deca­no y profesor en el Instituto Bíblico Elim en Nueva York. Es también autor de nume­rosos libros. Bob, su esposa Judy y su familia residen en Mobile, Alabama.

Tomado de New Wine Magazine, Febrero 1981

Reproducido de la Revista Vino Nuevo vol. 4 nº 5 febrero 1982.